lunes, 28 de julio de 2008

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [39]


23 de noviembre - He pasado una noche inquieta, como si hubiese dormido en alta mar en mitad de una tormenta. He dormido del tirón pero no he parado de soñar cosas absurdas, incluso para ser sueños, y me he despertado agotado y hasta con los pelos de los brazos despeinados. Me quedo tumbado en cama, con los ojos cerrados y la persiana medio abierta, viendo pasar nebulosas por dentro de mis párpados. Incluso antes de acostarme había decidido que reservaría la pastilla que me queda para una emergencia, como los nazis llevaban consigo una cápsula de cianuro cuando el final de la guerra se acercaba.
Un peso inhumano me impide levantarme, como un siamés remolón y vago. Lo conozco perfectamente: este puto doppelgänger me ha estado jodiendo toda mi vida; es el mismo que no sabe bailar, que ha tenido problemas con el alcohol y con el hachís, que no puede ahorrar, que quiere follar con todas las tías que se cruza por la calle, que no quería ni estudiar ni trabajar, que teme un cáncer en cada molestia, que se ve ridículo en pantalón corto... por su culpa me he pasado toda la vida disimulando; disimulando su olor, sus erecciones, sus ataques, sus achaques, sus paranoias, sus tonterías, sus berrinches, sus fallos. Como si no tuviese bastante con lo mío. Pero gracias a él me he convertido en un gran mentiroso, en un simulador profesional. Recuerdo cuando entré en la banda del instituto y hasta que llevábamos tres semanas de ensayos no se enteraron de que no tenia ni idea de tocar el clarinete. Inesperadamente, cuando se dieron cuenta, en vez de mandarme a la mierda me pasaron a los timbales, para los que sólo hacía falta un mínimo sentido del ritmo. Del cual carecía, por cierto. Así que, como un espejo, me limitaba a copiar al otro timbalista, simulando que sabía tocar con tanta pericia que nadie distinguiría la diferencia.
Y así ha sido desde entonces: simulo que estoy vivo, y a simple vista nadie ve el engaño.
Salgo a dar un paseo. La misma ruta de siempre. Tomo las curvas cortando por el camino más corto, siguiendo la trazada, como en una carrera de Fórmula-1 a cámara subjetiva y superlenta. Una inspiración me hace salir de mi trayecto: me voy a cortar el pelo. Entro en mi peluquería de los dos últimos años. Noto en la mirada del peluquero su desasosiego al verme: le he descuadrado el horario, pero no es capaz de renunciar a mis nueve euros y no me dice nada. Charla jovialmente con un cliente mientras le remata el corte, e incluso después, mientras le cepilla los pelos de los hombros. Pero cuando yo me acomodo en el asiento su rostro demuda en una máscara silente e inerte de forma tan repentina que hasta yo, sin gafas, lo noto. Me pregunta “cómo siempre”, y yo le respondo “sí, como siempre”, a lo que le sigue media hora de silencio sólo roto por los tijeretazos. Soy como un agujero negro de conversaciones intranscendentes: las absorbo y sólo dejo desolación y silencio y vacío.
No me deja el pelo “como siempre”. De hecho no me lo ha dejado dos veces igual en estos dos años, así que no sé lo que quiere decir con “como siempre”. Me sacudo la cabeza en cuanto llego a la esquina para deshacer el voluminoso crepado. Apuro el paso hasta llegar a casa, mirándome de reojo en los escaparates y las ventanillas de los coches, horrorizado ante lo que intuyo. Al llegar a casa me siento a salvo. Se ha acabado la función por hoy.

3 comentarios:

Belén dijo...

A veces las mañanas resacosas nos hacen ver el mundo distinto, o es mas bien que las mañanas no resacosas son las que lo distorsionan?

Uy que me lío...

Besicos

Bombon dijo...

he llagado aki un poco por suerte
vagando por los bloggers buscando q leer. me ha parecido muy interesante, creo q regresare si no le molesta
salu2

toni bascoy dijo...

¿Cómo me va a molestar? Cuantos más, mejor. Todavía queda sitio en la primera fila, así que acérquense. Un saludo!!