martes, 2 de septiembre de 2014

:Ripley en Gotham

Tanto el título de este libro (Batman Serenata nocturna) como el subtítulo (El origen del caballero oscuro) son bastante capciosos, buscando un público más generalista que el que, probablemente, se sentiría atraído por algo titulado "Bill Finger, la biografía", que iría más acorde con el contenido.  A mí me valdría, que conste, pero entiendo la argucia editorial y no me parece que estén dando gato por liebre, pues sin duda la vida de Bill Finger está estrecha e indisolublemente ligada al origen (y desarrollo) del Caballero oscuro.


Sobre el origen de Batman, a lo que alude el subtitulo, pues este breve y ligero tomo le puede dedicar veinte de sus doscientas páginas, más o menos.  David Hernando, autor del libro, editor de DC en España e Italia durante un lustro, y estudioso y amante del tema, desentraña los tejemanejes que dieron origen al mito, encontrando, creo que sin pretenderlo, a un villano extraordinario, el mejor que se pasea por estas páginas, muy por encima del Joker o de cualquiera de los otros coloridos enemigos del Hombre Murciélago: Bob Kane, el supuesto padre de la criatura. 
Como un personaje de una novela de Patricia Highsmith, Kane ansía ascender en la escala social para conseguir fama y fortuna, y para ello se mete en el mundo del cómic, lo cual no deja de ser una boutade bastante quijotesca, sobre todo porque ni siquiera está dotado para ello: dibujante mediocre, muy mediocre, se dedica a calcar viñetas de sus autores favoritos, a las que le añade un par de detalles para evitar el plagio sangrante.  Ese es su modus operandi, ese es su legado. 
Con el fulgurante éxito de Superman, que hace cambiar la dirección del mundo editorial orientándolo hacia los justicieros superpoderosos, el avispado de Kane se ofrece a los editores de la cabecera para realizar otra propuesta en esa línea superheróica, y quedan para el lunes (están a viernes), día en que les llevará un cómic terminado protagonizado por un nuevo aventurero enmascarado.  Ese es su verdadero talento: la rapidez de reflejos, a la que añade la ausencia de escrúpulos, lo que lo convierte en un personaje apasionante; como persona, eso sí, debía de ser execrable. 


Como sus dotes creadoras son limitadillas, hace lo que mejor sabe hacer: calcar una viñeta de Alex Raymond y ponerle un antifaz y unas alas.  Y aquí entra en escena Bill Finger, protagonista de la función, un tipo amedrentado y pusilánime pero lleno de ideas con las que llenar miles de historias que dan vueltas en su cabeza.  Es, a diferencia de Kane, un narrador nato; es un artista, un guionista de los pies a la cabeza, y la sola idea de poder echarle una mano a su amiguete Kane en la creación de un personaje, le parece ya un adelanto con respecto a su trabajo actual de dependiente en una zapatería.  Le propone así a Kane una serie de cambios que serán, en definitiva, los que conformen y den naturaleza al Batman que conocemos todavía hoy: la máscara de murciélago, el traje gris, la capa, el murciélago en el pecho, y su carácter oscuro y detectivesco, ausente por completo en el boceto de Kane, que aún barajaba otros nombres como Birdman, en una burda copia sin gracia ni sentido de Superman.
Vale, Finger escribe la historia, Kane la maldibuja y la firma, y la lleva a tiempo a los editores, que quedan encantados y le proponen realizar una serie.  Kane tiene que realizar a partir de ese momento maniobras en la sombra para mostrarse como único autor de Batman, engañando a los editores por un lado y a Finger y los dibujantes que se encargan de realizar en realidad el cómic por el otro (entre los que destaca Jerry Robinson), en unos equilibrios constantes que darían para una novela apasionante.  Pero Hernando prefiere centrar su atención en el talentoso y virtuoso Finger, lo cual es comprensible.


Kane, pillado en varios renuncios pero siguiendo con su farsa como si no pasara nada, consigue firmar un acuerdo de esos que solo se hacen en Estados Unidos, en el que se asegura, además de un pastizal obsceno, el crédito absoluto de cualquier cómic del hombre murciélago, algo absurdo con el paso de los años y las décadas, con cambios de estilo evidentes en el dibujo y las tramas.  Los estudiosos y los fans acérrimos saben, no es un secreto, quien está detrás de esas páginas, pero para la opinión pública el único autor de Batman es el que firma todos los números: Bob Kane.
El libro sigue entonces con el proceso histórico de editores y amigos para reivindicar la paternidad de Finger, que continúa tras su muerte.  No hay justicia poética ni un final que coloque a cada uno en su lugar.  Sí hay pequeñas victorias, acreditaciones a posteriori, estudios académicos que cuentan "la verdad", pagos atrasados de royalties a los descendientes, y demás.  Pero no nos engañemos: cualquier producto relacionado con Batman sigue teniendo una única acreditación, Bob Kane, y libros como este, bien documentados y con unas firmes bases sobre las que cimentar sus apreciaciones, poco pueden hacer para cambiar esa injuria histórica.  Al final Bob Kane tenía razón: la verdad no sirve de nada contra los contratos; su gran obra maestra no fue Batman, de cuyo origen y desarrollo no fue más que un espectador privilegiado, sino la firma de ese dichoso contrato: ahí sí que lo dio todo.  Su mejor personaje no fue ni Batman, ni el Joker (obra de Robinson, por cierto) ni ninguno de los otros enemigos o compañeros del justiciero enmascarado; su mejor personaje fue él mismo, una especie de dandy mujeriego, un ególatra al que le gustaba ir a los estrenos a dejarse ver, y que hablaba de sí mismo en tercera persona (impagable la carta que cierra el libro: el cinismo de este hombre no parecía tener límites: cada aseveración que hace tiene una doble lectura entre hilarante y bochornosa, dependiendo del humor con que te lo tomes).
No es de extrañar que la ilustración de portada de este libro sea de Paco Roca, que ya en su El invierno del dibujante se puso del lado de los autores de Bruguera que intentaron alcanzar una dignidad que la industria les negó.  El mundo del cómic americano aquí descrito, aunque manejando mucho más dinero, con lo que eso supone, era muy similar: una industria que exprimía la creatividad de los autores a cambio de calderilla, y que los machacó y los ninguneó cuando intentaron asociarse en un sindicato para obtener lo que por justicia, y por cojones, les pertenecía: el crédito de sus creaciones, y un porcentaje justo de los abultados beneficios.  Solo unos cuantos avispados, como Bob Kane, lograron hacerse ricos en esa pocilga.  Y encima sin hacer más que un par de dibujillos.  Su mérito tiene, no se le puede negar.

sábado, 22 de marzo de 2014

:estoy escribiendo una novela

Efectivamente, estos días (meses) estoy bastante ocupado escribiendo una novelita.  Dejo aquí constancia para darme más ánimos, pues el oprobio público de no terminar mi cometido se sumaría a la vergüenza privada e íntima de dejarlo a medias.  Varias veces había intentado escribir algo de unas dimensiones mayores a un relato, pero siempre me había quedado a medias.  Esta vez no, cojones, voy bien encaminado, tengo la trama más o menos resuelta (me encanta dejar partes a la improvisación del momento, seguro de que mi yo del futuro sabrá solventarlo con sabiduría), y estoy alcanzando algo que nunca creí que tendría: una rutina de trabajo.  Para ello me está resultando fundamental el contador de palabras del procesador de texto: resumir todas las dudas y convicciones, tristezas y alegrías, éxitos y derrotas en algo tan tangible, tan matemático como es el número de palabras que escribes al día, me resulta sumamente tranquilizador.  Estoy convencido de que para sacar adelante un trabajo creativo, que después de todo consiste en domar al caos, no hay nada mejor que estructurar todo lo posible tu actividad diaria, eliminar de ella lo azaroso para que toda veleidad, toda voluta imaginativa se plasme en tu trabajo. 
Otro par de elementos de gran ayuda: el diccionario de sinónimos de WordReference para desatascar alguna frase, y unas cuantas fotografías e ilustraciones para que la imaginación no vuele tan a sus anchas.  Aquí les dejo un par de ellas, un par de inspiraciones para este texto que tengo entre manos.
Atentamente: T.





martes, 21 de enero de 2014

:cómic 2013

Miro hacia atrás y compruebo con alegría que el pasado 2013 ha sido un año muy bueno en comics.  Un par de apreciaciones previas, del todo subjetivas:
Mi desapasionamiento por los superhéroes: es un género, una industria, con la que llevo una relación de amor/tedio de unas tres décadas, y aunque pasamos etapas separados, etapas en que casi no nos vemos, de vez en cuando vuelvo a caer en su trampa, y acabo dejándome meter, aunque solo sea, la puntita.  Pues bueno, este año ha sido de total desapasionamiento; no tengo ni idea de si es feliz o no, si ha encontrado a alguien o está sola; simplemente, ha dejado de importarme.
En el lado positivo, el gran momento que está pasando la editorial Fulgencio Pimentel, que saca un pequeño puñado de títulos al año, pero ¡vaya títulos!  Una edición exquisita, normalmente mejorando la original, y una selección sin mácula, que para este 2014 nos va a dar muchas más alegrías.  Bravo por ellos.
Como ya hice con mi selección de películas, primero va el pelotón, y por último los tres del pódium.


Silvio José destronado (Paco Alcázar), cualquier obra suya está por encima de la media, pero resalto esta porque, inscrita en una revista comercial como El Jueves, Alcázar va a lo suyo, sin contemplaciones.  Introduce variantes en su esquema, saca a Silvio de su hábitat y no solo la serie no decae, sino que da la impresión de que todo lo anterior era un prólogo a esta gran aventura.
Videojuegos (David Sánchez), con poca obra todavía en su haber, Sánchez no da un paso atrás.  O lo sigues o te lo pierdes; yo le sigo como un lemming.


Rocky (Jaime Hernandez), es una obra antigua del californiano, una obra "menor".  Pero una obra primeriza y modesta de un genio como Hernandez es mucho decir.  Mezcla tantos elementos, tan dispares y con tanta naturalidad, que parece que ni estás leyendo.
Mox Nox (Joan Cornellà), pasando de su anterior estilo, muy a lo Clowes, a una crueldad colorista lindante con el surrealismo más delirante, Cornellà se ha convertido en una estrella de la red, y me imagino que la primera recopilación de sus planchas mudas ha debido de tener bastante éxito.  O debería.
Ana y Froga (Anouk Ricard) un delicioso tebeo infantil que estoy seguro de que he disfrutado yo más que la mayoría de los niños que lo han leído.  Divertidísimo.
Aama 3 (Frederik Peeters), comic europeo en todo su esplendor, ciencia ficción "adulta", dibujo espectacular, guión envolvente y medido... Esperando el último número con expectación.
Vampir (Joan Sfar), todos los años cae algún Sfar, y del pasado me quedo con esta exquisita recopilación de los cuatro primeros tomos de las aventuras del vampiro Fernán.  Sfar en todo su esplendor: libre, impredecible, romántico, canalla, divertido.  Un genio


Bakuman (Tsugumi Ohba y Takeshi Obata), poco manga leo últimamente, y esta es la única serie larga que me ha mantenido enganchado hasta el final (20 tomos), sin apenas baches (aunque los hay).  Historia de crecimiento, con el fondo de la industria editorial del manga; adictivo, emocionante, instructivo y de factura impecable.
Paul en Quebec (Michel Rabagliati), todo Paul me gusta, y esta obra no es una excepción.  Un milagro de cotidianeidad, de humanidad, de humor ligero y drama hondo, que siempre me conmueve.  Muy fan.
El hombrecito (Chester Brown), recopilación de obras cortas de Chester Brown, en orden cronológico desde sus comienzos hasta finales de los 90.  Brown es un genio, así que esta obra es lo que es: la obra de un genio y ya.
Grandes preguntas (Anders Nilse), un tomo enorme, en tamaño, en ambición, en calidad... Una obra peculiar y única.  No has leído nada así en tu vida.  No has visto nada así en tu vida.


Los surcos del azar (Paco Roca), autor de merecido éxito, Roca siempre me ha parecido un gran (grandísimo) artesano, pero sin la genialidad que toca a otros autores.  Quizás con este tomo tenga que comenzar a cambiar de opinión.  Realidad y ficción se entremezclan con pasmosa naturalidad en una obra sobre la memoria, sobre la dignidad y sobre mil cosas más.  Muy bien narrado, y aún mejor dibujado de lo que Roca suele hacerlo.


Pudridero 2 (Johnny Ryan), fantástica edición española que incluye dos números de la original Prison Pit.  Ryan abandona toda convención, todo recato, toda la educación y todas las coartadas morales que vamos acumulando a medida que nos hacemos adultos, y dibuja como un niño salvaje una historia hiperviolenta que engancha como la droga buena.
La propiedad (Rutu Modan), gran dibujante, gran narradora, Modan cuenta una apasionante historia que parece la actualización del cómic europeo de línea clara a los tiempos, los modos, las temáticas y la extensión de la novela gráfica. 
Todo y nada (Sammy Harkham), algunas de las mejores historias cortas del año pasado están en este cómic.  Muy muy grande.


La colmena (Charles Burns), a la espera de la conclusión, Burns sigue dejándonos patidifusos con esta especie de Tintín en la interzona.  Descomunal.


Los vencedores, con foto finish.

3- El rayo mortal (Daniel Clowes), su canto de amor a los comics de superhéroes de su infancia, lleno, como no podía ser de otra forma en su autor, de ironía y angst.  Como un reflejo distorsionado de Steve Ditko.


2- La hermandad de historietistas del gran norte (Seth), un tebeo pequeño en dimensiones, modesto en apariencia, con un dibujo suelto y caprichoso extraído directamente de los cuadernos de dibujo de Seth.  Pero inabarcable en resultados.  Como Borges, como Lem, aquí Seth cataloga las historias que quizás le da pereza dibujar, pero que a nosotros nos encantaría leer.  Absolutamente mágico.



1- Frank (La cuerda del laúd/Fran) (Jim Woodring), los dos últimos tomos de la obra mayor de Woodring, en exquisita, perfecta edición de Fulgencio Pimentel.  No sé que puedo decir a estas alturas de esta obra: es una experiencia absolutamente única, de un nivel narrativo y estético solo a la altura de los grandes.  Sumergirse en el mundo surreal, cruel, deformado, luminoso, delirante, terrorífico, mutante de Frank, es entrever algo que sabes que ya nunca podrás olvidar.  Pero nunca.

jueves, 9 de enero de 2014

:cine 2013

Vamos a dar un personal repaso a mis visionados cinematográficos del reciente 2013.  Por alegres circunstancias (la participación en un libro colectivo y la escritura de mi primera monografía) me he visto mucho cine de temática fantástica de décadas pasadas; y por motivos extracurriculares se me ha dado por completar filmografías que tenía pendientes.  Pero como eso no le importa a nadie, me voy a centrar en las películas recientes que me han gustado. 


Lo de hacer un ranking del año se ha vuelto complicado, con films que se estrenan parcialmente pero se "encuentran" fácilmente, con películas que aquí no se han estrenado pero están "disponibles", etc.  Así que he optado por referenciar obras de los años 2012/2013, y tan contentos.  Me faltan por ver varias películas que sé, fehacientemente, que me gustarán; así que no tengan en cuenta las omisiones, y sí las inclusiones.  A remangarse:
Magic, Magic (Sebastián Silva, 2013) aprovecha el cuerpo de Juno Temple para exhalar una voluta de humo sobre la locura y/o la paranoia, sudorosa y narcotizante.


The Battery (Jeremy Gardner, 2012) este año he visto muchas películas de zombis (MUCHAS, créanme), y aunque esta no es la mejor, sí me ha parecido muy original: desdramatiza mucho la situación, es una película de colegas estimable, tiene varios giros interesantes, un par de gags descacharrantes y un tramo final claustrofóbico.  A mí me vale.
Jagten (Thomas Vinterberg, 2012) Vinterberg vuelve a ponernos incómodos en nuestros asientos, y con el (estupendo) actor de moda Mads Mikkelsen construye una historia increíblemente intensa sobre falsas acusaciones de abusos sexuales a niños, seca, contundente y lejos del maniqueísmo.  Buf.
Sightseers y A Field in England (Ben Wheatley, 2012 y 2013) Weatley sigue demostrando que es un cineasta de raza, con una comedia negrísima en el primer caso, y una estampa psicodélica en el segundo.  Difícilmente podrían ser más diferentes estas dos propuestas, pero me invento aquí este díptico para resaltar la oronda figura de su autor, uno de los directores más interesantes del último lustro, y que no da muestras de cansancio.


Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012) ya lleva Tarantino más de dos décadas en esto (qué viejos somos) sin dar el brazo a torcer.  En este caso pone su coctelera al servicio del western, otra de sus mezclas de referentes y alusiones de gozoso visionado.  Cine puro.
Only God Forgives (Nicolas Winding Refn) tras el éxito de Drive, Refn vuelve a contar con Gosling pero, lejos de seguir la estela de su anterior colaboración, aquí vuelve el cineasta a su vertiente más abstracta y descomprimida, en un film sobre venganzas y lealtades familiares de desarrollo casi musical.
Before Midnight (Richard Linklater, 2013) tercera parte de la serie (¿trilogía?) sobre los encuentros y desencuentros de los personajes de Delpy y Hawke, aquí ya casados y con una familia en común.  Lo mejor, para mi gusto, es la naturalidad con que se desarrollan las secuencias, la sensación (falsa) de realidad filmada.
The World's End (Edgar Wright, 2013) y hablando de trilogías, aquí termina la cornetto trilogy con otra comedia eminentemente inglesa, con alma de pub y llena de amigos pasándoselo genial trabajando juntos.  En esta ocasión la excusa es una invasión extraterrestre que los protagonistas tendrán que combatir entre pinta y pinta de cerveza.  Muy bueno Simon Peg, y buenas escenas de lucha.


La vie d'Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) aunque no me ha parecido tan extraordinaria como a muchos, sí creo que encuentra un par de vetas de verdad, y contiene una de las mejores interpretaciones de los últimos años, la de una superlativa Adèle Exarchopoulos que es, ella, toda la película.
12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2012) sigue McQueen regalándonos películas incómodas sobre personajes atrapados en las limitaciones de sus cuerpos.  En este caso, con un presupuesto más holgado y un resultado más cercano al mainstream, pero sin perder su impronta visual, sustituye a Fassbender como actor fetiche (que también hace un gran trabajo en un papel antagonista) por un no menos extraordinario Chiwetel Ejiofor, que lucha por recuperar su condición de ser humano.
In Another Country (Hong Sang-soo, 2012) otra miniatura del gran cineasta coreano, en este caso con la ya mítica Isabelle Huppert interpretando tres papeles en una filigrana que mezcla la realidad con la ficción, creando capas de repeticiones, de rimas y variaciones que discurren con una frescura y naturalidad con la que el cine occidental hace cinco décadas que no sueña.
Uranes (Chema García Ibarra, 2013) de las propuestas nacidas de #LittleSecretFilm esta es la que más me ha convencido (aunque ninguna es desdeñable, por ahora).  El primer largometraje del multipremiado cortometrajista García Ibarra mantiene sus constantes temáticas y estilísticas, y consigue una hora de cine desconcertante e hipnótico, y muy libre.



Mapa (León Siminiani, 2012) y otro cortometrajista que se pasa al largo es Siminiani, con este documento, una obra que se va retroalimentando, que va buscando su significado a medida que avanza en un crecimiento fractal.  Buena road movie.
The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) otra de esas panorámicas de dos horas largas de Thomas Anderson, un director con vocación de sociólogo, con estupendas interpretaciones y una puesta en escena apabullante.  Un espectáculo audiovisual (el sonido en sus películas es siempre sobresaliente) de primer nivel.
La tumba de Bruce Lee (Canódromo Abandonado, 2013) una marcianada muy divertida hecha a seis manos, llena de personajes mezquinos y mentirosos (pero "entrañables", ese adjetivo) y uno de los mejores gurús del cine reciente.  Además, tiene una de las escenas más descolocantes que he visto este año (la de los escupitajos).  Como anécdota, decir que su visionado en el festival de Sitges supuso la mejor experiencia en 3D de mi vida (me río de Gravity), pues durante toda la proyección, cada vez que salía Julián Génisson en pantalla, parecía que podía tocarlo (de hecho, podía tocarlo, porque lo tenía en el asiento de delante).


Beyond the Hills (Cristian Mungiu, 2012) cada vez tengo más claro que el cine rumano es la ciencia ficción española: con el retroceso social que estamos viviendo, nuestro futuro cada vez se parece más al pasado y al presente de la Europa del este.  Otra película extraordinaria de Mungiu, de una credibilidad física dolorosa.


Hasta aquí el pelotón.  Ahora el podio, con foto finish, eso sí.

3. Frances Ha (Noah Baumbach, 2012) esta película, a priori, lo tiene todo para espantarme (blanco y negro arty, rollito Woody Allen, aires de Brooklin...) pero me ha rechiflado.  Porque tiene algo que compensa todos los peros; es más, tiene algo que convierte todos los peros en virtudes, que transforma la (hipotética) impostura en dicha, la artificiosidad en encantadora torpeza.  Y eso que tiene es la inconmensurable presencia de Greta Gerwig, una actriz con un talento con el que solo pueden soñar el 99% de sus coetáneas.  Bravo.


2. The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, 2012) un WTF de dos horas y media, un documental sobre las matanzas sistemáticas de comunistas en la Indonesia de los años sesenta, contada y recreada por los propios matarifes.  La sucesión de secuencias que se te quedan grabadas en el córtex cerebral es incontable, en un trabajo complejo y exhaustivo de ocho años, que mezcla lo kitsch con lo abyecto sin solución de continuidad, con unos "personajes" inolvidables (ese genocida bailongo que es Anwar Congo, ese Falete indonesio que es Herman Koto...).  Un género en sí misma.



1. The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012), ay, yo qué sé.  Ni me gustaron especialmente las películas anteriores de Rob, ni me va el rollo tremendista white trash que se trae, ni nada de nada.  Pero esta película me tuvo sus cien minutos de duración hipnotizado, con un imaginario quizás muy de segunda mano, pero que a mí me funcionó y que me hizo, por momentos, adorar a Satán.



lunes, 2 de diciembre de 2013

:Broadchurch vs. Hello Ladies.

Un par de series británicas que me he visto recientemente.
En un extremo, el melodrama policial Broadchurch.  Primera tanda de 8 episodios (que no tengo ni idea de cómo piensan continuar), siguiendo la costumbre inglesa de temporadas cortas.  El punto de partida no es especialmente novedoso (de hecho, desde la ya lejana Twin Peaks casi parece un lugar común al cual las ficciones televisivas seriadas vuelven una y otra vez): en una pequeña ciudad aparentemente idílica aparece un niño muerto, y la posterior investigación policial deja al descubierto la podredumbre subterránea de muchos de los ciudadanos. 
La trama se va desvelando poco a poco, sin olvidar ninguno de los ángulos (convecinos, policía, prensa...), repartiendo mierda para todos por igual.  Como viene siendo canon en estos casos, los sospechosos del crimen se van sucediendo en los episodios, hasta llegar a la resolución del misterio, más o menos imprevisible.  El gran acierto en este who did it continuo, en esta yincana de presuntos asesinos, es que esas subtramas-callejón-sin-salida en realidad están preparando, temática y moralmente, el verdadero final, la verdadera resolución del crimen.  Chapeau. 


Tanto detrás de las cámaras (o del guión), con Chris Chibnall, como delante, con David Tennant (y otros), encontramos relaciones con esa institución británica que es el Doctor Who, que no tiene que ser, por sí mismo, ni bueno ni malo, pero es así.
La realización es modélica, con un uso de los filtros y los objetivos exquisito, y con ese tono tan británico que encuentra la media sonrisa hasta en los lugares más insospechados. 

En el otro extremo del cuadrilátero tenemos la producción HBO pero de alma inglesa Hello Ladies.  Se trata de una comedia perpetrada por Stephen Merchant, el gigantesco partenaire de Ricky Gervais en sus mejores empresas.  Como en sus trabajos conjuntos, aquí la comicidad es, mayormente, a costa de sus protagonistas, sumergiéndose en la vergüenza ajena y las situaciones incómodas como un cochino en un charco de lodo. 
La cosa va de Stuart Pritchard, un empresario informático inglés mudado a Los Angeles y que dedica todas sus energías en intentar ligarse a toda moza despampanante que se le ponga a tiro.  El cuerpo desgarbado de Merchant sirve para evidenciar esa torpeza social, esa continua ineptitud imposible de ocultar con sus 2,04 metros de desesperación sentimental.


El resto de los personajes principales (una eterna aspirante a actriz, un divorciado que se niega a asumir el fracaso de su matrimonio...) no se quedan atrás en cuanto a patetismo.  El único personaje que parece moverse con soltura por entre los entresijos sociales es, paradójicamente, Kives, un sátiro paralítico que suele conseguir lo que ansía (básicamente ser follado) quizás por andarse sin dobleces e ir de cara.
Si uno gusta de las situaciones que se alargan hasta lo incómodo, y la gente que se engaña a sí misma para intentar alcanzar algo cercano a la felicidad, esta es su serie.