jueves, 16 de junio de 2011

:el mejor episodio

Si la novela nació (y evolucionó) para tratar de capturar la complejidad del ser humano, sus múltiples y habitualmente ocultas caras, que el auge de las series de televisión esté coincidiendo con un cierto declive de la Gran Novela quizás no sea casual. En esta época de supremacía (audio)visual, quizás las palabras se estén volviendo obsoletas a la hora de (d)escribir al ser humano. La multiplicidad del hombre la leemos ahora en The Wire, en Los Soprano, en A dos metros bajo tierra, en Mad Men, en Breaking Bad y en cada vez más series televisivas. Tampoco es casual que en muchas de ellas uno de los temas de trasfondo sea la mentira, las capas bajo las que nos ocultamos frente a los demás, e incluso frente a uno mismo. Le decía Hitchcock a Truffaut que el equivalente literario de una película no era una novela, sino un relato breve. Como casi siempre, tenía razón. Ahora vemos con claridad meridiana que las series de televisión son el equivalente audiovisual de las novelas, la única forma posible de trasladar la complejidad de un texto novelesco a imágenes y sonidos sin traicionar (o mutilar hasta la médula) la esencia del texto.

Cada gran serie (las anteriormente mencionadas, y muchas otras que se os vendrán a la mente) lo que hace, y que es precisamente lo que la convierte en grande, es crear una estructura propia. Cada serie tiene su propio ritmo, su propia forma, su andamiaje distintivo. Lo demás, la historia, es básicamente intercambiable. Pero cuando nos paramos a pensar en el mejor episodio de una serie que nos apasiona, suele surgir una paradoja que explica muy bien Jorge Carrión en su recomendable libro Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011): “Los mejores capítulos de las teleseries acostumbran a ser los que se saltan las reglas que la propia ficción ha instaurado y cuentan la historia de otro modo. La alteración es eminentemente estructural y no supone un cambio de rumbo definitivo, sino una anomalía que dura menos de una hora. Un paréntesis memorable”.

Esos “mejores episodios” son como esos días de excursión, esos cumpleaños, esas tardes de playa que antes fotografiábamos (ahora se fotografía TODO) y que por tanto convertíamos en eternos: recordamos las escepciones, en nuestros álbumes de infancia parece que siempre estamos soplando velas o haciendo castillos de arena. Los días que rompen la rutina son los que reafirman la rutina, los que la asientan; las pequeñas alteraciones estructurales son las que hacen visible la estructura, que hasta ese momento se nos antojaba ausente.

No sé si The Killing será una gran serie. Todavía está en curso su primera temporada, y ni siquiera sé si tendrá más o si todos los enigmas se resolverán en una única season. El punto de partida (parece ser que es un remake americano, de la siempre fiable AMC, de una serie danesa) es similar al de Twin Peaks: en una comunidad aparece asesinada una joven adolescente, una muchacha aparentemente perfecta. Incluso en ambas series el cuerpo aparece en el agua. La posterior investigación policial va desentrañando capas de mentiras hasta dejar al descubierto toda la corrupción, toda la podredumbre que impregna a la comunidad, y de la que no se salva ni hasta la propia víctima, mucho menos inocente de lo que al principio nos parecía.

Por lo demás, no encontramos en The Killing ningún parecido con la genial serie de David Lynch y Mark Frost. La serie de AMC sustituye el barroquismo, la exuberancia, el colorido local y el extrañamiento de Twin Peaks por un retrato frío, helado, de los entramados sociales, políticos, policiales y del crimen organizado de una ciudad media (Seattle).

La lluvia constante cae sobre unos personajes que se van entrecruzando en sus carreras, todos en el mismo laberinto, todos buscando aparentemente la misma salida. Aparentemente. Seguimos la investigación policial con una veterana y un recién llegado a homicidios, seguimos la campaña política por la alcaldía de un candidato cargado de esperanzas e ideas frente a un alcalde asentado y corrupto, seguimos las vidas de los padres de la muchacha muerta, que tratan de reconstruír inútilmente su rutina.

Y de pronto, en el episodio once, nos encontramos con una sorpresa: la estructura se rompe, las reglas del juego cambian: desaparece el hijo adolescente de la policía y todo el episodio es una búsqueda angustiosa, incesante, del muchacho desaparecido. Durante un episodio no sabemos nada del político ni de los padres de la chica; sólo seguimos a nuestra agente de policía favorita y a su compañero en su búsqueda, dejando aparcada por cincuenta minutos la trama principal.

Pero los responsables de esta serie lo hacen con tanto acierto que aprovechan la coyuntura para aclararnos incógnitas sobre el pasado de la pareja de policías, plantearnos nuevas preguntas y sí, rematar la jugada con un cliffhanger. Un gran episodio, y probablemente el que vendrá a mi mente cuando piense en esta serie dentro de unos años (si tal cosa sucediera).

Como ya he dicho, no sé si The Killing acabará siendo una gran serie; pero por ahora es una buena serie, con un discurrir muy lento, con un ritmo muy pausado, con trucos en los que uno cae con gozo aún sabiendo que lo están engañando. Una serie que creo que está pasando más desapercibida que otras mucho menos logradas, y también mucho menos modestas.

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Banda sonora de esta entrada aquí.

2 comentarios:

ictioscopio dijo...

hala! ya estoy enganchado a la serie, hombreyáaa!

toni bascoy dijo...

Jajajá... Tú eres muy de AMC... sí, a mí también me está gustando, sino no me habría molestado en escribir algo sobre ella. Pero es una serie tramposilla, ¿eh?