jueves, 8 de abril de 2010

:La Novela Gráfica de Santiago García

Santiago García ve la historia del cómic como un movimiento pendular, como un viaje de ida y vuelta: el cómic nace como un medio adulto, se hace fuerte y masivo como medio infantil y juvenil en las décadas centrales del siglo pasado para, recientemente, y a medida que pierde volumen de consumidores, volver a reivindicar su espacio como medio adulto y para adultos con el movimiento de la Novela Gráfica que da nombre al volumen.

El título, visto así, quizás sea un poco capcioso y coyuntural, pero sin duda llamará más la atención que un genérico y aséptico Historia del cómic, que es lo que viene siendo. Una historia parcial, como todas; y positivista: el autor se esfuerza en encontrar ese hilo conductor que vertebre su discurso y que va desde los pioneros decimonónicos hasta la actual novela gráfica: una búsqueda de la legitimidad del medio.

Y esa legitimidad parece pasar forzosamente por una búsqueda del formato adecuado para desplegar todo el potencial narrativo, metodológico y artístico que el cómic posee. No es sólo una legitimización del contenido a través de una legitimización del continente, sino un ansia de páginas, de tiempo y espacio para explayarse, para desarrollar un discurso propio.

¿Se imaginan una historia del cine en la que las películas se vieran limitadas a doce minutos? ¿O una literatura capada forzosamente a las sesenta páginas? Habría multitud de obras magistrales, sin duda, pero nos estaríamos perdiendo voces, discursos, ideas, tramas, universos y ritmos que han cambiado el pensamiento humano.

El cómic apenas está alcanzando esa etapa de madurez, ese estadio de excitación y efervescencia en el que parece que todo es posible. Leyendo a Santiago García uno se reafirma en una idea tremendamente gozosa: qué maravilloso momento éste para el mundo del cómic.

Una historia muy compleja y con numerosas ramificaciones (y eso que “sólo” se centra en los mercados dominantes: Estados Unidos, Europa y Japón); tantas, que pareciera que algunas pertenecieran a otros árboles (esas novelas en imágenes de Masereel o Ward parecen un punto y final en sí mismas).

Una historia apasionante a poco que te interese el mundo de las viñetas: el autor encuentra el equilibrio perfecto para no insultar la inteligencia del docto en la materia, ni abrumar al lego. En cada página, Santiago demuestra un conocimiento de la materia y una claridad expositiva al alcance de pocos, y una pasión y un amor por lo que cuenta contagiosos.

Un objeto, por lo demás, maravillosamente editado (¡esa portada de Max!), en un ejercicio metalingüístico en el que más parece una novela gráfica que un tratado teórico sobre novela gráfica.

:escalas

1. Desde la antigüedad el hombre ha tratado de encontrar una relación mensurable, una proporción que lo englobe todo.

Se buscó en Dios, se buscó en la ciencia, se buscó en el hombre, a medida que el pensamiento evolucionaba del misticismo al humanismo, pasando por el cientifismo.

Pero ríase usted del número aureo, de Plotino, de Pitágoras, de Leonardo, del hombre de Vitrubio, de Le Corbusier y de la madre del cordero.

La medida de todas las cosas se fraguó lejos de los centros académicos del conocimiento, y en fecha tan reciente como 1914, cuando la Western Union emitió la primera tarjeta de crédito.

Sí señores, ese recuadrito de 8’5 x 5’5 cm se ha acabado por convertir en la unidad modular universal: la medida que lo relaciona todo.

Si hay un elemento capaz de estandarizar, de universalizar, de uniformar... ese es el dinero. En cuanto el mercado se ha vuelto especulativo, no “real”, en cuanto el intercambio de bienes tangibles se ha transformado en intercambio de información, por así decirlo, la pluralidad de monedas, la pluralidad de tamaños y formas se ha difuminado y ha desaparecido, sustituido por ese monolito kubrickiano que anuncia una nueva era de la evolución humana: la tarjeta de crédito.

Por simpatía, ha ido modificando la forma y el tamaño de todo lo que entra en contacto con ella. Nuestras carteras y nuestros bolsillos han cambiado, y por extensión, como en un torrente fractal, todo va amoldándose a esa unidad indisoluble de 8’5 x 5’5 cm.

La medida de todas las cosas.

Ya ha modificado el tamaño, la forma y la constitución de nuestro Documento Nacional de Identidad. El siguiente paso es que modifique nuestra identidad.

Que nos modifique a nosotros.



2. Siguiendo esta lógica, proponemos tarjetas de crédito paralelas para las personas que todavía no son ciudadanos de pro (ni votan ni pagan impuestos): tarjetas de crédito para niños.

Que los niños viven en un universo paralelo es evidente. Para ellos se fabrican todos los objetos imaginables a escala: coches, trenes, aviones, gafas de sol, cocinas, pistolas, etc. No nos referimos a los juguetes en los que uno se proyecta (Playmovil, Barbie...) sino los juguetes en los que uno habita y te ayudan a materializar un rol. Atrezzo en miniatura.

Pero, ¿a qué escala se fabrican estos adminículos? Pues siguiendo unos patrones de edad y crecimiento, una cosa como muy matemática y muy nazi a la que pocos zagales se acoplan al dedillo. ¿”La medida de todas las cosas” basada en conjeturas pediátricas, valga la redundancia? Seamos serios: necesitamos una unidad de medida universal para los infantes.

Necesitamos una tarjeta de crédito para niños.

Pero esta tarjeta no puede tener una relación matemática directa con la de los adultos. Debe de funcionar en paralelo, sin puntos de contacto. Una pequeña tarjeta de crédito que uniformice su universo, que lo delimite de forma taxativa e inequívoca.

Así se acabaran las elucubraciones y vaguedades.

¿Cuándo un chaval debe entrar en prisión? ¿A partir de que edad una cría puede abortar? ¿Cuándo pueden votar? ¿Y conducir? ¿Y beber alcohol?...

Sencillo: cuando tengan tarjeta de crédito de 8’5 x 5’5 cm.

jueves, 25 de marzo de 2010

:all the wrong reasons

1. Hay muchas formas de equivocarse.
Después de tantos años comprando y leyendo cómics, uno se considera lo suficientemente experto en el tema como para saber qué llevarse a casa y qué dejar en la estantería de la tienda con apenas un vistazo.
Entre la experiencia acumulada y un gusto, si no refinado, sí al menos moldeado a base de miles de lecturas, no se suele necesitar más de unos segundos para sopesar una posible adquisición.
Una portada atractiva (por las razones que sean), un hojeo rápido primero, uno más detenido si pasa la primera criba, una lectura por encima a las solapas si no conocemos al autor, y por último: el precio.
Si pasa todas estas pruebas, se mete debajo del brazo hasta el momento de pagar, y para casa.
Qué placer dar con algo nuevo que te gusta. Es como descubrir una habitación nueva en tu casa. Encima: una habitación con ventana.
Uno de mis mayores logros sigue siendo haber descubierto la obra de Jaime Hernández. Con este señor no descubrí una habitación: abrí una puerta y descubrí un ala entera. Descubrí que mi casa era una mansión.
Esto fue hace muchos muchos años. Yo, por entonces, ya frecuentaba el quiosco Ártico (situado en la rúa do Vilar número 49. El mejor quiosco de prensa de Compostela, y el único dónde aún hoy compro de vez en cuando algún cómic, no sólo porque en los demás ya no hay, sino porque me apetece). El tomito editado por La Cúpula (no consigo recordar el título y lo tengo atesorado en casa de mis padres, así que ahora no puedo comprobarlo, pero era un cómic tipo novela gráfica, godito y pequeño, con portada en glorioso blanco y negro) llevaba varios días llamándome la atención desde la vitrina. No conocía al autor, de hecho pensaba que era un tipo español. Jaime Hernández, hasta me sonaba a catalán, no me pregunten por qué. En su tiempo también pensaba que Miguelanxo Prado era catalán, así que ya ven. El precio (995 pesetas... manda cojones que me acuerde del precio y no del título) era desorbitado para la época y para mi raquítica economía de adolescente temprano. Y aún así, me lo compré. Con un par.
¿Por qué? Pues no sabría decirles. Aunque salían chicas en la portada aquello no parecía del tipo Manara, una de mis compras habituales de aquella época (ejem). No era un cómic de superhéroes. No era aventura épica. No era álbum europeo.
No tenía ni idea de lo que era, pero como todavía era un lector inexperto tampoco resultaba tan extraño. Lo bueno del asunto es que a día de hoy sigo sin saber lo que era. O lo que es, mejor dicho.
Sólo sé que es una maravilla única, como toda la obra de Jaime Hernández.

2. La vida, sin embargo, se compensa.
No sé si hay alguna ley universal que lo explique, pero viene a ser lo de una de cal y otra de arena. Vaya, que por cada dos flores en el culo, una es un tojo.
Y aunque a un nivel cósmico sólo parezca un parpadeo, en una vida humana (en mi vida humana) los años transcurridos desde aquel feliz acontecimiento parecen situarlo en una lejana era geológica, cuando los trilobites dominaban la tierra.
Tanto tiempo ha pasado que ya no me acordaba. Y por tanto tampoco me acordaba de que faltaba su némesis oscura: el anti-hallazgo. El bluf. La gran cagada.
Pues sí, hay muchas formas de equivocarse, hay muchas razones incorrectas para hacer cualquier cosa. Para comprar un cómic también.
Veo en una estantería el número uno de El Llanero Solitario. No sé si tengo el día tonto, o si tengo prisa, o si me siento más listo de lo habitual o más rico de lo que soy; pero veo el nombre de John Cassaday en la portada, un tipo que, cuando le dejan tiempo para dibujar con calma me suele gustar bastante; veo que es un cómic del oeste y me viene a la mente Blueberry y Comanche y todas las horas de felicidad pura e incontaminada que pasé entre sus páginas (lo cual es un absurdo pauloviano como ver a Marianico el Corto y pensar en Buster Keaton, pero bueno).
Sea por lo que fuere, me compré el cómic.
Y si hay algo más absurdo que comprarse un cómic por el dibujante sin molestarse en echarle un ojo al interior, es comprar un cómic por el dibujante sin molestarse en echarle un ojo al interior y que resulte que en realidad no es el dibujante. Es el portadista.
Yo, el mayor experto mundial en cómic de mi escalera, he picado en el truco más vil, rastrero, capcioso y sucio que una editorial puede esgrimir para vender un tebeo: acreditar a la misma altura y tamaño de letra al famoso portadista junto a los nombres de los no-tan-famosos guionista y dibujante.
Comprar un cómic por su portadista, a sabiendas, debe de ser como casarse con una señora por sus tetas. Pero es que yo, encima, ni sabía que eran operadas.
(Ah, se me ha olvidado decir que el cómic es un horror, es una tortura y una tontuna llena de tópicos y lugares comunes, mal escrito y mediocremente dibujado. ¿Las portadas? Bien, gracias).
Ahora, por una parte, estoy tranquilo: mi ying ya ha encontrado a su yang.
Por otra parte, me intranquiliza comprobar que la experiencia no hace más difícil el equivocarse. De hecho, sólo hace que las equivocaciones sean más dolorosas.
P.D.: aunque nunca me deshago de un cómic (mientras en casa de mis padres quepa una caja más), con este he decidido hacer una excepción. En el colegio de la Profesora Espantajera han hecho un mercadillo para recaudar dinero para Haití y lo he donado. Si alguien se gasta un eurillo en él daré la experiencia por positiva. Aunque me da un poco de miedo introducir esta pequeña cuña de mal karma en una acción tan loable. ¿Me acabará pasando factura?
P.D.2: titulo este post como una canción de Tom Petty, y les dejo con otra, que no tiene nada que ver con todo esto, pero me apetecía escucharla.
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lunes, 22 de marzo de 2010

:marsella, que hermosa eres

Ayer llegamos a casa, la Profesora Espantajera y un servidor, de un maravilloso viaje a Marsella.

Allí nos acogieron en su cabañita de pescadores Irma y Miguel, que nos trataron a cuerpo de rey y reina.

(Un beso para ellos)

Aquí les dejo una foto de las vistas de el puerto de Les Goudes, el pueblecito marinero a las afueras de Marsella donde viven este par de superhéroes. Entre el mar mediterráneo y las montañas horadadas por los bunkers nazis de la Segunda Guerra Mundial, con la brisa casi perpetua del mistral y una pizzería a tres casas de distancia cuyo dueño parece el doble de Jean Renoir.

Una maravillosa vida la que se han montado Irma y Miguel, y que tuvieron la amabilidad de compartir con nosotros unos días.

Gracias.

domingo, 21 de marzo de 2010

:little star

Me entero con unos días de retraso del fallecimiento de Alex Chilton. Un par de minutos para volver a escuchar uno de sus emocionantes clásicos junto a los enormes Big Star.

sábado, 20 de marzo de 2010

jueves, 18 de marzo de 2010

:spam

En este fragmento de Postpoesía, de Agustín Fernández Mallo, el autor habla del concepto de spam llegando a, según nuestra opinión, acertadas conclusiones.
El concepto de postpoesía (estructura fractal/antilineal, naturaleza bastarda y fronteras difusas, en esa tierra de nadie entre la ciencia, la tecnología, la publicidad y la poesía ortodoxa), bien podría aplicarse a muchos works in progress que proliferan por la red; también conocidos como blogs.
“Entiendo por spam, o basura informativa, no algo que es basura en sí misma, sino aquella información que puntualmente, en un momento determinado, no nos vale de nada, no nos aporta nada. Un trozo de conversación que oigo por la calle al pasar, cinco segundos de teleserie que veo mientras hago zapping, o todas las marcas de alimentos en conserva, coloridas, en diferentes tipografías y con sus correspondientes eslóganes, que veo al vuelo cuando tengo que atravesar la sección conservas en el supermercado si lo único que quiero es comprar yogures. La postpoesía utiliza esas zonas de la realidad, esas informaciones, que habitualmente estaban al margen; ese trozo de conversación, esos cinco segundos de zapping, ese mosaico de latas de conserva que es un cosmos en sí mismo. Es algo similar a lo que ocurrió con la irrupción en el mercado de las cámaras de fotografía digitales. Hasta entonces, con las cámaras de película, fotografiábamos cosas y momentos muy determinados, no nos permitíamos el lujo de gastar carretes en objetivos que no estuvieran muy pensados de antemano o que correspondieran a estereotipos. Con la cámara digital, fotografiamos cualquier rincón, cualquier objeto, cualquier situación por absurda que parezca a priori; experimentamos. Hemos conocido así toda una zona de la realidad que antes teníamos negada, una zona que era basura informativa visual, era spam. Toda esa zona spam de la realidad ha emergido ante el objetivo redefinida en material de trabajo tan noble como el clásico.”