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miércoles, 2 de enero de 2019

:repaso al 2018: cine


Aquí volvemos, un año más, con mi listado de lo mejor del año recién terminado, capítulo cinematográfico.
Echando la vista atrás, me ha parecido un año realmente potente, y eso que no he podido ver alguna película a la que le tengo ganas y que, con bastante probabilidad, entrarían en este listado (las últimas obras de S. Craig Zahler, Vermú, Strickland o Noé, por ejemplo). Pero, de lo visto, aquí os dejo mi top-ten, con un pequeño comentario sobre la marcha, seguido de un anexo de otras películas que he disfrutado y que os recomiendo.

10. November (2017) Rainer Sarnet: una película extraña y cargada de una religiosidad muy marciana para nuestros estándares y latitudes, plásticamente asombrosa.
9. The Rider (2017) Chloé Zhao: ya se habla, a raíz de esta película, de una especie de nuevo-neorealismo, o algo así. Como sea, a medio camino entre el docudrama y actores no-profecionales interpretándose a sí mismos (o a avatares suyos), Zhao consigue algo realmente emocionante sin rozar siquiera el melodrama. Bellísima y dolorosísima película.


8. Jusqu’à la garde (2017) Xavier Legrand: caramba, hablando de dolor… Prefiero no dar muchos detalles sobre esta cinta, solo decir que llega a unos niveles de intensidad, sobre todo en el último acto, que alcanza puro terror sin abandonar el realismo. La interpretación infantil del año, y los adultos no se quedan atrás.
7. Lazzaro felice (2018) Alice Rorhwacher: una de las películas más laureadas del año, y no sin razón; desconcertante, imprevisible, cargada de sentido sin subrayados, y de un preciosismo formal apabullante. Gran cine.
6. The House That Jack Built (2018) Lars von Trier: descenso a los infiernos, literal (pero literal), de un asesino en serie; quizás la película sobre un asesino psicópata definitiva (o la versión de von Trier de eso), con momentos descacharrante y patadas en los ojos, alternándose durante dos horas y media. Bravo, claro.
5. The Ballad of Buster Scruggs (2018) Joel y Ethan Coen: miedo le tenía yo a esta película, porque se estrenaba directamente en plataforma digital (no tengo prejuicios, pero la verdad, pocas GRANDES obras han sacado hasta el momento), y porque lo último de los hermanos me había dejado frío friísimo. Pero esta me ha encantado; un puñado de historias enclavadas en el western, tocando muchos lugares comunes y muchos tonos, pero siempre con el toque Coen. Solo por la historia protagonizada por Zoe Kazan, no por nada la más larga del film, ya valdría la pena. Pero el resto también está a gran altura, con unos Coen aplicando su refinadísima gramática a dos horas de puro disfrute.


4. Hereditary (2018) Ari Aster: hay varios novatos en este top-ten, lo cual me congratula. Aster, después de unos cortos que, cuando menos, son interesantes, debuta con una película muy madurada y cargada (quizás sobrecargada) de significantes y de simbología; parece que quiere abrumar con cada plano, con cada encuadre, con cada fotograma, por si no tuviera la oportunidad de volver a rodar. Pero a mí me ha gustado, no podía ser menos, por la forma (simetría, matrioskas, fotografía hiperdefinida, elegancia con momentos de desbarre a lo Ken Russell…) y los temas (el infierno familiar, sectas satánicas…). Vaya, que espero con ganas lo siguiente de Aster.
3. Under the Silver Lake (2018) David Robert Mitchell: como un basurero, Mitchell parece pasar con su camión por las calles de la cultura pop y arramblar con todo para volcarlo en en su película, un detritus en el que se descomponen Pynchon y Altman, Clowes y Hitchcock, en un viaje gozoso, lleno de callejones sin salida, en una búsqueda que, desde el principio, intuimos destinada al fracaso. Como siempre, lo importante es lo que el protagonista irá descubriendo mientras tanto, como que las revoluciones puntúan en el hit-parade.


2. Mandy (2018) Panos Cosmatos: una experiencia alucinógena como no había visto en años. Da igual el argumento (aunque no sea baladí, ojo) sino el viaje audio-visual. Un diseño de producción, una puesta en escena, un ritmo, unas dinámicas, unas interpretaciones… una película que no parece de este mundo, como quizás apunta el último plano. Es de ver y no dar crédito.


1. El hilo invisible (2017) Paul Thomas Anderson: si este ranking fuera una carrera de caballos, ganaría esta película por dos cuerpos de distancia. Lo que ha hecho Anderson en esta obra es tan apabullante en todos los sentidos que casi no te la puedes creer. Es absolutamente per-fec-ta. Un clásico instantáneo, una película de referencia, una obra mayor, etc, etc, etc. Si Anderson se casca un par de películas más de este nivel, estará en el olimpo acompañando a los más grandes. Así de buenas es, no exagero ni un pelo.

 

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Ahora ya, en plan telegráfico, alguna película más que me ha gustado en este 2018, sin ningún tipo de orden ni concierto: The Florida Project (2017) Sean Baker, muy natural y ligera, y muy dolorosa; The Square (2017) Ruben Östlund, otra patadita de Östlund; Selfie (2017) Víctor García León, divertidísima y muy vigente; Downsizing (2017) Alexander Payne, imperfecta y, la verdad, incluso floja por momentos, pero lo de los diminutos es algo que me encanta; Algo muy gordo (2017) Carlo Padial, un making of de la nada, muy divertida; The Day After (2017) y La cámara de Claire (2017) Hong Sang-soo, dos capítulos más de esa gran película que es la obra de Sang-soo; Cuerpo y alma (2017) Ildikó Enyedi, muy poética y melancólica, pero en bien; Noche de juegos (2018) John Francis Daley y Jonathan Goldstein, caramba, mi comedia mainstream del año, menudas risas; Dhogs (2017) Andrés Goteira, muy interesante ópera prima, muchas ganas de ver qué nos seguirá ofreciendo cuando gane en madurez y afine un poquito más; La enfermedad del domingo (2018) Ramón Salazar, mucha sencillez y elegancia; Braguino (2017) Clément Cogitore, un vistazo a la frontera de la civilización para ver meridianamente qué es la civilización; Undir trénu (2017)  Hafsteinn Gunnar Sigurðsson, ligera y bien dibujada comedia negra; El mundo es suyo (2017) Alfonso Sánchez, divertida actualización de la picaresca ibérica; Isle of Dogs (2018) Wes Anderson, un ejercicio de caligrafía, prácticamente sin historia, de una preciosidad casi insoportable; Dogman (2018) Matteo Garrone, durísima y contenida película, minimalista en su tragedia, profundísima; Los Increíbles 2 (2018) Brad Bird, virtuosismo narrativo, pura dinámica; Cold War (2018) Pawel Pawlikowski, como su nombre indica, una propuesta fría, antidramática, que llega a conmover precisamente por eso; Cam (2018) Daniel Goldhaber, interesantilla y muy zeitgeist y todo eso; Den skyldige (2018) Gustav Möller, un poco predecible, pero grato thriller reducido a un solo espacio y prácticamente un personaje, más allá del ejercicio de estilo, trepidante; An Evening with Beverly Luff Linn (2018) Jim Hosking, otra marcianada de Hosking, muy divertida y enrarecida; Todos los saben (2018) Asghar Farhadi, otra gran puesta en escena de Farhadi, con una capacidad sobrehumana para plasmar un drama coral, con entradas y salidas constantes, sin que decaiga ni pierda interés; Roma (2018) Alfonso Cuarón, preciosismo formal pero con un fondo paternalista que me impide emocionarme y dejarme impresionar; The Other Side of the Wind (2018) Orson Welles, deja entrever una película perdida que es puro años setenta, casi free jazz; Ayudar al ojo humano (2017) Velasco Broca, Julián Genisson, Lorena Iglesias, sobre todo las aportaciones de Broca, pero disfrutable en su conjunto.


lunes, 2 de diciembre de 2013

:Broadchurch vs. Hello Ladies.

Un par de series británicas que me he visto recientemente.
En un extremo, el melodrama policial Broadchurch.  Primera tanda de 8 episodios (que no tengo ni idea de cómo piensan continuar), siguiendo la costumbre inglesa de temporadas cortas.  El punto de partida no es especialmente novedoso (de hecho, desde la ya lejana Twin Peaks casi parece un lugar común al cual las ficciones televisivas seriadas vuelven una y otra vez): en una pequeña ciudad aparentemente idílica aparece un niño muerto, y la posterior investigación policial deja al descubierto la podredumbre subterránea de muchos de los ciudadanos. 
La trama se va desvelando poco a poco, sin olvidar ninguno de los ángulos (convecinos, policía, prensa...), repartiendo mierda para todos por igual.  Como viene siendo canon en estos casos, los sospechosos del crimen se van sucediendo en los episodios, hasta llegar a la resolución del misterio, más o menos imprevisible.  El gran acierto en este who did it continuo, en esta yincana de presuntos asesinos, es que esas subtramas-callejón-sin-salida en realidad están preparando, temática y moralmente, el verdadero final, la verdadera resolución del crimen.  Chapeau. 


Tanto detrás de las cámaras (o del guión), con Chris Chibnall, como delante, con David Tennant (y otros), encontramos relaciones con esa institución británica que es el Doctor Who, que no tiene que ser, por sí mismo, ni bueno ni malo, pero es así.
La realización es modélica, con un uso de los filtros y los objetivos exquisito, y con ese tono tan británico que encuentra la media sonrisa hasta en los lugares más insospechados. 

En el otro extremo del cuadrilátero tenemos la producción HBO pero de alma inglesa Hello Ladies.  Se trata de una comedia perpetrada por Stephen Merchant, el gigantesco partenaire de Ricky Gervais en sus mejores empresas.  Como en sus trabajos conjuntos, aquí la comicidad es, mayormente, a costa de sus protagonistas, sumergiéndose en la vergüenza ajena y las situaciones incómodas como un cochino en un charco de lodo. 
La cosa va de Stuart Pritchard, un empresario informático inglés mudado a Los Angeles y que dedica todas sus energías en intentar ligarse a toda moza despampanante que se le ponga a tiro.  El cuerpo desgarbado de Merchant sirve para evidenciar esa torpeza social, esa continua ineptitud imposible de ocultar con sus 2,04 metros de desesperación sentimental.


El resto de los personajes principales (una eterna aspirante a actriz, un divorciado que se niega a asumir el fracaso de su matrimonio...) no se quedan atrás en cuanto a patetismo.  El único personaje que parece moverse con soltura por entre los entresijos sociales es, paradójicamente, Kives, un sátiro paralítico que suele conseguir lo que ansía (básicamente ser follado) quizás por andarse sin dobleces e ir de cara.
Si uno gusta de las situaciones que se alargan hasta lo incómodo, y la gente que se engaña a sí misma para intentar alcanzar algo cercano a la felicidad, esta es su serie.

martes, 19 de febrero de 2013

:Hitchcock x2


1. Existe este extraño fenómeno pop: las películas de grandes estudios que nos llegan de dos en dos.  Ya saben: después de años sin rodarse un western de alto presupuesto, de pronto un año se ruedan dos biopics sobre Wyatt Earp, otro año tocan dos superproducciones de meteoritos acercándose a la tierra, o dos películas sobre terremotos, o dos películas sobre submarinos, o dos películas sobre ladrones de coches albinos, o lo que toque.
Este curso cinematográfico le ha tocado el turno a Alfred Hitchcock, con el producto HBO titulado The Girl, y con Hitchcock, que me temo se ha llevado toda la publicidad debido al plantel de estrellas que lo puebla.



2. No existen los finales felices, sólo los fundidos a tiempo.  Toda ficción comprende un pedazo de realidad, una fracción temporal de las vidas de unos personajes.  Pero sabemos que toda historia de amor, tras el y fueron felices y comieron perdices y fundido a créditos, incluye momentos amargos y sinsabores.  Lo sabe por ejemplo Haneke, que en su Amour comienza donde las demás historias de amor suelen terminar.

Una oportunidad perfecta para apreciar esta impostura de los falsos finales felices se nos presenta con el visionado conjunto de Hitchcock y The Girl, exactamente en ese orden.



3. Hitchcock, la película, se centra en el período en que Hitch preparaba y rodaba Psicosis, un film a la postre tremendamente exitoso, pero que le supuso un gran riesgo económico y personal llevarla a cabo.  Hitchcock, la película, es un producto con una pátina hollywoodiense almibarada que convierte la oscuridad de Hitch en poco más que caprichos.  Un sobreactuado Anthony Hopkins, maquillado como un villano de Dick Tracy, da vida a un Hitch de chichinabo, cuyos únicos problemas parecen ser cierta tendencia a comer y beber de más, y a encapricharse con sus actrices.  Los responsables de la película se esfuerzan en crear una historia de amor entre el director y su esposa y colaboradora, Alma Reville, con un juego de celos cruzados que termina con un Hitch claudicando a sus caprichos y aceptando que su esposa es su verdadero amor.  Vaya paparrucha.
La película concluye con un Hitchcock hablando a cámara, como en su célebre serie televisiva, preguntándose cuál será su próximo proyecto.  Un cuervo se posa en su hombro, un guiño a cualquiera que sepa dos palabras sobre cine de que Los pájaros será su siguiente obra maestra.  Y así concluye esta película fofa, llena de estrellas desaprovechadas, de personajes que van y vienen sin aportar nada, una película falsa y mentirosa como sabrá cualquiera que haya profundizado un mínimo en la personalidad del director británico.

4. Y The Girl comienza exactamente donde Hitchcock termina, ya que es una crónica de las vicisitudes del rodaje de Los pájaros (y en menor medida de Marny la ladrona, su siguiente proyecto).  Aquí, con un menor despliegue monetario, pero con la sobriedad de los productos HBO, si se nos presenta a un Hitch oscuro, obsesivo, sádico, inseguro, caprichoso y, por todo ello, complejo y humano.  Absolutamente obsesionado con Tippi Hedren, la destruye física y mentalmente para reconstruirla a su gusto, como un Pigmalión psicópata.  La relación con su esposa, estupendamente interpretada por Imelda Staunton, resulta mucho más dolorosa y creíble con sólo un par de escenas, con sólo un par de miradas, que en toda la película de Hitchcock.  Al tratarse de una tv-movie el acabado no es tan almibarado, y hay momentos de verdadera desazón, de una crueldad y un sadismo impensables en un producto Hollywood para el gran público.  Toby Jones hace un trabajo soberbio encarnando a Hitchcock, demostrando que, teniendo menos nombre que otros divos, tiene un talento interpretativo de primer nivel. 
Esta película, que puede parecer una coda de la primera, es en realidad la demostración de la falsedad de aquella, de lo impostado de su final feliz.  Deja con el culo al aire a Hollywood.

jueves, 31 de enero de 2013

:Monsieur Carrère




Admiro a Emmanuel Carrère.
La primera vez que me topé con su nombre fue en la biografía que escribió de Philip K. Dick.  Sólo por eso ya tendría un lugar de honor en mi altar pagano particular, pues la veneración que profeso al barbudo de Chicago es grande y profunda.  Con el tiempo Dick se ha convertido en el paradigma de la ciencia ficción seria y es de los pocos escritores del género que se suelen incluir en listados de literatura general.  La paranoia de su etapa más psicodélica entronca con cierto zeitgeist que gusta a la intelligentsia, qué se le va a hacer; deben de verlo como una especie de Thomas Pynchon de Serie-B.  Pero cuando yo lo descubrí en mi tierna adolescencia esto todavía no era así, o no tanto, o no en España, o yo no me había enterado.  Sólo era un escritor muy raro que escribía libros casi crípticos (estoy hablando de la época de Radio Libre Albemut, Valis y similares) que me resultaban adictivos por alguna extraña razón.  Con el tiempo he ido perdiendo la paciencia como lector, así que probablemente si me topase con sus libros ahora no hubiese pasado del primero; pero por suerte lo descubrí en el momento justo en que necesitas sentirte parte de una élite secreta, en un célula de elegidos para conservar ciertos conocimientos arcanos.  Ahora puede parecer absurdo, pero en aquella época pre-internet y antes de las reediciones masivas de la obra de Dick, encontrar material suyo, en provincias, era complicado.  Libros de segunda mano en ediciones de los 60-70, amarillentos y con olor a humedad, saldos de la editorial Ultramar que te encontrabas en los lugares más insospechados... En un tomo de sus relatos completos me encontré la dirección postal de la Philip K. Dick Foundation y me carteé con ellos, que además de mantener vivo su legado, vendían merchandising muy curioso, como manuscritos facsímiles y cosas así.  


En resumen, Dick supuso para mí el paso de la literatura juvenil a la adulta, ese engranaje sin el cual ahora quizás no sería un adicto a la lectura.  Cualquier información que encontraba sobre su persona era como una piedra Rosetta.  Recuerdo con especial emoción el cómic que le dedicaba ese otro dios en la tierra que es Robert Crumb, pura magia destilada en viñetas, que leí y releí enfermizamente, con los ojos fuera de las órbitas, la quijada floja y una gota de sudor en la frente.  Y después está la biografía de Emmanuel Carrère, claro.  Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, grandioso título y grandioso libro.  Entonces caí en el error de pensar que el mérito del mismo estaba en la persona a la que se le dedicaba el libro, y no al autor, al que le otorgaba el mérito de tener buen gusto, pero poco más.  Craso error.  Los franceses, tan afectos a la cultura popular americana, a su jazz, a su cine de derribo, también parecían sentir cariño por su literatura de género.  Carrère era, simplemente, un francés.


Ya en la era de internet es más sencillo establecer relaciones; de hecho google las hace por ti.  Y quién me iba a decir a mí que aquel biógrafo francés también era el guionista y director de La moustache, una de las películas que más me había descolocado en los últimos años.  Descolocado en el buen sentido.  Con una premisa genial y un desarrollo alejado de los tópicos y del artificio, Carrère realizó una película fascinante sobre, bueno, sobre lo que van todas las películas y todas las ficciones: sobre la identidad.  El arranque es uno de mis highlights en conversaciones sobre cine.  Cuando localizo, cual ave de presa, a algún despistado que no la conoce se lo cuento y todos, sin excepción, se quedan boquiabiertos ante la genialidad: un tipo que siempre ha tenido bigote decide un día afeitárselo.  Para su sorpresa, ni su mujer ni sus amigos se dan cuenta; es más, cuando él les dice que se ha afeitado el bigote, ellos ni siquiera recuerdan que lo hubiese tenido nunca.  Eso es lo que yo llamo un buen principio.
Así que Carrère era, además de biógrafo, autor (como si fuesen términos antagónicos).  Y además novelista, como supe poco después, con, al menos, dos obras fascinantes: El adversario y De vidas ajenas.  Sé que tiene más por ahí, incluso traducidas al español, pero tampoco tengo ganas de agotarlo, prefiero saber que a la mina todavía le queda alguna veta por explotar.  Pero esas dos novelas son extraordinarias, en todos los sentidos; emocionantes, conmovedoras y escritas con un talento mayúsculo.  Carrère es muy grande.


La última vez que me topo con su nombre, por ahora, también me descoloca.  Co-guioniza varios episodios de la primera temporada de Les Revenants, serie de televisión francesa que está dando mucho que hablar, tanto que me da pereza extenderme sobre el tema.  La cosa, por decirlo brevemente, va de un pueblo de montaña donde, de pronto, comienzan a volver una serie de personas que habían muerto, con los problemas morales, logísticos y de conciencia que esto supone para familiares, amigos, enemigos y para los propios no-muertos.  La serie ahonda, poco a poco, con un ritmo moroso, en esas relaciones entrecruzadas, en ese microcosmos viciado que se resquebraja horadado por estas presencias que han vuelto sin que nadie se lo haya pedido.


La serie es buena y recomendable, y además supone un acercamiento al fantástico con una mirada diferente a las que ya estamos acostumbrados, las de las televisiones americana y británica.  Segunda temporada en el horizonte, y otra demostración de que Emmanuel Carrère es un tipo con mucho, mucho talento. 

lunes, 4 de julio de 2011

:el bueno, el feo y el malo

Tres teleseries, tres, son las que vamos a comentar hoy por aquí, brevemente.

El bueno es Luther, o Neil Cross, su guionista y creador, o Idris Elba, el actorazo (en todos los sentidos del aumentativo) que le da cuerpo. Luther ya va por la segunda temporada y es una serie que nadie que disfrute del buen género policíaco debería perderse. Tiene una buena base en unas tramas autoconclusivas muy bien construídas, más una subtrama que unifica cada temporada y que te mantiene enganchado. Tiene unos malos malísimos y tiene, sobre todo, a un protagonista carismático: atormentado, con luchas internas que lo mantienen siempre al límite, a punto de romperse, siempre en el abismo (en ocasiones, literalmente). Es un personaje extraordinariamente complejo, demasiado inteligente para su propio bien, y violento. Esta violencia, que apenas puede contener, es uno de sus puntos fuertes, y uno de los grandes logros de Neil Cross: lograr que empaticemos con Luther porque sabemos que tras sus juegos con los límites de la legalidad, en él hay un código férreo que compartimos (algo así como lo que hacen al otro lado del Atlántico con Dexter). Sabemos que, tras la superficie erizada y cortante, Luther es un buen hombre.

El feo es Louis C.K.: actor, guionista, cómico, productor, director... todas esas cosas y supongo que alguna más, y no sé en que orden o prioridad. En su abultado currículo destaca una serie que hizo hace unos años para la HBO, en un intento extraño de crear una “sitcom para adultos”. El invento se llamó Lucky Louie, y parece que no cuajó del todo y por eso sólo duró una temporada. La cosa, sin estar del todo mal, ciertamente cojeaba: lo de sitcom para adultos iba porque el lenguaje era soez (bueno, un lenguaje normal), había algún desnudo integral ocasional (sólo masculinos, lo siento), y una temática más bien descorazonadora. El “Lucky” del título era, quedaba claro desde el primer minuto del piloto, irónico: Louie es un pobre cabeza de familia que vive en un apartamente misérrimo, tiene un trabajo de mierda, unos amigos de mierda y un cuñado como para darle de comer aparte. Su matrimonio no es desdichado, ni se regodean en la miseria; de ahí viene gran parte de la desazón que provoca la serie: Louis es un tipo normal, como muchos otros millones de norteamericanos (y europeos), un tipo con una vida corriente con preocupaciones corrientes, como las nuestras, que sólo nos parecen desdichadas cuando las vemos en la pantalla. El tono es el que hace que esta serie sea diferente a otras sitcoms. El tono es inmisericorde con nosotros.


En esta serie Louis C.K. introduce todos los temas que le interesan, y que luego explotará en su siguiente proyecto, cuya segunda temporada acaba de empezar y que se titula simplemente Louie. Aquí Louis parece interpretarse a sí mismo mediante un reflejo, supongo, distorsionado (como Larry David en Curb Your Enthusiasm): Louie es un cómico de stand up, divorciado, con un par de hijas a las que ve cuando le toca, que trata de entablar relaciones de vez en cuando y que, bueno, vive su vida. Seingfield (la serie), ya resultó revolucionaria en su momento (de nuevo Larry David de por medio) por tener como premisa crear una sitcom sobre la nada. Louie parece una versión podrida de Seingfield: es la versión punk, la versión lado oscuro, es como Seingfield a medio descomponer en un cubo de basura.


Louie no trata sobre la nada, no es un mecanismo tan abstracto ni preciso. Louie trata sobre Louie, sobre ser un cómico de segunda en una gran ciudad, sobre tener cuarenta y tantos y no tener pareja, sobre la paternidad, sobre ser pelirrojo, feo, calvo y gordo. Su estructura también es similar a la de Seingfield, con esos recursos del comediante ante su público monologando y acotando el tema central del capítulo. Por lo demás, cada episodio discurre con libertad: a veces trata dos pequeñas historias relacionadas, otras veces una, otras veces dos anécdotas aparentemente inconexas... Louie, la serie, trata sobre lo que le pasa a Louie, la persona; y no le suelen pasar grandes cosas. Es la libertad, la falta de premeditación con la que nos lo cuentan lo que lo hace todo interesante.

La música de jazz que suele acompañar la serie lo emparenta con ese otro ícono cómico que es Woody Allen, pero Louie se acerca más al free y al boop que al swing. El ritmo es entrecortado, como una maquinaria defectuosa. Pero milagrosamente, todo está en su lugar en el momento preciso, y Louie, la serie, es de lo mejor que se puede ver ahora mismo en antena. Un consejo: la cosa va cogiendo cuerpo a partir del tercer episodio; si los dos primeros no te convencen o incluso te parecen infames, por favor, dale otra oportunidad. Personalmente creo que merece la pena.

Otro consejo: también hay algunos especiales por ahí de Louis C.K. en su vertiente standup que merecen mucho la pena, si te quedas con ganas.

El malo, pero malo de mediocre, no malo de malvado, es Falling Skies. Sin haber visto premiers ni anticipos ni trailers ni nada, sólo sabiendo que la temática era de resistencia frente a una invasión alien, y que por ahí rondaba Spielberg (que me temo que a estas alturas es como no decir nada) le tenía ganas. Un tanto a su favor: la promoción fue buena, tanto como para atraer a los que no la habíamos “visto”, tanto como para ser invisible y por tanto efectiva. Pero por muy buena que sea una promoción, si el producto no cumple unas espectativas mínimas, se diluye en el torrente de teleseries y demás ficciones que nos inundan en la actualidad. Nuestro tiempo es limitado, nuestra vida breve, y tras el super-boom de las teleseries de los últimos años, una vez asentado el polvo radioactivo, se puede ver con claridad meridiana que no es oro todo lo que reluce; no sólo eso, sino que la veta es mucho más pequeña de lo que creíamos. Sí hay un puñado de series que son obras maestras, pero la gran mayoría se mueven entre la mediocridad y un mínimo exigible. Cada espectador ocupará su tiempo con las que sean más de su cuerda, con las que se sienta más afín por las circunstancias que sean, algunas de lo más peregrinas. No sólo de Shakespeare puede uno vivir, así como no sólo de The Wire. Lo asumimos entre el entusiasmo y la resignación: ocupamos mucho de nuestro tiempo con pasatiempos, con entretenimiento liviano. Pero a este, igual que a las “obras maestras”, les exigimos unos requisitos, les exigimos unos mínimos. Y Falling Skies, para mí, a pesar de que la temática me atraiga, no cumple esos mínimos.

Sufridos los tres primeros episodios, se ve que la serie es muy básica, muy predecible. Hay unos personajes que tienen que ir de un punto A a un punto B, y en ese desplazamiento van a sufrir una serie de vicisitudes. Es una serie televisiba en el sentido peyorativo de la palabra, lo que se podía atribuir en los ochenta y noventa al 99% de los productos que salían de la pequeña pantalla: es maniquea, simple y barata. Le podría seguir dando vueltas y más vueltas, pero es tan simple como decir que es mala.

Lo siento por Noah Wyle, al que le tengo mucho cariño desde Urgencias y, sobre todo, Donnie Darko. Me da pena que malgaste su talento (que es mucho) en un producto tan mediocre.

Sin más, atentamente: T.