jueves, 7 de febrero de 2013

:¿Qué hicieron los banqueros estadounidenses tras el crac de Wall Street de 1929?

"Sólo dos personas se suicidaron tirándose por la ventana.  Y ninguna de las dos eran banqueros.
La prosperidad de la década de 1920 animó a millones de estadounidenses a comprar acciones y participaciones y a utilizar el valor de las acciones que compraban como garantía de los préstamos que necesitaban para comprar esas mismas acciones.  Fue una burbuja económica clásica, que estalló definitivamente el Jueves Negro, el 24 de octubre de 1929, cuando el valor de todas esas acciones cayó en catorce mil millones de dólares en un solo día.  El pánico hizo que las ventas fueran tan rápidas que la Bolsa de Nueva York fue incapaz de seguir el ritmo de las transacciones que se hacían.
En unas horas ya se había forjado la leyenda: los periodistas corrían por Wall Street a la caza de historias sobre inversores arruinados que saltaban de los rascacielos.  El New York Times del día siguiente informaba de que se estaban difundiendo rumores "desenfrenados y falsos", incluida la creencia popular de que once especuladores ya se habían suicidado, y que la multitud se había agrupado al confundir un hombre que trabajaba en una azotea de Wall Street con un banquero a punto de saltar.


Los cómicos empezaron inmediatamente a contar chistes sobre los supuestos suicidas, y Will Rogers declaró, con elegancia, que "había que hacer cola para poder llegar a una ventana desde la que saltar".
Nada de esto era cierto.  Aunque sí hubo mucho pánico e incertidumbre, quince días después del crac, el médico forense de Nueva York anunció que los suicidios durante ese período se habían reducido respecto al año anterior.  El economista John Kenneth Galbraith lo corroboró en su contrastada historia El Crac del 29 (1954), que concluía: "La ola de suicidios que siguió a la caída de la Bolsa forma parte de la leyenda de 1929.  No existió".
Un estudio detallado de los registros de suicidios de la época, llevado a cabo en la década de 1980, lo confirmó.  En el Nueva York de entre 1921 y 1931, saltar desde un lugar elevado era el segundo método más frecuente de suicidio.  Entre el Jueves Negro y el final de 1929, el New York Times informó de de cien intentos de suicidio, ya fueran consumados o no.  De ellos, sólo cuatro fueron relacionados con el crac, y sólo dos se dieron en Wall Street.
Las dos personas que saltaron en Wall Street lo hicieron en noviembre.  Hulda Borowski, un corredor de bonos de cincuenta y un años de edad, estaba "al borde del agotamiento por exceso de trabajo", sgún se dijo; George E. Cutler, un exitoso mayorista de verduras, se sintió muy frustrado cuando le dijeron que su abogado no podía atenderlo y saltó desde la séptima planta del edificio de su letrado.
De todos modos, es cierto que las recesiones llevan al suicidio.  Durante la Gran Depresión, que siguió al crac de 1929, se registró un aumento del 30 por ciento en la tasa de suicidios en Estados Unidos y Gran Bretaña, y la misma pauta se ha visto repetida en crisis económicas más recientes.  The Lancet publicó un estudio en 2009 en el que se analizaban veintiséis países europeos y detectó un aumento del 0'8 por ciento en el número de suicidios por cada punto porcentual de aumento del desempleo.
Durante la crisis que siguió a la debacle financiera de 2008, los psicólogos estadounidenses inventaron un término para describir el fenómeno: econocidio. "
El nuevo pequeño gran libro de la ignorancia, John Lloyd y John Mitchinson (Paidós, 2012)

jueves, 31 de enero de 2013

:Monsieur Carrère




Admiro a Emmanuel Carrère.
La primera vez que me topé con su nombre fue en la biografía que escribió de Philip K. Dick.  Sólo por eso ya tendría un lugar de honor en mi altar pagano particular, pues la veneración que profeso al barbudo de Chicago es grande y profunda.  Con el tiempo Dick se ha convertido en el paradigma de la ciencia ficción seria y es de los pocos escritores del género que se suelen incluir en listados de literatura general.  La paranoia de su etapa más psicodélica entronca con cierto zeitgeist que gusta a la intelligentsia, qué se le va a hacer; deben de verlo como una especie de Thomas Pynchon de Serie-B.  Pero cuando yo lo descubrí en mi tierna adolescencia esto todavía no era así, o no tanto, o no en España, o yo no me había enterado.  Sólo era un escritor muy raro que escribía libros casi crípticos (estoy hablando de la época de Radio Libre Albemut, Valis y similares) que me resultaban adictivos por alguna extraña razón.  Con el tiempo he ido perdiendo la paciencia como lector, así que probablemente si me topase con sus libros ahora no hubiese pasado del primero; pero por suerte lo descubrí en el momento justo en que necesitas sentirte parte de una élite secreta, en un célula de elegidos para conservar ciertos conocimientos arcanos.  Ahora puede parecer absurdo, pero en aquella época pre-internet y antes de las reediciones masivas de la obra de Dick, encontrar material suyo, en provincias, era complicado.  Libros de segunda mano en ediciones de los 60-70, amarillentos y con olor a humedad, saldos de la editorial Ultramar que te encontrabas en los lugares más insospechados... En un tomo de sus relatos completos me encontré la dirección postal de la Philip K. Dick Foundation y me carteé con ellos, que además de mantener vivo su legado, vendían merchandising muy curioso, como manuscritos facsímiles y cosas así.  


En resumen, Dick supuso para mí el paso de la literatura juvenil a la adulta, ese engranaje sin el cual ahora quizás no sería un adicto a la lectura.  Cualquier información que encontraba sobre su persona era como una piedra Rosetta.  Recuerdo con especial emoción el cómic que le dedicaba ese otro dios en la tierra que es Robert Crumb, pura magia destilada en viñetas, que leí y releí enfermizamente, con los ojos fuera de las órbitas, la quijada floja y una gota de sudor en la frente.  Y después está la biografía de Emmanuel Carrère, claro.  Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, grandioso título y grandioso libro.  Entonces caí en el error de pensar que el mérito del mismo estaba en la persona a la que se le dedicaba el libro, y no al autor, al que le otorgaba el mérito de tener buen gusto, pero poco más.  Craso error.  Los franceses, tan afectos a la cultura popular americana, a su jazz, a su cine de derribo, también parecían sentir cariño por su literatura de género.  Carrère era, simplemente, un francés.


Ya en la era de internet es más sencillo establecer relaciones; de hecho google las hace por ti.  Y quién me iba a decir a mí que aquel biógrafo francés también era el guionista y director de La moustache, una de las películas que más me había descolocado en los últimos años.  Descolocado en el buen sentido.  Con una premisa genial y un desarrollo alejado de los tópicos y del artificio, Carrère realizó una película fascinante sobre, bueno, sobre lo que van todas las películas y todas las ficciones: sobre la identidad.  El arranque es uno de mis highlights en conversaciones sobre cine.  Cuando localizo, cual ave de presa, a algún despistado que no la conoce se lo cuento y todos, sin excepción, se quedan boquiabiertos ante la genialidad: un tipo que siempre ha tenido bigote decide un día afeitárselo.  Para su sorpresa, ni su mujer ni sus amigos se dan cuenta; es más, cuando él les dice que se ha afeitado el bigote, ellos ni siquiera recuerdan que lo hubiese tenido nunca.  Eso es lo que yo llamo un buen principio.
Así que Carrère era, además de biógrafo, autor (como si fuesen términos antagónicos).  Y además novelista, como supe poco después, con, al menos, dos obras fascinantes: El adversario y De vidas ajenas.  Sé que tiene más por ahí, incluso traducidas al español, pero tampoco tengo ganas de agotarlo, prefiero saber que a la mina todavía le queda alguna veta por explotar.  Pero esas dos novelas son extraordinarias, en todos los sentidos; emocionantes, conmovedoras y escritas con un talento mayúsculo.  Carrère es muy grande.


La última vez que me topo con su nombre, por ahora, también me descoloca.  Co-guioniza varios episodios de la primera temporada de Les Revenants, serie de televisión francesa que está dando mucho que hablar, tanto que me da pereza extenderme sobre el tema.  La cosa, por decirlo brevemente, va de un pueblo de montaña donde, de pronto, comienzan a volver una serie de personas que habían muerto, con los problemas morales, logísticos y de conciencia que esto supone para familiares, amigos, enemigos y para los propios no-muertos.  La serie ahonda, poco a poco, con un ritmo moroso, en esas relaciones entrecruzadas, en ese microcosmos viciado que se resquebraja horadado por estas presencias que han vuelto sin que nadie se lo haya pedido.


La serie es buena y recomendable, y además supone un acercamiento al fantástico con una mirada diferente a las que ya estamos acostumbrados, las de las televisiones americana y británica.  Segunda temporada en el horizonte, y otra demostración de que Emmanuel Carrère es un tipo con mucho, mucho talento. 

jueves, 17 de enero de 2013

:El índice de Tapacubos de Abbott (ITA), Chris Bachelder


"Mientras Abbott se dirige a casa atravesando en coche el valle de Pioneer, su estado de ánimo mejora cuando ve un reluciente tapacubos apoyado en un arce, y después otro en una estropeada valla de madera.  Parecen brillantes medallas concedidas a la raza humana.  Las probabilidades de que un conductor encuentre un tapacubos perdido son muy pocas, evidentemente, y precisamente por eso el hecho de dejarlos apoyados resulta tan conmovedor.  Esos peatones anónimos los han dejado apoyados porque saben que, si ellos perdieran un tapacubos, les gustaría que otro se lo dejara apoyado.  Esa es la base de toda filosofía moral.  Después, mientras se aproxima a su casa, Abbott advierte que su vecino ha vuelto tras un viaje de una semana con un coche nuevo.  Advierte, además, que a las ruedas del lado del conductor les falta el tapacubos.  El coche, tan elegante hace pocos días, ahora parece destartalado.  Considerando la posibilidad de que hay un fallo en el diseño, Abbott da la vuelta para estudiar el lado del copiloto, y ve que esos tapacubos tampoco están.  Con independencia de lo que quiera creer, Abbott sabe que estadísticamente resulta muy poco plausible que se hayan caído los cuatro tapacubos de ese coche nuevo.  Detiene el vehículo justo tras pasar por delante del camino de entrada del vecino, vuelve la cabeza y se queda mirando esa nada negra del centro de los neumáticos.  Siente que se halla inmerso en un drama de fuerzas morales enfrentadas, como las que encontramos en Hawthorne.  Abbott se pregunta si será descabellado pretender vivir y educar hijos en un país en el que la cifra de tapacubos apoyados (TA) supera la cifra de tapacubos robados (TR).  Imagina una lista de las naciones industrializadas, clasificadas con arreglo a un índice de tapacubos: la proporción TA:TR, el resultado de calcular la media de tapacubos apoyados por cada tapacubos robado.  Un índice de 2 sería la prueba de una gran altura moral.  La verdad es que cualquier cosa por encima de 1 sería un indicador de virtud, pues apuntaría a que predominan los sentimientos más nobles de los ciudadanos, aunque fuera por un estrecho margen.  Abbott imagina que los Estados Unidos de América no tendrá un índice mayor del 0'5 observado esa tarde, sin duda.  Seguro que en Suecia se da la mejor proporción.  En Suecia o en Noruega."
A propósito de Abbott, de Chris Bachelder (Libros del Asteroide)

lunes, 31 de diciembre de 2012

:no se fíen de nada ni de nadie

"Imaginemos que estamos corrigiendo una traducción de una biografía de Soren Kierkegaard.  Es plausible suponer que la palabra Copenhague aparecerá en ella, cuando menos, cada dos o tres páginas, lo que en un volumen de 500 páginas nos da un total de ciento setenta o ciento ochenta entradas (entradas que podrían elevarse de forma exponencial si tenemos en cuenta que la palabra Copenhague se repetirá en algunas páginas dos, tres o más veces, por no hablar de su presencia en las notas y en la bibliografía).


La primera vez que aparezca la palabra Copenhague la miraremos con especial atención, casi con ojo de entomólogo, e incluso sonriéndonos dudaremos un poco (nos preguntaremos, sobre todo, dónde demonios hay que colocar la letra "h"), aunque sepamos con certeza cómo se escribe.  De hecho, para calmar a nuestro demonio interior, que ya se habrá posado encima de nuestro hombro para contemplarnos en plena acción correctora, consultaremos en la enciclopedia Monitor el topónimo de marras, nos acercaremos hasta nuestro manoseado ejemplar de El concepto de la angustia o entraremos en la página web de la embajada danesa en España.  Calmada esta levísima inquietud, fruto de un atavismo antes que de una vacilación sincera, nos mantendremos alerta durante las veinte o treinta páginas siguientes, y detectaremos con orgullo algún infecto Copenaghue, algún corrupto Copenhage e incluso algún insidioso Copehnague.  Pero pronto, al filo del primer café matutino, nuestra atención comenzará a vacilar.  Y comenzaremos a leer la palabra incompleta, sólo hasta Copen, a leer sólo sílabas sueltas, Co, gue, o, sencillamente, a no leerla en absoluto, "Kierkegaard visitó a Regina Olsen aquel verano en... al menos en tres ocasiones".
Como en los textos, también en la vida a menudo nos "saltamos" lo que sucede.  y no sólo, por ejemplo, al volar, cuando nos "saltamos" el paisaje, o al follar, cuando nos "saltamos" las caricias, o al comer, cuando nos "saltamos" los sabores.  En cada línea -esto es, en cada minuto del día- se esconde una pequeña errata que aspira a no ser vista.  Puede que, desde ese punto de vista, la corrección constituya una excelente metáfora de la existencia.
Pero entonces, preguntarán ustedes, de qué podemos fiarnos.
Y yo les respondo gustosamente: no se fíen de nada ni de nadie.  Sospechen siempre.  Incluso de su nombre escrito  sobre un papel."
                                                    El corrector (2009), Ricardo Menéndez Salmón.

viernes, 21 de diciembre de 2012

:Amour, de Michael Haneke.


Amour es la película de amor de Haneke, como Funny Games fue su sit com.  Haneke sitúa siempre a sus personajes en situaciones extremas, incómodas tanto para ellos como para el espectador.  Si en Funny Games unos intrusos hacían la vida imposible a una familia, en Amour el intruso es interno: es la enfermedad, la decadencia del cuerpo lo que penetra en el piso de la anciana pareja protagonista.  Salvo una breve escena inicial, toda la película se desarrolla en ese piso, un espacio claustrofóbico y sin salida, como la vida misma. 


Haneke no se refocila en la miseria de los personajes, que mantienen su dignidad sin la ayuda de subrayados.  Dirección sutil, precisa, inteligente, elíptica, analítica, como viene siendo habitual en Haneke; que en este caso se permite un par de ensoñaciones, un par de imágenes subjetivas, y un sueño magistralmente rodado (quizás el mejor que he visto desde la apertura de Fresas Salvajes).  Pero nada es demasiado evidente, ni esas subjetividades ni los planos poéticos de la paloma atrapada.  Todo funciona calladamente, como una corriente subterránea, horadando nuestra resistencia ante la belleza y la realidad de esta historia.  Sin demorarse en detalles macabros (hay cosas que no es necesario ver, dice el personaje interpretado por Jean-Louis Trintignant).
Belleza y terror: el terror de saber que, si tenemos la suerte de llegar a ancianos al lado de la persona que amamos, probablemente acabaremos así.  No nos asesinará un alienígena beligerante ni un psicópata vengativo, pero quizás sí veamos la mirada de nuestra pareja vaciándose de recuerdos, o sentiremos el pánico de la pérdida de nuestra persona reflejada en sus ojos.
Mención especial para los protagonistas de esta historia, el ya mencionado Trintgnant y una sobrecogedora Emmanuelle Riva: dos interpretaciones simplemente PERFECTAS.
Una película esencial y necesaria.  Una obra maestra en su sentido estricto: es decir, una obra hecha por maestros.
(Si el trago no es suficiente amargo para usted, querido lector, pruebe a combinarlo con la lectura de Un adiós especial, de Joyce Farmer).

martes, 11 de diciembre de 2012

:la cápsula del tiempo



Últimamente he tenido la suerte o la buena puntería de ver películas y leer libros realmente interesantes, pero poco tiempo para comentarlos por aquí.  Intentaré subsanarlo, aunque sea con textos breves.  Recalco lo de “intentaré”.
¿Os acordáis de estos libros?


Si estáis en la treintena, seguramente sí: la colección de Elige tu propia aventura, una especie de libros interactivos, a medio camino de la literatura de evasión y el juego de rol.  Para entendernos, en algunos puntos de la trama se te daba la posibilidad de tomar TÚ, lector, la decisión de por dónde seguir (si quieres robar los diamantes de la zarina vete a la página 34, si quieres tomarte un chocolate con churros vete a la página 62, por ejemplo).  El target al que iban destinados era chavalada preadolescente, así que las tramas eran tirando a básicas, y el libre albedrío, bastante más limitado de lo que podíamos intuir.
Una actualización de estos presupuestos (no lo digo yo, lo dicen ellos), pero para adultos (es decir, los críos que nos leímos los originales en su momento), es lo que supone La cápsula del tiempo, de Miqui Otero (fantástica edición de Blackie Books).  Con la excusa de una quedada de antiguos compañeros de instituto para abrir una cápsula del tiempo que enterraron veinte años atrás, el protagonista (TÚ), pasará una noche de reyes de lo más ajetreada, a poco que le eches un poco de ganas y entres en el juego. 
Las condiciones no serán favorables: tormenta de nieve que colapsa el metro, TÚ has perdido la cartera, las ganas de quedar con los antiguos compañeros son pocas… y cuando te das cuenta te verás inmerso en los vericuetos más inesperados con la ciudad de Barcelona como escenario. 


Qué más… Hay un libro dentro del libro, hay juegos metalingüísticos, hay historias de detectives, hay conspiraciones, viajes en el tiempo, restaurantes chinos, tipos con parche, chantaje, alcohol y drogas y hay, sobre todo, mucho humor.  El estilo de Otero, barroco pero ágil, lleno de recovecos y meandros, se recrea donde es preciso y nunca se hace aburrido.  Parece escrito con una media sonrisa y se lee igual.
Lleva hasta las últimas consecuencias la idea de la interactividad del lector, con múltiples recursos y formas de explotarlo, a veces para dejarte en evidencia, a veces para ponerte en un compromiso moral, pero siempre para tu disfrute.
Si toda lectura es parcial, esta lo es más todavía.  De los 37 finales que promete la contraportada, yo sólo he llegado a 4 (tres satisfactorios y uno de bajón), así que lo que os puedo decir es proporcionalmente poco.  Pero lo poco que os puedo decir es que este libro vale realmente la pena.  Yo estoy seguro de que volveré a él más de una vez.  Quizás esta noche de reyes, para cerrar el círculo.  (Ah, por si a alguien le queda la duda, la cápsula del tiempo es el propio libro, como todos los libros).

viernes, 2 de noviembre de 2012

:crónicas


Con Stone Arabia (Blackie Books, 2012) Dana Spiotta nos habla de la memoria, de esa recreación que la mente hace de lo que hemos vivido y que acaba convirtiéndose en un artificio que tiene tanto de real como de ficticio.  Para ello se ha servido, subtramas aparte, de una poderosa y acertadísima metáfora: las Crónicas que un músico de rock cuya carrera hacia el estrellato se truncó justo antes de comenzar. 
Todo el mundillo del rock, o de cualquier otro ámbito de celebridad fútil y basada, mayormente, en elementos pueriles, puede entenderse así como una historia apócrifa donde todo parece más intenso y significativo de lo que realmente fue; pero como todos los integrantes prefieren mantener la leyenda por encima de la realidad, la primera acaba por sustituir a la segunda.  Y “los que no estuvimos allí” tenemos que simular que todo es cierto, porque sino las estrellas serían como nosotros, y eso sí que no podemos soportarlo.  Un libro divertido por momentos, desmitificador y de lectura ágil.  Y sin embargo, muy triste. 
Un fragmento:
(…) las fotos han acabado con nuestros recuerdos.  Cada vez que hacemos una foto, nos olvidamos de grabar ese momento en la memoria, en nuestras neuronas.  Cuando hacemos una foto nos libramos en cierto modo de tener que recordar.  “Voy a sacar una foto para recordar este momento.”  Pero lo que haces en realidad es dejar ese momento fuera de la jurisdicción del cerebro y relegarlo a una Polaroid, o a un papel Kodak, pequeños recuadros medio desintegrados, pegados en álbumes.  Tan fáciles de perder, olvidados en cajas amontonadas en un garaje húmedo.  O sepultarlo en alguna carpeta de un dispositivo digital enorme, a la espera de que alguien la abra.  Lo que has hecho es posponer el acto de mirar y, con ello, la conexión real con el momento; lo único que re queda es un recuerdo de segunda generación, el recuerdo de un hecho que en realidad no es más que el recuerdo de una fotografía de ese hecho.  No se trata de un recuerdo auténtico y profundo, sino de uno falso y fugaz, y tu cerebro ni siquiera nota la diferencia.