sábado, 31 de mayo de 2008

:las cajas

En sus sueños sueña que una “dama” guarda sus recuerdos, y que sólo puede olvidar mediante la negligencia de la “dama”. Sueña en una siesta que ve a la “dama” y se enamora tan intensamente de ella que ya no puede dejar de pensar en ella, ni dormido ni despierto, convirtiendo su vida en una espiral dolorosa. Así que decide matar a la “dama” y destrozar sus recuerdos, guardados en 18 cajas; pero cuando llega a la 9 ya no recuerda que está haciendo allí, y llora junto al cadáver de la hermosa desconocida que yace a su lado, sabiendo que nunca podrá olvidar ese momento.

:nadie es perfecto [2]

(Suele dejar palominos en los calzoncillos)

jueves, 29 de mayo de 2008

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [31]

19 de noviembre - Hoy he pasado una mala noche. He tardado en conciliar el sueño, pensando en la otra media pastilla. No he dejado de dar vueltas en la cama, arrugando las sábanas, calentando la almohada. Cuando por fin logré dormirme tuve una pesadilla: oigo una voz en la almohada, como si hubiese alguien dentro. Al principio creo que son mis propios pensamientos, pero después concluyo que no, porque no tiene mi voz y sabe cosas que yo no sé. Me despierto sobresaltado, con el corazón palpitándome en la garganta. Ya no logro dormir más en toda la noche.
Me ducho para despejarme, pero el agua templada me atonta todavía más. Mientras me preparo el desayuno tengo el presentimiento de que alguien me va a llamar por teléfono. Voy a por el móvil y lo pongo frente a mí, sobre la mesa. No dejo de mirarlo mientras desayuno, pero no llama nadie.
Intento arrancar el coche, pero a la media hora desisto. Hace un ruido ahogado, sordo, como estertores de muerto. Y efectivamente, parece muerto. Llamo a mi hermana para decirle que no podré ir hoy, pero no contesta. Me tiro en el sofá, tratando de decidir el siguiente paso. O bien me quedo en casa y no hago nada el resto del día, o voy hasta la estación y cojo el tren hasta casa de mi hermana. Me atrae sobremanera la primera opción, pero sé que mañana tampoco me apetecerá ir, así que, en un magnánimo gesto de generosidad, decido sacrificarme por mi yo de mañana. Hago un titánico esfuerzo de voluntad para levantarme del sofá, sintiendo sobre mis hombros el peso de mis pensamientos, que como una maldición anticipan todo el camino hasta la estación, todo el viaje en tren, todo el camino desde la estación hasta casa de mi hermana... y otra vez lo mismo de vuelta. De hecho, si la fuerza de voluntad pudiese medirse mediante una escala objetiva, como la magnitud de los terremotos o la presión atmosférica, hoy probablemente he alcanzado un registro superior al que llegó Edmund Hillary para alcanzar la cima del Everest. Y sin embargo, ni mi nombre ni este día pasarán a los anales de la historia. Una pequeña epopeya como tantas otras.
Las calles son cada vez más tristes cuanto más te acercas a la estación de tren. Son más estrechas, más grises, hay más ropa en los tendales. Ya enfilando la estación me sumerjo en el repiqueteo de maletas con ruedas. No entiendo cómo puede haber siempre viajeros. Compro un billete para el primer tren, para el que aún quedan cuarenta minutos. Me siento en un banco y le echo un vistazo a un periódico gratuito que alguien ha dejado. Sin que anuncien el tren por megafonía la gente comienza a amontonarse al borde de la vía. Sin prisas, con un desinterés consciente, me uno a la multitud. Cuando se para el tren nos dividimos en grupos y corremos hasta las puertas. Nos abrimos como el Mar Rojo para dejar salir a los pasajeros, mirando furtivamente a las demás puertas, cotejando las posibilidades, y por fin entramos en tropel. Yo me demoro y acabo sentándome de espaldas a la marcha, que me parece que es lo que todo el mundo estaba intentando evitar, pero que me parece poca cosa en comparación con el ridículo de las carreras. Enfrente está sentado un muchacho que no debe de tener ni 18 años, que se levanta a por unas gominolas a la máquina de chucherías. Tiene las piernas torcidas y atrofiadas, y camina con un bastón ortopédico, balanceándose de un lado a otro. No deja de sonreír en todo el viaje. No puedo evitar sentir compasión por él, aunque sé que es un paternalismo cínico y vacío; soy feo, cegato y enclenque; estoy en el paro, mi novia me ha dejado y me he enganchado a los tranquilizantes. No soy quien para compadecerme de nadie. [Continuará]


miércoles, 28 de mayo de 2008

:nadie es perfecto [1]

( Sube el primero al tren para coger el mejor asiento)

domingo, 25 de mayo de 2008

:los parásitos [3 de 3]

Ella no llega hasta tres días después. El primer día tuve que volver a dejar las llaves en el cajetín y esconderme en el cuarto de invitados. Lo oí llegar un rato después, ducharse, preparase algo en la cocina y acercarse al cuarto donde yo estaba. Apenas tuve tiempo de esconderme debajo de la cama, donde permanecí las dos horas que se pasó escribiendo en el ordenador, intentando que las tripas no me hicieran ruido. Cuando salió me acosté en la cama y dormí un par de horas, inquieto, con un sueño ligero. El día siguiente lo pasé habituándome a la casa, mientras buscaba un juego de llaves extra. Había un olor familiar que debió de advertirme de lo que pasaría después. Encontré las llaves en un cajón de la mesilla de noche. Salí a comer algo y a comprar algunas provisiones, bollería industrial en su mayoría, que metí debajo de la cama. A las ocho llegó otra vez a casa, siguiendo el mismo ritual: salió a hacer footing, se duchó al volver, se preparó algo en la cocina, y se pasó un par de horas escribiendo en el ordenador. Desde debajo de la cama eché un vistazo furtivo, pero no logré leer nada de lo que escribía.
Al día siguiente intento entrar en su disco duro, pero tiene una clave. Pruebo palabras al azar, fechas que encuentro en sus documentos, títulos de libros que hay en las estanterías, cualquier cosa que se me ocurre, pero no hay manera. La llamo por teléfono y me contesta con desdén. Le comunico como está la situación y que la espero, pero me dice que no sabe cuando podrá venir. Le digo que le dejo una copia de la llave encima del dintel de la puerta. Salgo a hacer una copia de mi llave y la dejo donde prometí. Por la noche, la misma rutina.
Al tercer día intento de nuevo acceder a su ordenador. Creo que todo se explicará cuando lo consiga. Me desespero y me paso horas con la mente en blanco, intentando recibir la clave desde sabe Dios dónde. En la pared, detrás del ordenador, hay un corcho con papeles y fotos clavadas con chinchetas. De pronto tengo una idea, y aunque me parece una locura decido comprobarla antes de descartarla. Busco una cuerda en la cocina y la uso para unir las chinchetas, como un trazo. Poco a poco se va formando una palabra: Julia. Lo introduzco como clave y accedo al disco duro. Sé que hay muchas Julias en el mundo, que no tiene que ser la mía, pero en el disco duro hay carpetas llenas de fotos del tipo mofletudo y Julia, siempre sonrientes, siempre de vacaciones. Encuentro el texto en el que ha estado trabajando: básicamente el plan que he seguido, pero desde su punto de vista. Todo este tiempo he estado siguiendo sus órdenes sin saberlo.
Una tubería se ha roto en el piso de abajo mientras estaba ensimismado leyendo, inundando el parquet y echando a perder todos los zapatos y los sofás y las alfombras. Cierro la llave de paso cuando oigo a alguien abriendo la puerta. Me escondo detrás de un pilar hasta que veo su perfil familiar y salgo. Antes incluso de saludarme me llama imbécil. ¿Qué pensaba hacer si no fuera ella?, me pregunta. Matarte, le respondo.

sábado, 24 de mayo de 2008

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [30]

18 de noviembre - Mi hermana me vuelve a llamar para decirme que esta tarde está ocupada, y me pregunta si puedo pasarme mejor mañana. Espero un poco antes de responderle, como si tuviese que consultarlo, y le acabo respondiendo con desgana que sí. La verdad es que tengo ganas de sacármela de encima. Después de colgar me doy cuenta de que me ha llamado a las doce y media, sin preguntarme siquiera si molestaba, dando por hecho que no estaría trabajando ni haciendo nada importante. Desde que se ha separado está misteriosa, dispersa y distante. Cada vez nos parecemos más.
Me levanté con una comezón en la punta de la polla. Después de la meada matutina me he tirado del prepucio hacia atrás, descubriendo el glande. Me he llevado una desagradable sorpresa: desde la última vez que me lo vi le ha vuelto a salir una capa de una sustancia blanquecina que apesta a marisco podrido. Estoy seguro de que tiene un nombre científico, pero yo le llamo “salmonela de rabo”. Me la he lavado y he visto que tengo toda la base del glande irritada, como en carne viva. Inmerso como estoy en un ciclo de inapetencia sexual, llevo unos días sin cascármela, y por lo tanto sin pensar siquiera en ella; y por lo tanto sin limpiármela. No soy constante ni con mi polla.
Ya puestos decido hacer limpieza en la casa. Paso una aspiradora, cambio las sábanas, pongo dos lavadoras. Me hace sentir adulto y responsable, pero como parte de un simulacro: me imagino a mis antiguas profesoras del colegio asintiendo complacidas cada vez que limpio o hago la cama, de igual manera que pongo cara de inocente cada vez que me cruzo con un coche de policía. Acabo la limpieza empapado en un sudor frío, con un profundo olor químico; debe de ser por las pastillas. Cuando me voy a dar una ducha cambio de idea y pongo el tapón de la bañera. Mientras el chorro raquítico llena la bañera, poco a poco, pienso en la última vez que me di un baño. Debe de hacer un par de años. Quizás con Z, probablemente en un hotel. En casa siempre me hace sentir culpable; me hace recordar cuando era niño y mi hermana y yo compartíamos el mismo agua para ahorrar. Me meto en la bañera, con el agua hirviendo. Pero pronto se va templando, y mi cuerpo se relaja, como si fuese a ponerse a flotar en cualquier momento. Noto todas las oquedades de mi cuerpo: el estómago, el esófago, las muelas picadas, los senos frontales... de pronto me siento como una cáscara vacía. Cierro los ojos y podría estar en cualquier otra parte; en otro momento o en otro lugar, no sé, pero no aquí. Oigo los crujidos de la casa, un repiqueteo y un largo lamento en el piso de arriba, como si hubiese alguien. La ocurrencia me acaba de fastidiar el baño. Me vuelvo a descubrir el glande y dejo que se reblandezca en el agua tibia. Me sigue picando como un demonio.
Frente al espejo, de pronto, noto como si mi cabello hubiese crecido una cuarta desde la última vez que me fijé. Ayer lo tenía corto y hoy, de repente, lo tengo largo. A veces pasan este tipo de cosas.
Sólo me quedan cuatro pastillas, así que decido racionarlas. Sólo me tomaré media.

miércoles, 21 de mayo de 2008

:los parásitos [2 de 3]

Pero no lo es; nunca lo es. Esto ocurrió hace seis años, y cuando se lo conté a ella no le hizo ninguna gracia. La llamé desde una cabina; yo aún no tenía móvil. Dos tipos con bastón se cruzan por la calle, justo delante de mí, y aunque no soy supersticioso, no me queda más remedio que considerarlo un especie de presagio. El tipo del sofá, le seguí contando, se levanta con el plato de cartón en la boca y apaga el equipo de música. Se acerca a mí con un gesto torvo, somnoliento. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano mientras él escupe el plato a un lado. Cuando se para frente a mi su expresión cambia con la velocidad de una bofetada. Me sonríe y me estruja la mano con fuerza. Me jura que hoy es el día más feliz de su vida desde que Janine Lindemulder volvió al porno. El tipo flaco me acerca solícito una de las sillas y me pide que me siente; le digo que prefiero quedarme de pié, y ellos se sientan en las otras dos sillas. Parecen dos perros amaestrados. Me dan la dirección de la nueva casa y me explican el procedimiento: el dueño vive solo; sale todos los días a hacer footing alrededor de la 20:30; como no tiene bolsillos deja las llaves escondidas en el cajetín del contador de la luz. Sólo tengo que cogerlas y entrar; así de fácil. Les pido que me repitan la dirección y la anoto en mi agenda. Les pregunto qué línea de metro me deja más cerca, pero no tienen ni idea. Tendré que averiguarlo por mi cuenta. No me cuesta mucho llegar, aunque odio parecer un turista, con la maleta de un lado a otro. En la casa hay luces y comienza a lloviznar. La calle recoge el viento y la lluvia como un embudo y me lo escupe directamente a la cara. Me resguardo en una cabina telefónica y la llamo sin esperar ninguna solución por su parte; sólo que me confirme lo que yo creo: que esto es un error. Le cuento todos los detalles, temiendo omitir justo lo esencial, justo la pieza que lo explique todo y que se le escapa a mi cerebro adormilado y estúpido. Me dice que el hombre no aprende de sus errores, que se limita a repetirlos hasta perfeccionarlos y se convence a sí mismo de que son éxitos. No sé si se refiere al hombre como especie, al hombre como género o a mí como individuo, pero no me atrevo a preguntar. Al otro lado del receptor ella guarda silencio, dándome a entender que estoy solo en esto. Veo de reojo que el tipo sale de casa. Es más mofletudo de lo que me había imaginado, si es que me lo había imaginado de alguna forma. Le digo a ella que tengo que dejarla y cuelgo con un dedo. El tipo mira al cielo, sopesando sabe Dios cuantas variables, y echa a correr hacia mí. Pasa junto a la cabina telefónica y lo sigo con la mirada, conteniendo el aliento. Cuando desaparece en la primera bocacalle me acerco hasta el portal de la forma más casual que soy capaz dadas las circunstancias. Abro el cajetín del contador y encuentro un llavero con una rana de abalorios con cuatro llaves. Abro la puerta a la primera y entro.