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lunes, 15 de diciembre de 2008

:stars [13]

Los días pasan así, entre toma y toma a las que uno roba momentos perdidos para comer algo o dormir un rato. No se pierde el tiempo: me graban durmiendo, un plano secuencia sin la menor relación con el cinéma vérité o con Warhol: sólo es para matar dos pájaros de un tiro. Se positiva todo lo que se rueda, y nunca se desecha ni un solo fotograma positivado: todo encuentra su lugar y su razón de ser, aunque sea a posteriori. Estamos inmersos en una explotation absoluta y continua que lo abarca todo, tiempo y espacio: el propio nombre de la productora nació a rebufo de la película de Terrence Malick, ya que la primera película de la productora (Poets and Soldiers) estaba ambientada en la guerra de Vietnam. Una jungla del sudeste asiático recreada en las colinas de Hollywood y en el desierto de Joshua Tree (?). Como Capra Jr. me explica, si Kubrick pudo hacerlo en las afueras de Londres, por qué ellos no podrían hacerlo en las afueras de Los Ángeles. No percibí ironía en sus palabras. La película es un continuum de referencias cruzadas, plasmadas con una desvergüenza que acaba por hacer cómplice al espectador. Se siente de una forma tan palpable el placer de rodar que uno no puede más que rendirse a la alocada trama. De hecho, la historia de los soldados que parecen licenciados en filología sólo cubre los 20 primeros minutos, tras los que la película se despeña por un flashback que acaba por conformar casi la totalidad del metraje, y que incluye exorcismos, viajes temporales, dos escenas lésbicas, un juicio (que se ve claramente que está rodado en un garaje), una persecución cabalgando olas sobre tablas de windsurf (con tomas generales desde la playa durante un campeonato de windsurf y primeros planos con croma y un cubo de agua), y cuatro amputaciones, una de ellas genital.
El propio Capra Jr. es una explotation de su padre: su mayor éxito como director, y el mayor éxito de la productora, es It’s a Wonderfull Death [Acertadamente titulada en nuestro país como “¡Qué bello es morir!” (N. del T.)], una película de zombies con tintes antihomofóbicos y, en el fondo, un alegato de la madurez: todos los muertos cerebrales son adolescentes; tan real que da miedo.
La productora funciona como un maelstrom, como un Big-Bang pseudo clandestino de actividad febril: en el comedor nunca coincides con más de cinco personas, pues todos los demás forman pequeños equipos repartidos por los platós y en exteriores, rodando sin parar. De hecho, si no se rueda más es porque no hay más cámaras. En las escenas de exteriores no se piden permisos de rodaje: elevaría el coste y retrasaría el ritmo de producción. Se sigue el principio de Rohmer (para qué pedir permisos de rodaje si nadie se entera de que estás rodando), pero con una planificación más propia del atraco a un banco.
Capra se acerca al rodaje de una escena en la que mi partenaire Gladis Pipe (una morenita explosiva mezcla de sangre australiana y colombiana con la que, todos coinciden, desprendo una sensualidad especial) y un servidor estamos improvisando sobre un tema conocido. Como en una sesión jazzística, el guionista nos proporciona una frase, un estribillo que nos sirve de base sobre la que realizar variaciones que, en la mayoría de los casos, nos lleva a lugares inesperados, a cadáveres exquisitos que es necesario reconstruir en las salas de montaje (a los montadores les llaman “Los Boris”, en alusión al más conocido intérprete del monstruo de Frankenstein).
Hoy interpretamos una escena postcoital en la que departimos sobre el futuro del hermano del personaje que interpreta Gladis: intuimos que está inmerso en un turbio asunto de tráfico de estupefacientes, pero no sé si soy yo el que ignora el verdadero meollo del tejemaneje, o sólo lo ignora mi personaje, o ambos. No logramos trascender la generalidad hasta que Gladis alude a un problema de tiroides de su hermano, que le proporciona una fuerza desmedida, pero también un hambre descontrolada. Veo de reojo como Keith, el guionista que nos acompaña esta tarde, sonríe satisfecho: toma nota mental para el desarrollo del argumento de la película. Quizás dé para una trilogía.
Capra Jr. me aborda en un descanso y me lleva a un aparte. Me felicita por la escena y me dice que están muy satisfechos con mi trabajo. Bloody Bar Mitzvah, con mi primer papel protagonista, se está vendiendo muy bien. Están preparando la primera superproducción (con guión terminado, con decorados construidos ex profeso, con ensayos, con catering...), y quieren contar conmigo para uno de los papeles protagonistas. Casi tengo un orgasmo (lo más parecido a una relación homosexual que he tenido en mi vida) cuando me pregunta si estoy interesado. Sí, grito, por supuesto que sí, y le abrazo y lloro de alegría y él se ríe contagiado de mi entusiasmo. La preproducción empieza la semana que viene. [Continuará]

viernes, 17 de octubre de 2008

:stars [12]

Mi compañero de proyección, Winston Cho, me acompaña al comedor, vacío, dónde nos servimos de un buffet frío. Es un hombre de pocas palabras, quizás porque vive de ellas. Es guionista del estudio, el cargo más importante de todos. No lo dice ni con ironía ni con orgullo, sino con la neutralidad con que uno diría “aparcamiento reservado para minusválidos”. No me explica en qué consiste la grandeza de su cargo y yo, con la laringe todavía resentida, tampoco acierto a preguntarle. Supongo que todo se explicará a su debido tiempo. Y así es.
Paso la noche en una habitación privada. Tiene dos camas pero una está vacía y puedo tirarme pedos toda la noche, algo que echaba terriblemente de menos. Me recreo en mi olor corporal, en mi intimidad recién recuperada.
Por la mañana me despierta una hiperactiva ayudante de producción que me trae mi vestuario para esa mañana: una toalla. Me dice que me presente en el plató 2 antes de desayunar y desaparece de nuevo.
Salgo al pasillo, que hierve de actividad controlada, y pregunto a la primera mujer atractiva con la que me cruzo dónde está el plató 2. Me dice que la siga: vamos en la misma dirección.
El plató dos simula una vivienda suburbana de una nebulosa clase media: podría ser de un trapero, de un profesor de secundaria o de un ortodoncista. La lucha contra la generalidad, como pronto comprendo, es uno de nuestros principales frentes abiertos.
La ayudante de producción que me despertó me presenta al director (Des Truman), un tipo distante (más tímido que altivo, sin embargo) y de escrutadora mirada profesional. Me pide que me desnude de cintura para arriba, lo que hago sin protestar. Me observa los brazos y se detiene en la equimosis verdosa que me adorna la sangría del brazo.
-No tapéis esto- le indica a la ayudante de producción. Ésta me acompaña a un dormitorio infantil de la falsa vivienda habilitado como vestuario. Allí se presenta (Brenda) y, mientras me ayuda a desvestirme y a ponerme un albornoz, me hace una rápida y completa composición de lugar: escena de ducha; rutinaria; oigo un ruido y escucho con atención; me cubro con una toalla y salgo. No debería costarnos más tiempo rodarla de lo que le ha llevado explicármela; y podré desayunar.
Cubierto sólo con el albornoz, me acompaña hasta el cuarto de baño, donde un reducido equipo me espera para rodar la escena. Des me lleva a un aparte y me explica que lo único que quiere de mí es naturalidad, que me duche como si no hubiese nadie mirando. También me dice que sólo queda la cola de la bobina, no más de dos minutos, así que tendrá que salir bien a la primera. Noto como mi miembro, todavía dolorido por la sonda, mengua hasta ocultarse como un pajarillo entre el vello púbico.
Ya en la ducha, desnudo, esperando a que el agua se temple, Des me dice, para redondear la situación, que me cogerán en desnudo frontal un segundo, justo cuando abra la mampara para escuchar. Un segundo en pantalla pero toda la eternidad en Internet convertido en fotografía. Eso me da que pensar: cada segundo de lo que hacemos puede ser eterno.
Sea como fuere, mientras me giro para comprobar la temperatura del agua con la mano derecha, me masajeo la polla con la izquierda para alcanzar un volumen menos vergonzante. Y rodamos.
La verdad es que necesito una ducha, así que me limito a ducharme, pensando, eso sí, en actuar con naturalidad: un pensamiento oculto como una corriente de agua subterránea. Cuando me sueno con fuerza los mocos reblandecidos por el agua, oigo un histérico “corten”. Des abre la mampara y, controlando ostensiblemente los nervios, me corrige:
-No tan natural.
Tenemos que eliminar, me explica, todo fluido corporal que no sea narrativo; y mis mocos no aportan nada al devenir de la historia. O al menos eso cree. Respiramos hondo, me recuerda que tiene que salir bien a la primera (aclaración que no entiendo, pues NO ha salido bien a la primera) y volvemos a rodar.
Me enjabono imprecisamente, pendiente del ángulo que muestro a cámara: un tres cuartos que resalta mis tríceps y me disimula la tripita incipiente. De pronto, creo oír algo; sí: dirijo mi oído derecho, el bueno, hacia la fuente del sonido. Abro la mampara para asegurarme: o sí, esto marcha: mi cuerpo húmedo, brillante, sexy. Me excito a mí mismo, me pongo cachondo: mi pene se llena de venas infladas, marcadas; cuelga orgulloso y pesado como una bolsa llena a rebosar de fruta fresca. Una gota de almíbar pende de su extremo, ingrávida, eterna, gloriosa. No sé que pensarán ustedes, pero esto es lo que yo llamo una escena perfecta.

martes, 19 de agosto de 2008

:stars [11]

[Continuación] Paso una serie imprecisa de días en un plácido duermevela, un parpadeo de luces y sombras como si me hubiese quedado adormilado contra la ventanilla de un tren. Me despierto sentado en la penumbra de una sala de proyección, el cuerpo ingrávido y la mente a la altura del esternón, reptando poco a poco hasta su posición habitual detrás de las cejas. Sustituyo el parpadeo neuronal por el del celuloide pasando a veinticuatro fotogramas por segundo en la pequeña pantalla que se recorta con precisión frente a mí. Rótulos numerados separan cada secuencia, que parecen comenzar in medias res. Alguien chasquea la lengua como signo de desaprobación a mi lado. Giro lentamente la cabeza y veo que en la butaca contigua está sentado un tipo con un pequeño ordenador portátil en las rodillas. Toma notas mirando alternativamente la pantalla del ordenador y la de cine con unas manos largas y nudosas como dos viudas negras. De reojo ve que lo estoy mirando y me dice que le parece increíble que el programa subraye en rojo la palabra “pene”. “¿Qué diferencia hay entre un pene y un riñón?”
Pene. En ese momento recuerdo el catéter y tanteo con cuidado mi entrepierna. Con gran alivio compruebo que ya me han extraído la sonda. De pronto noto un picor y una desazón que no puede ser sólo física. El tipo a mi lado bosteza y pide que vuelvan a proyectar desde el principio. Mientras acaban la operación me guiña un ojo y me dice que voy a ser una estrella. Intento preguntarle qué quiere decir pero las cuerdas vocales no me responden y sólo puedo emitir un grave estertor que suena como el pedo de un muerto. Como si el tipo me leyese la mente, me pregunta: “¿Y qué diferencia hay entre un pedo y un eructo?” Tomando mi rostro de incredulidad como interlocución, concluye: “Pues adivina cuál subraya en rojo el puto programa”. Al parecer, me explica, una línea roja rodea todos los órganos comprendidos entre el ombligo y la arruga inguinal, con sus funciones fisiológicas correspondientes, marcándolos como tabú. Uno puede comer pero no cagar, beber pero no mear, correr pero no correrse, etc. Y esta zona, sin embargo, no sólo es la protagonista, sino también la principal destinataria de la totalidad de sus producciones. Por eso decidieron llamar al estudio Red Line.
Y Red Line Productions es lo que puede leerse al principio de la bobina. Con un sonido deficiente Samantha llora en brazos de un tipo que le acaricia el cabello; en primer plano su expresión demuda de paternalismo a pura lascivia. Muy de cine mudo. Tras un corte cuatro tipos viajan en coche. Hablan de una invasión inminente de naturaleza desconocida cuando la cámara se centra en tres chicas sentadas en la cuneta junto a su coche, con la capota abierta y el motor humeante. Un primerísimo plano de una de ellas muestra que tiene los ojos de distinto color; más aún: uno de ellos tiene la pupila felina. Tras otro corte un tipo está pintando un retrato de una chica desnuda que posa frente a él, con un libro en el regazo. Él le pide que lea mientras la pinta. El libro que lee se titula “El desprecio de Katharine”, aunque en el retrato lo sustituye por “Madame Bovary”. Lee un párrafo donde el marido de Katharine se acuesta con una compañera de trabajo, a la sazón mujer del jefe de Katharine. A estas alturas ya sólo echo de menos a un tipo con parche para redondear mi desconcierto. Como si un semidiós del recochineo rigiese mi destino, de pronto aparezco yo en pantalla: inconsciente en una habitación de hospital; Samantha me clava una vía en el brazo y un chorro de sangre le mancha el uniforme. Parece conocerme: es decir, su personaje parece conocer al mío. Me habla con cariño a pesar de estar en coma (dice), y me coloca el flequillo con los ojos empañados.
Una puerta se abre a nuestras espaldas, distrayéndome de la proyección. Una voz conocida saluda a mi compañero de visionado. Me giro y veo que es Frank Capra Jr.
“¿Podrás hacer algo con todo esto?”, le pregunta.
“Algo saldrá”, le contesta. [Continuará]

viernes, 25 de julio de 2008

:stars [10]


[Continuación] O parte de la verdad. Cuando recupero la consciencia estoy amarrado a una camilla, en un plató que simula una habitación de hospital, con un par de cámaras ancladas en sus trípodes como única compañía. Trato de soltarme las correas, pero son condenadamente resistentes y están tan apretadas que me cortan el riego de las extremidades. Trato de relajarme, de que mis poderosos músculos pierdan volumen, pero no hay manera y pierdo los nervios y me pongo a chillar. Tengo la garganta tan seca que el grito comienza como el estertor final de una gallina y termina como el lamento de una niña, quizás debido a mi posición de decúbito supino. Para mi sorpresa, la puerta falsa que simula la salida del falso cuarto de hospital se abre y en el umbral aparece Samantha ataviada de enfermera y se lleva el índice a los labios. Mi llanto se ahoga al cerrarse la puerta, y al segundo siguiente ya no puedo precisar si lo que acabo de ver era real o lo he soñado, tan atontado estoy. Pero recuerdo una mancha marrón en la pechera de Samantha, como de chocolate, y eso me parece más real que todo lo que he vivido en las últimas semanas, así que dictamino que no estoy soñando. Como base ontológica se queda escasa, pero por ahora me tendrá que valer.
Miro a mi alrededor de nuevo, tratando ahora de analizar la situación fríamente: voy vestido con un camisón de paciente, y tengo un esparadrapo con una mancha rojiza en el brazo derecho. Intento percibir algún dolor en esa zona, pero sólo siento el ligero hormigueo de la vida recorriéndolo: es decir, nada anómalo. No puedo concluir si es parte del atrezzo o si me han inyectado algo.
Unas voces se mueven por alguna parte imprecisa, a mis espaldas. El eco me llega apagado y distorsionado; no logro reconocer ninguna de las voces así que no me arriesgo a pedir ayuda. Al rato se cierra una pesada puerta de metal, a cuyo eco le sigue un buen rato de silencio. Me quedo traspuesto.
No sé cuánto tiempo he estado durmiendo. Me despierto con unas terribles ganas de orinar. Por alguna extraña razón, el decorado y el vestuario y el atrezzo me hacen ponerme en situación: me siento desamparado e inútil, con la necesidad imperiosa de que alguien regule mis funciones vitales primarias, como en una regresión a la etapa de niñez (o un flashforward a la de vejez); en cualquier caso, no me parece descabellado dejar salir la orina sin más, suponiendo que alguien arreglará el desaguisado. Y eso hago. Espero sentir el chorro tibio entre mis piernas, pero me encuentro con otra sorpresa: noto una tensión en la punta del pene y el ruido inequívoco de un líquido canalizado. Me estiro hacia la derecha, de donde parece proceder el siseo, y veo que un tubo transparente y flexible sale de debajo de mi camisón y termina en un bolsa de drenaje mediada de orina. En una palabra: catéter.
[Continuará]

viernes, 18 de julio de 2008

:stars [9]


[Continuación] En este circo de los horrores, el ser más excéntrico es Orson DeFault, presidente honorífico de los preparadores físicos. Ninguna descripción puede hacerle justicia, pero vamos allá: cubre las consecuencias de una laringectomía con un pañuelo de seda, que combina con un chándal personalizado con su nombre en pedrería. Tiene los párpados con un perfil natural oscuro, lo que hace que parezca que se pinta la raya; en realidad es el resultado de un 25% de sangre tanzana (signifique lo que signifique eso). Se pasea por los barracones y las duchas esgrimiendo la boquilla de un cigarrillo en posición erecta, observando los ángulos menos favorecedores de nuestra anatomía. Me recuerda a un Eric von Stroheim gay. Me dice, con su voz mecanizada y ronca de laringectomizado, que debo de trabajar mis pectorales, que parecen tetillas y ninguna estrella tiene tetillas. Por un momento juraría que Michael Douglas ha tenido tetillas durante la mayor parte de su carrera, pero no contesto nada. Le dice a todo el mundo, siempre que encuentra la ocasión (y la encuentra más de lo que uno podría imaginar), que fue entrenador personal de Dolph Lundgren. Lo dice con los ojos húmedos de emoción, y ante mi escepticismo dice que Dolph pudo ser la mayor estrella de Hollywood, que tenía el potencial artístico y físico, pero que su carrera se resintió por pésimas elecciones. Eligio los Masters del Universo y The Punisher cuando le llegaron a ofrecer La Jungla de Cristal y Desafío Total. Es un actor prodigioso (me recomienda Viviendo del aire, una película independiente danesa donde desplega toda su sabiduría interpretativa) con un físico de atleta olímpico. Una de las mentes más dotadas del mundillo, se lamenta.
Después de ducharme me meto en cama y me tapo hasta los ojos. Me pongo la mascarilla de pintor y espero a ver qué ocurre. A los quince minutos todo el mundo se ha dormido y entran los tres tipos con los monos blancos y las máscaras de gas. Uno de ellos empuja la camilla mientras otro consulta una carpeta. Señala con la porra una de las literas y se detienen a su lado. Los otros dos tipos destapan al que duerme en la litera de abajo y lo cogen y lo tumban en la camilla, sin miramientos ni un especial cuidado. El pobre no deja de dormir mientras le ciñen con fuerza las correas. Después se van por donde han venido.
No puedo creer lo que estoy viendo. Me pellizco un testículo para comprobar que no estoy soñando, y aunque siento un latigazo en el vientre, no tengo claro que eso sea un indicativo claro de nada, salvo de que estoy muy asustado. Trato de pensar con claridad: están drogándonos de alguna forma para dormirnos. Supongo, por las máscaras de gas, que la droga está mezclada con lo que respiramos; probablemente la suelten a través del aire acondicionado. Eso explica que sólo funcione por la noche, cuando en el desierto hace más frío. También explica mi falta de insomnio: yo lo había achacado a un cansancio físico combinado con una realización personal; qué lástima. Es lo último que puedo pensar. Los párpados se me cierran y siento que me voy a quedar dormido. La máscara ha retrasado el efecto narcotizante lo justo para que conozca la verdad. [Continuará]

miércoles, 9 de julio de 2008

:stars [8]


[Continuación] Paso la última sesión de “Ambigüedad Sexual” pensativo, tratando de analizar los datos de que dispongo, tratando de hilvanarlos en una explicación coherente. Pero no soy capaz con la locaza del monitor (Gene) hablando sin parar por el micrófono con una voz que parece un torno de dentista amplificado. Como ejercicio final de este despropósito hemos de autoevaluarnos: imaginarnos que somos homosexuales y describir, lo más gráfica y explícitamente posible, nuestro estilo de vida. La idea es que comprendamos que la única diferencia entre un hetero y un homo es de logística, y nos escurramos literalmente fuera del armario.
El micrófono va pasando de mano en mano, de tópico en tópico, hasta llegar a mí. Me dan ganas de gritar que me gustan las mujeres, pero sin embargo digo que, si fuese gay, probablemente serie activo, porque tengo hemorroides crónicas y soy de nausea refleja fácil (tengo problemas con los abatelenguas, asique no quiero ni imaginar que haría con una polla en la boca). Soltar todo esto sin pensar me da que pensar, pero Gene comienza a aplaudir emocionado y el resto lo secundan. Se producen unas cuantas conversiones entre llantos; más aplausos y felicitaciones y fin del seminario. Cuando salimos, Gene se me acerca y me dice que el truco para evitar las arcadas está en relajar la garganta y en untar el pene en alguna sustancia de sabor agradable pero que no suela comer a menudo; por ejemplo en menta o en hierbabuena. Le digo que lo tendré en cuenta.
Mientras comemos me fijo en cada uno de mis compañeros. Pienso en quién puedo confiar, a quién puedo confesar lo que sé, y no encuentro a nadie. Nadie parece darse cuenta de que comienza a faltar gente, o al menos nadie parece darle importancia. No debería de extrañarme: hasta ayer mismo yo era igual.
Tras la cena entro en internet en busca de información sobre Samantha. Tiene un perfil en Starscity. Verla otra vez me da un vuelco al corazón. En su currículum pone que interpretó La gata sobre el tejado de zinc (en letra pequeña informa que hace de “party guest”, no de Maggie), y un par de papeles secundarios (extra, entiéndase) en E.R. y en Jericho. Encuentro más información en la página de su club de fans (!): un par de enlaces a youporn (lo de películas eróticas era un eufemismo) y un book de fotos muy interesante: fotos en bikini y en ropa interior y en traje de noche a la salida de eventos, acompañada de (supongo) celebridades; sólo reconozco a uno de los hermanos Baldwin, el gordo que siempre hace de psicópata. En la última entrada informan del ingreso de Samantha en este campamento. Les dice que está muy emocionada y que sabe que éste es el paso definitivo hacia la fama. Casi me dan ganas de llorar.
Afuera me encuentro con Frank Jr. Quizás el pueda aportarme algún dato de interés, pero parece nervioso y se cierra en banda desde el principio y me dice que tiene prisa. Mientras se aleja veo como deja caer al suelo una mascarilla de pintor que usa para limpiar la fosa séptica. Me acerco y la recojo con disimulo. Un plan comienza a dibujarse en mi mente. [Continuará]

lunes, 7 de julio de 2008

:stars [7]

[Continuación] Oímos a un par de personas, como mínimo, con calzados chirriantes abriendo uno a uno los retretes. Nos miramos y veo que ella se ha quedado paralizada, bloqueada. Afortunadamente, gracias a mi experiencia como profesor sustituto en institutos públicos de guetos multiétnicos, es preciso algo más para que entre en estado de shock. Me tomo esto como un ejercicio de improvisación y le digo, casi sólo moviendo los labios, que se quede quieta y callada y que no salga del retrete por nada del mundo. Si nos pillan en flagrante coito probablemente nos echen a los dos de la academia, y no creo que yo lo pudiese soportar. Tiro de la cisterna y salgo del retrete como si tal cosa, colocándome los calzoncillos. Lo que me encuentro afuera me deja boquiabierto, a pesar de ir preparado para cualquier cosa: tres tipos de mono blanco, con mascaras antigás; uno de ellos empuja una camilla con correas mientras los otros dos van abriendo las puertas de los retretes ayudándose de unas largas y flexibles porras. Creo que mi salida también los ha desconcertado, pero como no les veo la cara sólo lo puedo suponer por sus expresiones corporales (de algo han servido las clases de mímica con Marcel Delerm). El más adelantado me pregunta que cojones hago despierto tras el toque de queda. Le contesto que me he despertado con unos dolorosos retortijones y que he tenido que venir corriendo hasta el baño. Me doy cuenta de que en ese caso no tendría sentido usar el retrete más alejado de la entrada, pero por lo demás estoy muy satisfecho con mi improvisación. Tras unos segundos de silencio que están a punto de producirme una descomposición real, el que parece llevar la voz cantante me dice, secamente, que me vuelva para la cama. Suspirando con alivio por dentro paso a su lado y vuelvo al dormitorio. Me acuesto y me tapo hasta la barbilla. Hago pantalla con la mano detrás de la oreja, tratando de aumentar mi pabellón auditivo, pero lo único que oigo son unos susurros ininteligibles entre los ronquidos y las respiraciones pesadas de mis compañeros. Después me quedo dormido y me despierto, en la misma postura, con la alarma de las seis.

Mientras nos vestimos con la ropa de deportes echo un vistazo de refilón a la litera de encima: Samantha no está, como todos los días, remoloneando en su cama hasta el último segundo. Noto como se me sube un rebufo de bilis hasta la garganta, que vuelvo a tragar dejándome un regusto agrio en la boca. Hago los ejercicios de forma mecánica, sin mi gracia habitual. Nadie parece darse cuenta. Tras la ducha nos vamos al comedor a desayunar. Aprovecho para hacer recuento: tengo una intuición. Tras dos recuentos compruebo que no me equivocaba en mi intuición: somos 39. Once candidatos han desaparecido sin dejar rastro. [Continuará]



viernes, 4 de julio de 2008

:stars [6]

[Continuación] Hamid ni siquiera habla inglés. Supongo que podría hacer de esbirro de terrorista islámico si la moda de películas sobre terrorismo islámico durase un par de años más. Se pasa media hora en los baños limpiándose meticulosamente mientras susurra algo en su lengua. Yo le hago una señal a Samantha para que se quede, aunque sé que Hamid no nos entiende. Esperamos a que se vaya y a que apaguen las luces a las 22:00 y a que nuestros ojos se acostumbren a la penumbra del baño. Le digo que estoy cansado de follar en la litera, que Vincent, el tipo dos camas a la izquierda, se pajea todas las noches a nuestra costa. A ella no le importa, de hecho tiene un marcada vertiente exhibicionista (me confiesa que hizo un par de pelis eróticas, no porno, y que le encantaba ver a su novio masturbarse viéndola a ella simulando un coito), pero a mi me desconcentra saber que hay un tipo meneándosela mientras estamos follando. Parece una absurda competición en la que siempre quedo de segundo. Además, mis sábanas ya están tan rígidas que podría cortar queso con ellas. Le sugiero que follemos allí, en los baños. La conduzco al retrete del fondo, donde he escondido un cubo de agua para asearnos después. Le parece una idea genial y cierra la puerta y se monta encima de mí, introduciéndose la polla con un hábil gesto de la entrepierna, sin usar las manos. Mientras comienza a cabalgarme trato de que mantengamos una conversación, aunque sea por variar. Le susurro al oído que afuera soy profesor de instituto. Profesor de literatura. Me pregunta cuál es mi libro favorito y le digo que Rojo y Negro de Stendhal. No le suena. En realidad soy profesor sustituto, y la mayor parte del año trabajo como dependiente en una tienda de ropa. Eso no se lo digo, ni que mi libro favorito es El cementerio de animales de Stephen King. Me mete la cabeza entre sus dos enormes tetas, separadas por un esternón brillante, como de bronce bruñido, donde mi cara encaja como en un molde.
Después de correrme se desacopla con un sonido de ventosa y me da un besito en la punta de la nariz. Es el primer beso que me da. Mete la camiseta en el cubo de agua y se frota el cuerpo sudado. Es la primera vez que me resulta atractiva, y mi polla se niega a encogerse y se mueve arriba y abajo marcando el compás de mi ritmo cardíaco. De pronto oímos unos pasos afuera y toda la sangre se me bascula a la cara. Guardamos silencio, conteniendo la respiración. [Continuará]

sábado, 28 de junio de 2008

:stars [5]

[Continuación] Le echo un vistazo al book digital de mis primeras sesiones de fotos. A parte de disimularme los moratones con photoshop, me han reducido las patas de gallo y limado el hueso nasal. Puedo considerarlo un anticipo de lo que llegaré a ser en el futuro. La conexión a internet está capada; no se nos permite acceder a nuestro correo electrónico, ni a ningún portal de noticias, ni a ningún foro. En realidad sólo podemos acceder a páginas de porno gratuito. A mi lado un tipo se frota la polla metiéndose la mano en el bolsillo. Apago mi ordenador y le dejo un poco de intimidad. Voy a probar algo: lleno un cubo de agua y lo escondo en el último retrete.
Hay gente que comienza a agobiarse por el aislamiento; yo no: no tengo una vida ahí afuera, así que non tengo nada que echar de menos.
Lo comentan cabizbajos, cuchicheando durante la cena. Yo les digo que hemos firmado un contrato, y que el aislamiento aparecía bien claro en el punto 16. Ni siquiera han recurrido al subterfugio de la letra pequeña. Otros me dicen que las comidas son cada vez más escasas, lo que no puedo negar que sea cierto. Tampoco me parece un inconveniente, más bien lo contrario: considero la frugalidad una virtud, pero por desgracia choca frontalmente con mi gula desmedida. Desde que estoy aquí dentro me siento más sano y mis deposiciones tienen un color más hermoso y una mayor consistencia. Además, empiezan a marcárseme un par de abdominales (no, esta vez no son pliegues).
Me parece reconocer a un tipo que rebaña su plato en un extremo de la mesa. Cuando todos se van al cuarto de juegos o a echar unos cigarros al patio me acerco a él. Es un tipo bien entrado en la cincuentena, con la melena canosa recogida en una coleta floja, barba de una semana, mirada perdida y esclerótica amarilla. Le digo que su cara me suena, que si ha salido en algo que yo haya podido ver. Me dice que no cree, que es nuevo en este sector. Viene de la música, y quizás me resulte familiar porque es de la época en que los cantantes salían en las portadas de los discos. Yo no compro discos ni voy a conciertos, le digo. Él tampoco, me dice. Se pone nostálgico y dejo que rememore en voz alta (me gusta conocer al enemigo): ahora ya sólo hay festivales y macro conciertos, se lamenta. Antes tocaba de noche, como colofón, como fin de fiesta, con los juegos de luces resaltando los matices de cada canción y el resto de los músicos sentados reverencialmente entre bambalinas, disfrutando como el resto del público. Ahora le obligan a tocar a primera hora de la tarde, con el sol en lo alto, el sonido defectuoso y un público escaso que salpica la planicie frente al escenario, mientras la mayoría aún se desperezan en sus tiendas de campaña. Han llegado sus años de decadencia comercial, y se ha dado cuenta de que es la única decadencia que existe. Se ha inscrito en este curso para ampliar su campo de posibilidades laborales. En los setenta salió de juerga con Jack Nicholson y le dijo que interpretar era más fácil que mear con cistitis. Todavía conserva algunos contactos de aquella época y cree que no le faltarán ofertas. Estoy seguro de que sí, le digo; si hay algo que se demanda en el mundo audiovisual actual son hippies cincuentones trasnochados con alopecia incipiente, cerebro medio fundido y barriga cervecera. Le lloverán las ofertas. Pobre desgraciado. Salgo afuera a ver como los demás se envenenan mientras el sol se pone al otro lado de las vayas, sobre las colinas del mojave. [Continuará]


viernes, 27 de junio de 2008

:stars [4]

[Continuación] La chica de la litera de arriba (en estos momentos se hace llamar Samantha Killye, pero durante un tiempo se hizo llamar Kyrsten Bunnie, aunque está pensando en cambiárselo por Norah Walton… le digo que tiene un serio problema con los nombres artísticos, que los dos primeros parecen de personaje de película porno de los setenta, y el tercero de congresista republicana) y yo seguimos con nuestras sesiones de sexo nocturno. Cada vez son más salvajes y tengo el cuerpo lleno de moratones, por lo que los maquilladores tienen que esmerarse para las sesiones de fotos. Me quedo tan a gusto que se me ha curado el insomnio crónico y me duermo del tirón toda la noche, hasta que suena la alarma y encienden las luces a las seis. Hoy, justo en el instante antes de dormirme, con los párpados pesados como anclas, me he girado hacia la derecha para coger una postura cómoda y he visto la litera de mi vecino vacía. El pobre parecía Elliott Gould en albino, con lo que no pasaba precisamente desapercibido. Que Dios me perdone, pero no sé como cojones pudo superar la primera criba. Estoy tan exhausto que no le doy mayor importancia.
Un comité me llama por la mañana, tras la sesión de aqua aerobic, a su despacho. Me reciben tres ejecutivos sonrientes con fundas fosforescentes en los dientes, sentados tras una mesa del tamaño de un rinoceronte macho adulto. Sin molestarse en incorporarse me señalan una silla frete a la mesa y, en cuanto me siento, me dicen que me han estado observando de cerca desde hace un tiempo. Casi se me suben las pelotas de la emoción. Me dicen que en el star system actual hay una carencia casi absoluta de homosexuales judíos, y que yo puedo rellenar ese vacío. Ahora entiendo la sesión de fotos leyendo la Mishná en shorts. Les explico que sólo soy un 25% judío, y que además soy heterosexual, lo que los desconcierta. Se reagrupan para tomar unos apuntes y debatir en voz baja unos minutos, tras los que vuelven a recuperar la posición de superioridad que les confiere sus trajes de 8 mil dólares y el tener el único cubículo con aire acondicionado y moqueta en 300 millas a la redonda. Me van a hacer tres preguntas a las que tendré que responder con un lacónico sí o no. Las preguntas son: ¿guardo el pan de molde en la nevera?; ¿tengo más de tres tipos de té en casa?; ¿uso acondicionador? Cuando respondo a las tres preguntas de forma afirmativa, las sonrisas profesionales vuelven a sus rostros y me dicen que siga trabajando así, que están muy orgullosos de mí. Al día siguiente me toca la primera sesión de tres del seminario formativo “Ambigüedad sexual: Keanu Reeves”, cuyos detalles prefiero obviar. Después vendrá, “La excepción sionista: Paul Newman”. [Continuará]


jueves, 26 de junio de 2008

:stars [3]

[Continuación] El encargado de mantenimiento (básicamente desatasca los sumideros de las duchas de una masa compacta de vello y esperma) es Frank Capra Jr., hijo de mítico director. Es un septuagenario sacado de un concurso de parecidos con Hemingway que dedica su tiempo libre a pintar cuadros Pop Art. Me enseña alguno y resultan ser versiones torpes y coloristas de iconos Disney, sólo que no parece haber ninguna ironía ni segunda intención, además de que jura que son diseños propios. Está trabajando en un Pato Donald deslavazado al que ha bautizado como Pato Blanco. Duda de que color pintarle el gorrito de marinero y yo le sugiero que quizás de azul, lo que le parece una idea genial. Mientras sigue pintando me cuenta anécdotas de los viejos tiempos. Resulta que había una versión alternativa de Sucedió una noche en la que Clark Gable era viajante de comercio. Vendía sombreros e iba a todas partes cargado con un baúl lleno hasta los topes. Llegó a rodarse una espectacular escena final en la que un tornado abría el baúl y los sombreros volaban en espirales mientras un despeinado Clark Gable se desvivía por volver a meterlos en el baúl. Costó la friolera de 16 mil dólares (de 1934) pero finalmente se descartó y se reescribió todo el argumento porque Harry Cohn (uno de los dueños de la Columbia) no dio el visto bueno tras un pase previo. Aunque adujo que rompía el clímax romántico, las malas lenguas afirmaban que la verdadera razón era el hipnótico bamboleo de las orejas de Gable.
Sea como fuere, esto sucedió antes de la invención de la máquina del tiempo en 1979. Frank me explica que el gasto energético para ponerla en marcha es tan sumamente elevado que sólo grandes empresas multinacionales (además del gobierno) pueden asumir el gasto. Sólo se puede viajar siete días al futuro, y supone un coste de unos 300 mil dólares. El primer gran estudio cinematográfico que hizo uso de la máquina del tiempo fue la Universal, en 1985, con, irónicamente, Regreso al Futuro. Neil Canton, uno de los productores, no tenía nada clara la línea que el director Robert Zemeckis le estaba dando a la película en la mesa de montaje. Sin contar con la opinión de nadie, pretendía homenajear con su obra al Stalker de su admirado Andrei Tarkovski. Canton, en un último intento desesperado, llevó a Zemeckis al futuro, al día del estreno de la película. Peores que los resultados en taquilla del primer fin de semana fueron las críticas, que tildaban al film de pretencioso, aburrido, incomprensible y un plagio descarado de La hora del lobo de Bergman (?). Zemeckis, desconcertado y destrozado, comprendió en ese instante que su destino no era el ostracismo y las salas de arte y ensayo, sino el anfiteatro del Kodak Theater y los packs de lujo con escenas eliminadas y comentarios del director. En un gesto que le honra, Zemeckis se pasó la siguiente semana en la sala de montaje, reordenando y construyendo la película prácticamente desde cero. El resultado es bien sabido por todos: 210 millones en taquilla (el mayor éxito del año), y un nuevo astro en el firmamento: Michael J. Fox. Si un tipo enano, cabezón, tirando a repelente y justito de atractivo se pudo convertir en una megaestrella, ¿por qué yo no? Ah, los caminos del estrellato son inescrutables. [Continuará]

miércoles, 25 de junio de 2008

:stars [2]

[Continuación] Paso la primera criba con facilidad, junto con otros 49 aspirantes. Un monitor trajeado y amanerado nos dice que el haber pasado a la siguiente fase ya supone un triunfo, pero nadie le cree. Esto es el equivalente a extra sin frase en Friends. Nos instalan en un barracón prefabricado, mixto, austero, terriblemente caluroso. Sólo con apretar un poco para cagar ya estoy empapado de sudor. Recuerda al decorado de un campo de concentración de una película de los cincuenta: se impone el compañerismo, el optimismo y la esperanza. Ya llegará la cruda realidad. Por lo de ahora ya se intuyen los traidores y las primeras bajas. El horario es estricto: entrenamiento físico de 6:00 a 8:00; ducha, desayuno y descanso hasta las 9:00; de 9:00 a 13:00 seminarios formativos; almuerzo hasta las 13:30; clases de interpretación corporal hasta las 15:00; de 15:00 a 18:30 interpretación vocal; de 18:30 a 20:00 pruebas de cámara o sesiones fotográficas; cena ligera hasta las 21:00, y una hora libre hasta que apagan las luces y cierran el agua a las 22:00.
En la litera de encima se acuesta una rubia menuda de pechos desproporcionados que, antes de que apaguen las luces, asoma la cabeza y me mira detenidamente con sus ojos azules, sin pestañear, en silencio, durante unos segundos eternos. Después desaparece y al rato la oigo roncar como un pequeño felino.
A la mañana siguiente, después del desayuno nos dividen por seminarios, según nuestras necesidades más perentorias. Existen seminarios como “Contrabando de marfil: Julia Roberts”, “Decadencia rentable: Robert de Niro” o “Ambigüedad sexual: Keanu Reeves. A mi me mandan a (la primera en la frente): “Depilación selectiva: Chuck Norris”. Nuestro tutor, un profesional capilar de contrastada maestría (logra que Nicolas Cage parezca casi humano) llamado Ren García, nos hace partícipes de los diez principios capitales del universo capilar, una especie de diez mandamientos de la depilación. Cuando nombra el cuarto me mira directamente: “No ha existido, ni probablemente existirá en toda la historia del cine, ninguna estrella con la espalda peluda”. Efectivamente, como desarrolla más tarde, con pelo en la espalda sólo se puede ser un villano carismático o el contrapunto cómico/tierno. Pone como ejemplos a la mona Cheeta (creo que es un chiste pero nadie se atreve a reírse), y a Chuck Norris. ¿Cuál es la diferencia entre el Chuck de Operación Dragón y el Chuck de Desaparecido en combate? Simplemente, la espalda depilada. Nos ha dejado sin argumentos. Al final aplaudimos y salimos comentando la jugada con admiración. En un aparte me recomienda una cera depilatoria y se ofrece voluntario para dejarme la espalda suave como el culito de un filipino (sic). Me dice que puede ser muy doloroso si no se sabe hacer, y que Ren es el diminutivo de Renato, aunque no logro establecer una unión lógica entre ambos comentarios.Por la noche, cuando apagan la luz, la rubia baja y se mete en mi camastro. Sin mediar palabra me baja los calzoncillos y se mete mi polla en la boca. Me la chupa con tanto entusiasmo y hace tanto que no me corro que en cuestión de segundos siento que me sobreviene un chorro ingobernable. Ella debe de sentir un espasmo que a mi me resulta imperceptible y se aparta en el último instante sin que tenga que prevenirla. Mira la primera gota que surca el cielo con una hermosa parábola ascendente como si mirara una estrella fugaz cruzando el firmamento. Casi puedo sentir como pide un deseo mientras la sigue con la mirada: ella también quiere ser una estrella, aunque sea fugaz, aunque sólo ilumine la pantalla y el mundo unos segundos para luego desaparecer, dejando tras de sí la admiración de lo perfecto y lo efímero, porque sólo hay perfección en lo efímero. O algo así. El resto de la corrida se me desparrama en la barriga justo cuando recuerdo que a estas horas ya han cerrado las duchas. [Continuará]

martes, 24 de junio de 2008

:stars [1]

Todos los exámenes serán orales: están buscando al nuevo Leonardo DiCaprio, no al nuevo Alan Poe. Formamos en el gimnasio, una cajetilla de tabaco del tamaño de Maryland, que huele a desinfectante y a crema depilatoria. Somos un grupo variopinto; los arios perfectos tienden a agruparse de forma natural y a mirar con condescendencia a los demás. Quizás se ha olvidado de Jack Black y de Denzel Washington y de Ben Stiller. Entra el grupo de monitores, comandados por un tipo moldeado en plexiglás que me suena de algún episodio de CSI New York. Me asombra cuando abre la boca, como si una fotografía se pusiese de pronto a hablar. Nos van a dividir en grupos de 40 para realizar la primera criba. Cuando escuchemos nuestros nombres debemos seguir al monitor que nos haya nombrado. Por un momento me entra el pánico: no recuerdo el nombre artístico que he dado pues hasta el último momento he estado dudando entre Dustin Brewell, Pete Nowland, Bruce Niper y Tom Ballack. Estoy casi seguro de que descarté Bruce Niper porque no sonaba lo suficientemente heterosexual; Tom Ballack me sonaba a cowboy y Dustin Brewell (mi segundo nombre y el apellido de soltera de mi abuela materna) sonaba demasiado judío. Por descarte estoy casi seguro de que me apunté como Pete Nowland, pero de pronto siento pánico de nuevo: existe la posibilidad de que alguna otra persona haya dado el mismo nombre. Tardo quince minutos en descubrir, alibiado, que no; me llaman para el grupo 8 y sigo a mi monitora, una cuarentona con más botox que células musculares. Nos conduce a un pequeño gimnasio completamente acolchado donde nos alineamos en cuatro filas, por orden alfabético. La primera prueba consiste en responder a un breve cuestionario. Debemos adelantarnos cuando oigamos nuestro nombre y contestar de cara a los demás. La primera es una tal Amber Alba, un esqueleto siliconado en mayas fuxia. Teniendo en cuenta que la cámara añade ocho quilos, estaría perfecta como superviviente de Auschwitz. La primera pregunta me sorprende, pero no a Amber, con lo que me alegro de no ser el primero: describa someramente su orina: color, consistencia, olor, regularidad. Amber, sin inmutarse, responde con voz clara y armónica que orina una media de 16 veces al día, que su orina suele ser de color Coca Cola, espesa como mocos y con olor a bilis. Se gira y da un paso atrás, reintegrándose en su fila. En ese momento comprendo que lo importante no es la respuesta, sino la actitud. Cuando me toca respondo con mi mejor sonrisa torcida combinada con mi mirada más gélida que meo una vez los días pares y dos los impares, que mi orina tiene el color y la consistencia de la salsa carbonara y que nunca he sido tan cerdo como para olérmela, pero que supongo que olerá a zumo de pomelo recién exprimido. Oigo un murmullo a mi espalda cuando vuelvo a mi posición. [Continuará]