viernes, 25 de julio de 2008

:stars [10]


[Continuación] O parte de la verdad. Cuando recupero la consciencia estoy amarrado a una camilla, en un plató que simula una habitación de hospital, con un par de cámaras ancladas en sus trípodes como única compañía. Trato de soltarme las correas, pero son condenadamente resistentes y están tan apretadas que me cortan el riego de las extremidades. Trato de relajarme, de que mis poderosos músculos pierdan volumen, pero no hay manera y pierdo los nervios y me pongo a chillar. Tengo la garganta tan seca que el grito comienza como el estertor final de una gallina y termina como el lamento de una niña, quizás debido a mi posición de decúbito supino. Para mi sorpresa, la puerta falsa que simula la salida del falso cuarto de hospital se abre y en el umbral aparece Samantha ataviada de enfermera y se lleva el índice a los labios. Mi llanto se ahoga al cerrarse la puerta, y al segundo siguiente ya no puedo precisar si lo que acabo de ver era real o lo he soñado, tan atontado estoy. Pero recuerdo una mancha marrón en la pechera de Samantha, como de chocolate, y eso me parece más real que todo lo que he vivido en las últimas semanas, así que dictamino que no estoy soñando. Como base ontológica se queda escasa, pero por ahora me tendrá que valer.
Miro a mi alrededor de nuevo, tratando ahora de analizar la situación fríamente: voy vestido con un camisón de paciente, y tengo un esparadrapo con una mancha rojiza en el brazo derecho. Intento percibir algún dolor en esa zona, pero sólo siento el ligero hormigueo de la vida recorriéndolo: es decir, nada anómalo. No puedo concluir si es parte del atrezzo o si me han inyectado algo.
Unas voces se mueven por alguna parte imprecisa, a mis espaldas. El eco me llega apagado y distorsionado; no logro reconocer ninguna de las voces así que no me arriesgo a pedir ayuda. Al rato se cierra una pesada puerta de metal, a cuyo eco le sigue un buen rato de silencio. Me quedo traspuesto.
No sé cuánto tiempo he estado durmiendo. Me despierto con unas terribles ganas de orinar. Por alguna extraña razón, el decorado y el vestuario y el atrezzo me hacen ponerme en situación: me siento desamparado e inútil, con la necesidad imperiosa de que alguien regule mis funciones vitales primarias, como en una regresión a la etapa de niñez (o un flashforward a la de vejez); en cualquier caso, no me parece descabellado dejar salir la orina sin más, suponiendo que alguien arreglará el desaguisado. Y eso hago. Espero sentir el chorro tibio entre mis piernas, pero me encuentro con otra sorpresa: noto una tensión en la punta del pene y el ruido inequívoco de un líquido canalizado. Me estiro hacia la derecha, de donde parece proceder el siseo, y veo que un tubo transparente y flexible sale de debajo de mi camisón y termina en un bolsa de drenaje mediada de orina. En una palabra: catéter.
[Continuará]