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viernes, 3 de junio de 2011

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [79]

10 de diciembre - Sin noticias del gato. Dejo un poco de sobras en un platito en el patio, pegado a la puerta.

Me acerco a la casa del vecino a hurtadillas, como un ladrón de frutas, aunque en su huerta sólo hay muñones de plantas y hojas secas para robar. Oigo una radio encendida pero no veo a nadie. No encuentro valor para entrar ni una razón convincente para llamar a la puerta. ¿Se acordará de lo que pasó ayer? Creo que trataré de hacer averiguaciones por otro lado, pero no sé por dónde empezar. De pequeño quise ser detective privado; hasta convertí mi dormitorio en mi despacho, con una placa (un rectángulo de cartulina) pegada en la puerta y mis propias tarjetas personales manufacturadas. Mi mayor logro fué encontrar la tuerca de un pendiente que mi hermana había perdido y que encontré debajo del taquillón del pasillo, donde estaba el espejo frente al que se arreglaba mi hermana antes de salir. Fue una mezcla entre trabajo deductivo y de campo que me llenó de orgullo. Mi madre se hizo cargo de los gastos: cien pesetas.

Este es mi segundo trabajo como detective privado, y creo que va a ser un poco más complicado. No puedo tantear a las vecinas en busca de información, porque quiero mantener discrección sobre el asunto hasta que sepa la gravedad real. Sólo se me ocurre el cura de la parroquia (¿don Eugenio?), que sé que se preocupa por los ancianos del barrio y me lo he cruzado un par de veces saliendo de casa del vecino.

Me acerco hasta la iglesia. Parece vacía. La puerta principal está cerrada, pero al apoyar mi peso para intetar abrirla oigo un ruído en el interior, como un objeto cayendo al suelo y su eco. Llamo a la puerta pero no obtengo respuesta. Doy la vuelta al edificio, salto unos setos buscando otra puerta. La encuentro en la parte de atrás, una puerta pequeña de cristal esmerilado y barrotes. Está entreabierta, pero antes de que pueda abrirla sale un tipo y los dos nos llevamos un susto. Es un señor de unos sesenta años, rechoncho, con una nariz violácea llena de venas. Me pregunta si estoy buscando a don Eufemio (¿o dice Eugenio?) y le digo que sí. Me dice que hoy le toca turno en el hospital, que se pasará sólo para la misa de las ocho. Le digo que gracias y me largo. Tendré que dejar esta vía de investigación para otro día. La idea de ir a misa me pone los pelos de punta.

En casa de nuevo. La comida del gato sigue intacta. Decido ponerme con mi otro asunto: Z. Rebusco entre mis papeles como un arqueólogo. Busco el estrato perteneciente a mi vida junto a ella, busco esa beta de información como si fuese crucial para entender todo lo que ha pasado después. Voy descartando papeles, facturas, cartas, hasta que llego a un cuaderno azul en el que hay un número de teléfono escrito en la portada. El número de teléfono no me interesa, lo que me interesa es la letra con el que está escrito: es la letra de Z.

Abro la libreta, escrita a medias. Por en medio, entradas de cine, tiquets, etiquetas... Hay una foto de Z, una polaroid que nos sacó una amiga el día de su cumpleaños. Nos iba sacando fotos a todos en cuanto entrábamos en su casa, y nos pidió que le escribiéramos todos una dedicatoria en la parte de atrás. En la nuestra Z escribió: “Te queremos mucho, Cristina. ¿Viste como todo salió bien?” y firmamos los dos. Luego, cuando nos fuimos, medio borrachos, Z robó la foto del montón encima de la mesa, porque los dos salíamos muy guapos y nunca salimos los dos guapos en la misma foto. Ella está preciosa, con el pelo recién cortado, como un niño, engominado y con una diadema, la nariz llena de pecas del sol. Yo tengo un poco de cara de susto pero el ángulo me favorece ciertamente, y tengo la longitud de barba que mejor me sienta y por una vez mi sonrisa parece una sonrisa. Es cierto que salimos bien. Leo el cuaderno por la página donde está la foto:

“Me mandan por correo publicidad con un terrón de un edulcorante sin calorías de regalo, panfletos electorales y una postal de una compañía de teléfonos felicitándole el cumpleaños al anterior inquilino del piso. Llaman cuatro veces al telefonillo pero no contesto. Hay cierta voluptuosidad en no hacer nada, cierto encanto erótico en estar aislado, escondido, como un agente secreto doble, o triple, siempre desconfiando, siempre alerta, mirando a la calle entre las láminas de la persiana.

Entorno los ojos; la luz blanca que entra por la ventana, tamizada por las nubes, resalta los contornos y achata los volúmenes. Si cierro un ojo la mitad de mi cerebro que se encarga de la visión se apaga. Supongo que estar ciego es como tener cada uno de los dos ojos cerrados, a la vez pero por separado. Pero vaya, hay mil tipos de ceguera y no debería de perder el tiempo pensando en cosas de las que no sé nada. Todo es una pérdida de tiempo, y ya no es gracioso como hace diez años, ahora es raro.

Hay montones de nísperos en la cocina. Como cinco quilos, muchos nísperos pequeños, poniéndose marrones en el frutero. Hay muchísima comida en la nevera, hay brécol y berenjenas, hay filetes, hay coliflor, hay lechugas de hoja de roble, hay yogures, hay queso fresco, hay cecina, hay jamón cocido, hay dos latas de tomate triturado abiertas. Hay mucha comida y yo tengo mucha hambre pero no como. No me levanto y como, no cocino y como, y no porque no tenga hambre ni porque me de pereza cocinar. Simplemente no como. Toda esa comida, setas, dos clases de champiñones, jamón serrano, huevos, pechugas de pollo, toda esa comida se está pudriendo poco a poco, imperceptiblemente, como una persona acercándose a su muerte segundo a segundo. En un segundo estás vivo, y al siguiente estás muerto.

Llevamos juntos, ella y yo, siete meses. Aunque soy de natural reservado, me explayo mucho los primeros días, le hablo de mi pasado, de lo que quiero, de lo que busco, de lo que necesito, de lo que odio. Le hablo mucho de mí al principio, antes de que me conozca lo suficiente para saber cuando le estoy mintiendo. Construyo unos cimientos de mentiras bien firmes, que sobrevivirán intactos a cualquier envite, a cualquier terremoto. Y un buen día me callo, porque ya no puedo seguir mintiendo.

Estoy mirando la televisión, más su marco que las imágenes brillantes que hay en la pantalla. Estoy así un buen rato, una hora, y después la miro a ella sentada al otro lado del sofá y sólo siento extrañeza: extrañeza por ver esa cara que sólo parece un montón aleatorio de rasgos, extrañeza por estar “compartiendo la vida” con esa persona, con ese cuerpo que se mueve según unos patrones propios y repetitivos, un sonido, un olor, una forma familiar. Extrañeza por su familiaridad.”

Miro la foto otra vez y sólo ansío su familiaridad. Sigo leyendo el cuaderno saltando de una página a otra, sistemáticamente inconsistente.

lunes, 21 de febrero de 2011

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [78]

[Continuación] No tengo ni idea de qué hacer. Miro a mi alrededor pero no hay nadie a quien pueda pedir ayuda. Me acerco a él despacio, con movimientos lentos y romos, como si me acercara a un pequeño animal salvaje al que quisiera acariciar. Comienza a llover lijeramente.
Le pregunto qué le pasa y se me queda mirando un rato, en silencio. Después me habla como si me conociera, no como si me reconociera. Farfulla algo de que se ha perdido, disimulando la vergüenza, como si ciertos sentimientos sobreviviesen a la demencia. Esos sentimientos que te mantienen humano, supongo: la dignidad y la vergüenza.
Le digo que venga conmigo y camino unos pasos delante de él. Se queja de que lo han cambiado todo, de que lo han dejado todo irreconocible. No sé quienes son "esos" que lo han cambiado todo, pero se agarra a esa idea y empieza a despotricar: no hay derecho, árboles cortados, el camino desviado, lo han hecho todo sin permisos... un discurso atropellado y sin sentido al que me agarro como la única forma que encuentro en estos momentos para medir el tiempo, para dejar de sentir que este instante se ha detenido y cristalizado fuera de la corriente temporal. Tenso la distancia que me separa de mi vecino, como una correa invisible. Tiro con todas mis fuerzas, pero parece que no nos acercamos nunca a su casa, como si caminásemos en círculo.
Y sin embargo, allí estamos, en su huerta. Me adelanta, ya en terreno conocido, y me advierte (no: me ordena) que no pise las plantas que casi se han comido el camino. Así que ando con un pie delante del otro, como un funambulista, siguiendo a duras penas sus pasos precisos de botas de pocero. En el patio se gira y me pregunta si quiero unas botellas de aguardiente, ya que he venido hasta allí. Señala el hueco debajo del lavadero. Echo un vistazo y solo veo una caja llena de sifones vacíos, cubiertos de telarañas y tierra seca.
Entra en casa y yo meto la cabeza. La cocina está hecha un desastre. Papeles de periódico sucios por todo el suelo, platos manchados de comida reseca, bolsas de basura, un televisor con la pantalla agrietada, ropa acartonada formando una montaña en un rincón... sin embargo, mi vista se detiene sobre una mesa que hay junto a la ventana. Como un bodegón abandonado, la mesa está cubierta con un mantel de hule tan viejo que su estampado ya ha vivido un par de revivals, y en el centro, una sartén oxidada llena de huevos. Mientras mi vecino me pregunta si quiero tomar un café, yo sólo puedo mirar esos huevos. Sólo unos segundos después me doy cuenta de que me ha llamado Tino: ¿Tino, quieres un café? Le digo que no, que gracias. Él desaparece por un pasillo y me dice que siempre he tenido una voz muy bonita, que debería de haberme dedicado a cantar. A cantar de verdad, no en verbenas.
Espero un rato allí parado, en la entrada de la cocina. Nada. Después me parece oír agua corriente. Atravieso la cocina hasta la otra puerta. La abro y veo un pasillo en penumbra y una puerta iluminada al fondo. Voy hasta ella, entornada. Echo un vistazo rápido: es un cuarto de baño. Me parece ver a mi vecino al fondo, de pie delante de un espejo, desnudo de cintura para arriba. Echo otro vistazo más detenido, asomando un ojo con cautela: se está restregando la mugre con jabón lagarto en el lavabo. Se ha quitado la parte de arriba, y se ha atado una toalla a la cintura, que recoge los chorretones de agua negra.
Vuelvo a la cocina. Antes de salir cojo uno de los huevos. No pesa nada, como si estuviera hueco. Lo rompo contra el borde de la mesa y dentro no hay nada, sólo las paredes internas cubiertas de polvo.
Tiro la cáscara en un rincón del jardín y me vengo a casa. Está en completo silencio. Me siento en mi cocina, con una planta y una distribución igual a la de mi vecino. Sólo se oye el tic-tac del reloj colgado encima de la silueta que ha dejado un televisor en la pared. El reloj ya estaba aquí cuando llegué. Como si un inquilino antetior hubiese dejado el tiempo funcionando, un tiempo antiguo que ha seguido en marcha desde entonces, un tiempo ruidoso.
Pienso en Z, en tenerla frente a mí, tan cerca que desde esta distancia no pudiese ni mirarle a los ojos. Es decir, que no pudiese mirarle a los dos ojos a la vez, sino que tuviese que dirigir mi mirada alternativamente a uno y a otro. Buscando alguna señal casi imperceptible en ellos, el temblor de una risa incontrolable, el principio de una lágrima. Pero no hay nada que mirar.
Establezco unos objetivos de aquí a que se termine el año. Propósitos para este año, sólo que se está acabando en lugar de empezando. Lo dejo por escrito aquí, en mi diario, para que quede constancia de mi premeditación si lo consigo, mi fracaso si no lo consigo, o de mi falta de carácter si ni siquiera lo intento. Zancadillas que me pongo a mí mismo. Mis objetivos, como en un manual de guión cinematográfico:
1. Recuperar a Z.
2. conseguir ayuda para mi vecino.
3. Que el gato coma de mi mano.
Me quedan tres semanas.

martes, 2 de noviembre de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [77]

9 de diciembre - Logro conciliar un poco el sueño por la noche, es un alivio. Son como cuatro horas, todo un logro; cuatro horas que otros considerarían perdidas pero que para mí son las mejor aprovechadas de los últimos meses. Me siento entre estúpido y eufórico, como si me acabase de acordar del truco para dormir. Sueño que hago una tortilla y se me olvida echarle sal.
Me levanto pletórico. Afuera llueve, pero todo parece brillar con una luz ambarina, como si un sol extra brillase en el cielo volviendo locas a las sombras y a los animales. Mientras me ducho, mientras desayuno, mientras veo la tele, me parece vivir en un universo paralelo casi igual al nuestro de siempre, como vivir en una película americana donde comen comida china en cajas de cartón y guardan los medicamentos en botes de plástico, justo al revés que aquí.
Me llama Damián. Necesita un pequeño préstamo. Le digo que cuánto necesita y me cuelga y a los dos minutos está en la puerta. Ciento veinte euros, pero me jura por la memoria de su madre que me los devuelve en cuatro días, cuando le hagan un ingreso pendiente. Yo le digo que su madre no está muerta, pero él me dice que vive en Coruña y se acuerda mucho de ella. Yo le digo que lo de jurar por la memoria de alguien no funciona así, pero sea como sea, le presto los ciento veinte euros y se queda a desayunar.
Me dice que me envidia: aquí instalado, independiente, el dueño de mi negocio y el rey de mi castillo o algo así. Yo le digo que no es para tanto. ¿Qué diferencia hay entre estar solo o estar con, por ejemplo, Z? Puedo escupir en el fregadero, puedo masturbarme cuando y donde quiera, puedo tirarme pedos, puedo estar un par de días extra sin ducharme, puedo ver porno a todas horas... Diferencias de higiene, básicamente, nada que haga temblar los pilares de mi existencia. Ante Damián asiento significativamente y me echo más café.
Cosas que he perdido con ella: utilizarla como excusa. Puedo seguir usándola, pero sólo ante extraños y con un cargo de conciencia que hace que no sea nada disfrutable. Por ejemplo, hoy me dolía un poco el culo y busqué en internet el nombre de alguna crema para aliviar las molestias y los picores anales y cuyo nombre no indicase de forma clara e inequívoca que su finalidad fuese el alivio de las molestias y picores anales, para no dar más información de la estrictamente necesaria a los de la cola de la farmacia; nada derivado del vocablo "hemorroide", principalmente. Encuentro una y voy a la farmacia. En confidencia le digo a la farmaceutica que es para mi chica, que está embarazada y tiene algunos dolores cuando va al baño. Es la forma más caballerosa y elegante que se me ocurre de decirlo, pero es una patraña, y aunque no existe ninguna "mi chica" embarazada, mi conciencia me mortifica como si existiese.
Otra cosa que echo de menos de vivir en compañía: la imprevisibilidad. Uno mismo es tan sumamente predecible que la única sorpresa que me puedo deparar es un pedo sonoro que parecía que iba a ser silencioso. Tampoco es que vivir con Z fuese como una película de Indiana Jones, pero se las ingeniaba para crear pequeños detalles que ayudaban a diferenciar unos días de otros. Me acuerdo de los mensajes en los plátanos, frases que escribía con la uña en la piel de los plátanos y que después se hacían visibles en color marrón, como tinta mágica. Ahora mismo sólo tengo un par de mandarinas mústias y un kiwi arrugado. Ahora mismo no tengo nada.
Todo esto se queda en nada (pero en nada-nada, no en una nada automortificante y autocomplaciente, no: NADA) frente a lo que me pasa hoy por la tarde. Estoy acostado en el sofá viendo la tele cuando me parece ver una sombra de reojo en la ventana del patio. Me incorporo y veo la cola de una gato desaparecer por un lateral, como si la ventana fuera un teatrillo de marionetas. Enmudezco la tele y oigo afuera un sonido quejumbroso con un origen difícil de precisar. ¿Un bebé llorando? ¿Un gato maullando? ¿Alguien afinando una gaita? Me decanto por lo del gato y salgo al patio un poco ilusionado. El sonido se oye a lo lejos, más allá de los setos, y ahora me parece más humano. Salgo a la huerta y subo por el sendero entre los restos de maiz sin segar (o como se diga en terminología agrícola) y las malas hierbas, que están tan crecidas que ya parecen malos árboles. Tomo nota mental de que algunas hierbas parecen de la familia de los opiáceos, una especie de amapolas con gigantismo. El sonido aumenta en intensidad y es inequívocamente humano: una especie de salmodia inarticulada, un lamento que acaba por romperle la voz al que lo emite, que se pone a llorar.
Salgo al camino principal y me encuentro caminando hacia mí con los brazos abiertos a mi vecino. Llora desonsoladamente, con la ropa completamente cubierta de tierra y los pantalones meados de arriba a abajo. [Continuará...]

martes, 31 de agosto de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [76]


8 de Diciembre- Me he obligado a salir de casa. Suena a frase de señora mayor con problemas de depresión, una se esas señoras que toma pastillas para dormir y lo único que hacen en todo el día es tomar café con las amigas.
Salvo por la edad, el sexo y las amigas, yo soy esa señora mayor. Es triste, pero ni siquiera tengo alguien con quien tomar el café. Doy un paseo mirando escaparates, pensando en los regalos de Navidad que tendré que comprar en breve, y me meto en una cafetería cara.
Me gusta consumir en sitios caros que me puedo permitir, formar parte de una elite aunque sólo sea por unos minutos. Una cafetería cara, una pastelería cara... Pagar dos euros por un café por estar sentado junto a gente con un piso de trescientos metros cuadrados en el centro y un coche de ochenta mil euros.
La camarera es preciosa: una morenita muy muy delgada. No es mi tipo, definitivamente, pero me sonríe cálidamente al traerme el café y ya me tiene ganado aunque sé que esa sonrisa es parte de la compensación por los dos euros del café. Cuanto más caro es el café, más cercanos están a la esclavitud los que te lo sirven.
En la mesa de al lado, una señora que parece, y huele como, una gallina a medio desplumar, si bañases una gallina a medio desplumar en agua de colonia Cacharel, entretiene a toda la cafetería con un monólogo por teléfono móvil, un monólogo desbocado y salvaje, sin espacio para la réplica ni para respirar, como si los labios y la lengua de la señora fuesen los engranajes maestros de una máquina de movimiento perpetuo. Ignoro el contenido del monólogo con toda mi fuerza de voluntad, pero no puedo evitar enterarme del meollo del asunto, que se puede resumir en el axioma: ya nada es como antes. Ni los viejos de ahora son como los de antes, podría añadir yo. Me voy a por la prensa.
Los periódicos son los mismos que los de un bar barato, nada de esa dicotomía que uno podría esperar entre ricos y pobres, izquierda y derecha. No: los dos periódicos locales, dos deportivos y un par de nacionales. Me hojeo uno de los locales, donde pasan por encima de las noticias internacionales y dedican más espacio a curiosidades y sucesos.
Leo que una universidad de Suecia ha realizado un estudio que relaciona de manera directamente proporcional el consumo de chicle con la inteligencia. Según este estudio, las personas más inteligentes del mundo serían los adolescentes y los jugadores de la NBA, y eso no me cuadra. Paso, no sé por qué, a la sección de anuncios inmobiliarios. Aunque dan a entender que son anuncios de particulares, sólo hay dos teléfonos diferentes, de las dos agencias que copan el mercado.
Me da por pensar en los pisos de amigos donde he pasado algún tiempo, fíjate que tontería.
Viví unos días en casa de D, entre dos alquileres, mientras no encontraba dónde instalarme. Aunque él no paraba de repetirme que estaba encantado de tenerme en su casa, yo sólo podía pensar qué le parecería si me instalase allí indefinidamente. No le haría ni puta gracia. Entendí que entre el D encantado y el horrorizado, entre el comprensivo y el hastiado sólo había una cuestión de tiempo, y yo no podía dejar de pensar en que cada día me estaba acercando más a esa frontera invisible.
Con R fue mucho más sencillo: el día que entré en el baño y lo vi limpiándose el culo, decidí que mis días en su casa habían llegado a su fin. A pesar de que ignoramos el tema y nunca hablamos en voz alta sobre ello, como si la imagen de R limpiándose el culo fuese un cervatillo que había entrevisto de reojo desde el coche, un relámpago rojizo que no estás seguro de haber visto en realidad o soñado... la imagen estaba ahí, entre los dos.
Por la tarde el cielo se cubre de nubes negras. Parece un eclipse, parece una noche en mitad del día, así que aprovecho que mi mente está confusa e intento dormir un rato. Lo consigo a medias: duermo sólo con la mitad del cuerpo, o con la mitad del cerebro o lo que sea que uno use para dormir, como cuando te sientas sobre una nalga cuando tienes prisa por levantarte, o cuando te ríes con la mitad de la boca porque no te ha hecho gracia, o das un abrazo con un solo brazo porque no sientes demasiado afecto por esa persona.
Tengo otro sueño erótico: mi yo durmiente trata de compensar la abstinencia de mi yo insomne con polvos rápidos, aprovechando el poco tiempo que le concedo. Nota mental: tengo que masturbarme más. Más a menudo, quiero decir.
El sueño es confuso, un barullo de situaciones que deriva en mí intentando penetrar a una chica morena y delgada, trasunto de la camarera de la cafetería cara, aunque sólo puedo apreciar el parecido una vez despierto. Y digo que trato de penetrarla no porque tratara de violarla, sino porque su vagina rasurada parece encoger y estrecharse a ojos vista, hasta que hacen la penetración más complicada que metérsela a otra polla por el agujero del capullo. Una cosa muy muy frustrante, sobre todo porque en el mundo real me sobreviene una eyaculación incontrolable, aún apretándome la polla en el último milisegundo como una tubería que pierde. Otro calzoncillo acartonado: podría ser el título de mi autobiografía.
Peor aún, me siento culpable por serle infiel a Z. Infiel con otra camarera, para más inri, aunque ya no tenga ninguna relación con Z y el sexo haya sido soñado, inconcluso y frustrado. Un lío del que no me libro ni después de despertar, ni después de escribirlo y leerlo en voz alta y comprender que es un disparate.
Supongo que toda mi vida es ahora un disparate, y lo disparatado se ha convertido en norma y rasero.
Si cuentas los días que vivirás o el dinero que acabarás ganando y gastando, el tiempo y el dinero que pasará por tus manos, te das cuenta de lo limitado que eres. ¿Me queda tiempo para encontrar a alguien? ¿El número de parejas, como el de días y el dinero, será limitado?
A veces me gustaría tener el cuerpo de un atleta, pero después lo pienso y me digo: ¿para qué?, si en dos meses ya volvería a tener mi cuerpo. Estoy a dos meses del cuerpo de un atleta de elite; pero no dos meses de entrenamiento duro, sino dos meses de sofá y comida de mierda.

domingo, 11 de julio de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [75]

7 de diciembre - La mancha de humedad ha crecido hasta ocupar todo el rincón. El papel de pared está empezando a despegarse, a descolgarse por arriba. Se ve la pintura que hay debajo, azul celeste, de cielo de verano.
Apago el móvil la mitad del día porque no me apetece hablar con nadie. Cuando lo conecto, ya entrada la tarde, unos críos me han dejado mensajes en el buzón de voz. A saber cómo han llegado hasta mi número. Hacen, sobre todo, rimas obscenas con mi apellido. Alguna hasta tiene gracia, si no fuera porque ya las he oído mil veces en el colegio y en el instituto.
Esto me recuerda que yo también hice algo parecido. Dejar mensajes en un contestador, quiero decir. No recuerdo quién (Cabeza, Junquera, uno de esos) filtró a todos los de la clase el número de teléfono de un tipo con contestador automático. Por aquel entonces era algo poco habitual, como de película americana, como de persona importante que tiene que estar siempre en comunicación, un piloto, un ministro, un cirujano... Durante unos días nos turnamos para llamar, cada uno desde su casa, y dejar mensajes obscenos. Pero yo no fui capaz de soltar ninguna obscenidad. Sólo fui capaz de decir: perdón, me he equivocado.
La voz de un niño diciendo serio, grave, circunspecto, en tú contestador, perdón, me he equivocado, probablemente sea más perturbador que todos los insultos, gritos y risas de todos mis compañeros.
Hago que desconecten, o lo intento, no lo tengo claro, la función de buzón de voz. Con el móvil en la mano me llama Damián. Me repite por tercera vez en poco más de un mes su metáfora de la pastilla de jabón. Usas la pastilla de jabón, que se va gastando hasta que sólo queda un pequeño trocito romo, un pedazo minúsculo que se te mete entre los dedos y que al final acaba por caerse por el desagüe o lo acabas tirando.
Esa metáfora le sirve para todo. Es como una plantilla en la que puede colocar cualquier contingencia, cualquier circunstancia, cualquier variable. Se puede aplicar a todas las enseñanzas básicas de la vida. En este caso: la vida no da marcha atrás.
Que gran novedad.
No sé ni a cuento de qué venía, pero a mí sólo me recuerda a Z.
Sí, otra gran novedad.
Pero tengo que asumirlo de una vez: quiero que Z vuelva. No quiero volver ni que volvamos, quiero que vuelva ella. No quiero hacer el esfuerzo logístico ni poseo la buena voluntad para dar un paso, pero quiero que vuelva.
Si yo tuviese una enfermedad mortal podría llamarla por teléfono y decirle que lo siento sin ser cierto. Algo enigmático, sin esperar respuesta. Simplemente eso: lo siento. Y la frase se quedaría ahí, flotando en el espacio, después de colgar el teléfono, hasta que unos meses después se enteraría por alguien de que yo me he muerto y recordaría la frase, lo siento, que ahora adquiriría nuevas resonancias, un nuevo valor, como las palabras de un difunto, que siempre son verdaderas y siempre hacen referencia a una realidad más profunda y solemne. Como si los fantasmas no pudiesen mentir o ser banales.
Sólo dos cosas y sigo: no sé si lo siento porque no recuerdo haber incumplido ninguna ley básica del tratado de la vida en pareja; segundo: mis fantasías parecen de adolescente alimentado a base de folletines.
Sigo: vuelvo a lo de siempre: mi relación con Z sería perfecta si me eliminase a mí mismo de la ecuación. Si soy un difunto, un recuerdo, parte del pasado. Todo parece mejor en el recuerdo, así que ¿por qué esforzarse? ¿Por qué intentar que vuelva al presente? ¿Para follar? ¿Es sólo eso? ¿Tanto lío por una terminación nerviosa que produce efectos placenteros por frotación? Toda la parafernalia que le rodea me parece como las subtramas amorosas de las películas de Hollywood: material para rellenar hora y media, pasos intermedios entre las escenas clave.
Entonces, ¿por qué ahora no hago más que volver a los tiempos muertos? ¿Por qué en mi recuerdo nuestra historia parece una película nouvelle vague?
Recuerdo que vamos a la playa en un autobús caliente como una sauna. Cada vez que el conductor detiene el autobús en una parada y abre las puertas, una corriente de aire fresco recorre el interior. Nos miramos a los ojos y nos regocijamos cada vez que aminora la marcha, cada vez que alguien hace una señal con el brazo desde una marquesina. A cada parada el viento huele más a salitre. Nunca lo podré olvidar.
Tenemos una fuerte discusión en un bar, esperando a que empiece una película para la que hemos comprado entradas en el cine de al lado. Entramos en la sala en silencio. Esperamos a que empiece la película sin decir una palabra, como si viniésemos solos y nos hubiesen tocado butacas contiguas por casualidad. Hacia la mitad de la película ella empieza a llorar en silencio, y yo no sé que hacer, así que apoyo mi cabeza en su hombro hasta que deja de sollozar y de sorberse los mocos. De pronto la película, que hasta ese momento era una banalidad ligera con musiquilla pop subrayando las situaciones cómicas, se vuelve algo grave y de impostada transcendencia. A los dos nos da la risa, como si cada frase de los actores fuera un chiste privado que sólo ellos y nosotros dos entendemos. Nos pasamos el resto de la película luchando por contener las carcajadas y los ataques de histeria entre los ssshhhh del resto de la platea.
Etc.
Le he dejado un poco de comida al gato en el pasillo. Mientras estaba entretenido comiendo salí por la ventana al patio y he cerrado la puerta por fuera. He vuelto a entrar por la ventana hasta el pasillo, arrinconando al gato contra la puerta cerrada a sus espaldas. He hecho ruidos conciliadores mientras me acercaba, en una evidente postura de caricia, pero el gato me ha recibido con una actitud defensiva, bufando con la boca abierta, enseñándome los dientes y con una pata elevada con las garras fuera. Parecía un león en miniatura, con el pelo erizado. Era exactamente como un león a escala, la maqueta de un león atacando.
Me ha producido una tristeza insoportable, enorme, insostenible.
He vuelto a hacer el viaje a la inversa para abrir la puerta, y ha salido corriendo como un rayo. No creo que vuelva.

jueves, 27 de mayo de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [74]


6 de diciembre - Paso la noche prácticamente en vela. Tengo mucho calor, me siento febril. Me acuesto en la cama encima de la ropa (sólo me tapo el vientre con una esquina de la sábana).

Abro una rendija, fina como un dedo, en la ventana. En la habitación entra rítmicamente una corriente de aire que mece los árboles afuera y las cortinas adentro, que me recorre como un escáner y sale por la puerta de la habitación y bate una puerta abajo. Estoy tan cansado que no soy capaz ni de levantarme para cerrar la puerta del dormitorio, aunque en mi fuero interno lo que desearía es bajar y abrir de todo la puerta que se está batiendo, para que el aire pase libre sin hacer ruido. Me parece tan fuera de mi alcance como ponerme a volar agitando los brazos.

En mitad de la noche me llegan campanadas desde lejos. No sé que iglesia será; me imagino una campana enorme, colgada de un robusto andamiaje en mitad de un descampado, de una colina elevada desde la que se puede ver mi casa, pero que no puedo ver desde mi casa. Los típicos pensamientos absurdos de antes de dormir, sólo que sin dormir, con una vigilia que se extiende sin fin.

El vecino empieza a gritar. Parecen gritos inarticulados, pero escucho con más atención y puedo distinguir palabras sueltas. Insiste en algo relacionado con fresas.

Qué horror acabar así. Me pongo a llorar y las lágrimas me alivian el cansancio de los ojos.

Se me pasan las ganas de llorar pronto. No logro ser constante en nada.

Me cambio de dormitorio para alejarme de los gritos. Al pasar junto al baño cojo un poco de algodón y hago dos bolas que me meto en los oídos.

En el otro dormitorio hay un par de grados menos. La colcha huele a humedad, y las sábanas están frías. Tirito de frío y me doy por vencido por esta noche. Me cubro con la colcha y me acuesto en el sofá con la tele encendida, sin quitarme los algodones. El sonido me llega apagado, lento, como a través de millones de litros de agua. Pierdo la consciencia durante un rato.

Tengo un sueño erótico en el que aparece Z, con rasgos y detalles extraños (el pubis depilado, creo que un tatuaje en la zona baja de la espalda... una Z de un universo alternativo en que se dedicase al porno). Se sienta sobre mí y se introduce mi pene entre las piernas, y sólo con sentir su calor y su peso sobre mí noto que me corro.

Me despierto y, efectivamente, me he corrido. Con tan mala suerte que la erección me ha salido por la ventanilla de los calzoncillos y he descargado todo el semen sobre el sofá. El sofá de funda de pana.

Lo limpio frotando con detergente, después con Fairy, pero no sale. Le doy la vuelta al cojín pero por el otro lado hay un desgarrón que han cerrado con dos imperdibles. ¡Dos imperdibles! ¿Quién vivía antes aquí, Johnny Rotten? Vuelvo a girar el cojín y tomo nota mental de comprar quitamanchas.

Me asalta la idea de mis espermatozoides avanzando a través de la tela de pana, en sus últimos instantes de vida, serpenteando entre la espuma del cojín en busca de un óvulo que nunca encontrarán. Muertos en un desierto árido y estéril, con la única compañía de ácaros y dos imperdibles oxidados.

¿Por qué añoro tanto a Z? ¿Por qué echo especialmente de menos lo que antes más me irritaba de ella? Cuando se levantaba antes que yo para ir a trabajar siempre me daba un beso en la mejilla que me despertaba. Me volvía a dormir con esa humedad primero caliente en la mejilla, después fría, cada vez más ligera. Sería tan fácil secarse esa humedad con un simple movimiento de la mano; pero siempre estaba tan agotado que el hecho de sacar el brazo de debajo de la ropa parecía una epopeya.

Me cuesta ser cínico con respecto a lo que siento cuando estoy solo. La mayoría de los sentimientos me resultan ajenos, sentimientos sociales que sólo concretizas cuando estás rodeado de gente y te obligas a pensar con palabras. Me sobran todas esas palabras; aquí sólo siento desesperación y aburrimiento. A veces al mismo tiempo.

Tengo dos visitas.

Me llega el paquete de MRW. Apenas oigo el timbre con la tele y los algodones. Es una caja de madera con una muestra de tres botellas de vino. Le acompaña una nota de un tal Alejo. No sé en qué momento de la convención, ni en que estado de embriaguez, hablé con él y pactamos algún tipo de arreglo o negocio. Abro una de las botellas, reserva 2002, pero con sólo oler el contenido me entra acidez de estómago. Vierto el vino en el fregadero.

Por la tarde viene un tipo a revisar la instalación del gas. Me pilla un poco con la guardia baja. Supuestamente me han dejado hace una semana una carta anunciándome el día y hora en que se pasarían. Mientras mira algo en la cocina, detrás del fregadero, compruebo el correo atrasado encima del taquillón y, efectivamente, tengo una carta de la compañía del gas. Sólo se demora unos minutos en la inspección, me hace firmar un par de papeles y se despide hasta dentro de cinco años. A saber dónde estaré en cinco años.

El tipo ha tirado el envoltorio de plástico de un toffee en el cubo del papel. Será capullo.

jueves, 22 de abril de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [73]

5 de diciembre - Hoy por la mañana (he dormido unas dos horas y todo me empieza a parecer desacompasado, como si ciertas cosas sucedieran a cámara rápida y otras a cámara lenta, pero todo en el mismo plano) se me ocurre otra imagen para ilustrar el tema de la experiencia: recuerdo a mi abuelo echándose azúcar en el café. Las dos primeras cucharadas las vertía SOBRE el café, pero la tercera y última, unas veces mediada, otras colmada, la introducía EN el café con la propia cuchara, y con ese mismo movimiento de inmersión revolvía el café. No había vuelta atrás después de esa última cucharada: la cuchara ya estaba mojada de café. Era la experiencia la que le decía la cantidad exacta de azúcar que ese día necesitaba.

Sé que nada de esto le serviría a Damián, aún en el caso de que se lo llegara a contar algún día, pero me ha sentado bien recordar a mi abuelo. Bien a pesar de triste.

Casi todos los recuerdos que tengo del abuelo son en la mesa de la cocina: la vez que le vi sacarse los mocos cuando creía que nadie lo estaba mirando, las sopas de café con leche y pan de ayer que se tomaba para desayunar (pobre del que se acabase el pan del día anterior), su cuchillo para pelar el queso, las partidas de cartas cuando venía alguien de visita, o cuando se puso enfermo y bajaba a comer en pijama hasta que ya no pudo levantarse y mamá le tenía que llevar la comida a la cama.

Un día subí a hurtadillas y los espié: hablaban como si tal cosa, pero mi madre le llevaba la cuchara hasta los labios como si fuera un bebé: sin la dentadura postiza masticaba la papilla con las encías, una servilleta a modo de babero y los brazos, inútiles, caídos a los lados.

Me metí en el cuarto de baño llorando, y ese lloro se me mezcla en la memoria con el entierro del abuelo, con el féretro con la ventana de cristal reposando en el mismo sitio exacto en que estaba su cama. Me acerqué otra vez a hurtadillas y miré su cara a través del cristal: parecía más vivo que la última vez porque el maquillaje le disimulaba el color amarillento de muerto, y la dentadura le devolvió a su estructura ósea la compostura y elegancia que siempre había tenido.

Fin.

El plato con restos de pescado está vacío. Vacío de pescado, quiero decir, pero lleno de agua. Caen chaparrones a cada hora, luego sale el sol. Y vuelta a llover.

Me paseo por la casa imaginando complejos juegos: partidos de baloncesto con un balón que me paso por debajo de las piernas mientras camino (cosa que nunca he sabido hacer), canastas de tres desde un extremo del pasillo hasta el otro, pases imposibles entre varios contrincantes. Estoy pensando en poner una mini canasta encima de la puerta de la cocina.

Subo hasta el piso de arriba. En una de las habitaciones que no uso hay una mancha de humedad que juraría que antes no estaba. La toco y está mojada. Mierda. Tiemblo de pereza sólo al pensar en todo el trabajo de ingeniería para arreglar una gotera. No me extraña que en las películas se limiten a poner una cacerola debajo. El problema es que aquí la gotera es en un rincón, y la humedad baja directamente por el interior de la pared. ¿Cómo se le pone una cacerola a eso?

Veremos como evoluciona. Con suerte sólo quedan tres o cuatro meses de temporada de lluvia.

Me llama mi madre por teléfono. Una vez más, para hacer de intermediaria entre mi padre y yo. Me ha llegado un paquete a casa y sólo estaba mi padre, que le ha dicho al mensajero que yo no vivía allí. Me pregunta que cuando voy a ir a comer y todo eso.

Llamo a MRW y pregunto por el paquete. Me cuentan la misma historia, pero sustituyendo “tu padre” por “un señor”. Les digo que me envíen el paquete a esta dirección. Mañana por la mañana estará aquí.

Me pregunto qué será y me viene a la cabeza Z. A la menor excusa vuelve a aparecer. Pero esta vez la historia tiene un cierto sentido que la extrae del mundo de las fantasías (auque no el suficiente como para atreverme a decirlo en voz alta): se ha olvidado de devolverme algo y como no sabe mi nueva dirección me lo envía a casa de mis padres.

No, no suena disparatado.

He dejado libros míos ex profeso entre los suyos, como agentes dobles que puedan servirme en el futuro. Pero dudo que sea eso.

Ojeo la carpeta de fotos en el ordenador. Otra vez.

La mayoría ahora me parecen mentiras: de tanto verlas ya parecen ficción, así que trato de encontrar pequeños detalles que hasta ahora me pasaron desapercibidos. Difíciles de falsificar.

Veo un tirante del bañador retorcido en su hombro. Veo a un tipo que mira directamente al objetivo desde el fondo de una foto. Veo el complejo juego de vigas y artesonado en el salón de la boda de alguien que no recuerdo. Veo un cubo y un rastrillo de juguete a nuestro lado en la arena de la playa. Veo un cuenco de patatas fritas en la mesa de al lado.

Amplío una imagen hasta ver sólo su cara, hasta ver sólo sus ojos. Puedo ver reflejado lo que había enfrente, una ventana con las cortinas descorridas y la silueta del fotógrafo, y todo me parece más real que su cara y que todos los recuerdos que tengo de nosotros.

jueves, 4 de marzo de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [72]

Como aquella cuerda que desaté, y como todas aquellas cuerdas que desató mi padre, sigo dándoles una oportunidad a los gatos.
Uno (o una) se acerca de vez en cuando a mi patio. Se estira al sol encima del tejadillo del gallinero, se pelea con las malas hiervas, se queda mirando fijamente a la araña del hueco del lavadero...
Me deja un margen de maniobra cuando está rondando la casa: me puedo acercar a un par de metros mientras simulo hacer algo; si sobrepaso esa frontera, se larga de un salto.
Como un benefactor anónimo, le dejo sobras junto a la puerta. Primero fue en el suelo, después en un pedazo de papel de aluminio arrugado, ahora en una bandeja de poliespán. El día menos pensado le compro un platillo en un chino.
Vale, mi aportación a la invasión felina no es abrumadora, pero ¿qué pasaría si cada vecino alimentase a un gato? Y aún así, siendo como soy un Judas, soy capaz de participar en el corrillo a la salida del colmado, o mientras espero mi turno en la furgoneta del pescado. Me he dado cuenta de que, desde que “tengo” gato como más pescado, y estoy atento por la mañana para oír el claxon de la pescadera.
Soy el único hombre en el corro, el resto son señoras mayores y una chacha con uniforme rosa que nunca dice nada y siempre parece tener prisa. Bueno, supongo que sí debe de tener prisa. Las demás, yo incluido, le cedemos con gusto nuestro turno.
Desde que salgo a los recados en zapatillas de andar por casa noto que me miran con más respeto. Me estoy integrando en el grupo. También influye el hecho de que crean que estoy ayudando a mi vecino, lo que me convierte en un “buen muchacho”.
Pero, ¿soy un buen muchacho? Ni idea.
La cosa es que hoy voy a por pescado; espero mi turno; le miro, a mi pesar, las piernas a la chacha cuando se estira para oler la caja de los mejillones; compro un par de jureles grandes, para asar; me voy a comprar el pan acompañando, en cámara lenta, a dos vecinas: una sé que se llama Rosalía porque la otra no para de llamarla por el nombre, pero la otra ni idea.
Sacan el tema del vecino otra vez. Yo, de verdad, no tengo nada que decirles que no sepan ya. De hecho, les tiro un poco de la lengua para que me cuenten algo a mí (segundo trabajo de arqueología). Y ellas encantadas, sobre todo no-Rosalía, que habla por los codos. Noto que me mira con complicidad cuando entra en materia.
Lo que me cuentan tampoco es gran cosa: mi vecino sólo tiene un hijo (Rosalía añade que tenía otra hija pero murió hace mucho, pero no-Rosalía dice que no era su hija, era su sobrina pero como si fuera su hija), y que vive en Zurich, en Alemania (sic), trabajando como ingeniero en la industria farmacéutica. Está casado con una alemana y tiene dos (o tres) hijos. No se habla con el padre desde hace años; parece ser que se llevaba mejor con la madre. Es una pena (sic).
Lo que colijo de todo esta historia es que mi vecino está más solo que la una.
En casa limpio el pescado y echo las sobras en la bandeja de poliespán. Damián se acerca a casa para tomar el café y me dice que ha tenido una revelación (tercer trabajo de arqueología): viendo un magazine matutino en la tele se ha enterado de que las hemorroides son hereditarias; de pronto ha visto su vida pasada en perspectiva y una de las imágenes más potentes de su pasado era la de su padre viendo el fútbol de pie, en el salón, mientras se fumaba sus Cohibas siglo VI. Una imagen de tensión, de poder, de dinamismo, que ahora se ha venido abajo como un castillo de naipes al comprender que no se sentaba porque le dolían las almorranas.
Toda su trayectoria vital ha avanzado en pos de esa bandera, una guía de masculinidad desatada que ha resultado ser una vena varicosa rebelde.
Trato de consolarlo, porque supongo que soy un buen muchacho, y le digo que llegado cierto momento todos nos quedamos sin referente, que debemos de orientarnos por nosotros mismos. Le explico que si uno se pierde y no tiene brújula hay una forma de encontrar el norte con el reloj: un complejo sistema en el que entran en juego las agujas del reloj, el sol, el número doce, una mediatriz y el horario de verano.
Pretendía ser una metáfora sobre la experiencia y la madurez, pero al final me lié y me limité a levantarme y tomar el café de pié con Damián.

viernes, 22 de enero de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [71]


4 de diciembre - Hoy he realizado tres trabajos de arqueología que paso a detallar a continuación.
Mi historia con los gatos amenaza con salir a la luz. Ya no se oyen más que quejas en el vecindario por la nueva invasión de felinos. Lo que aun no sabe la gente es que, espero que sólo en parte, la culpa es mía.
Tengo que retrotraerme un par de décadas; lugar: la antigua casa de mis padres; contexto histórico: Primera Invasión Gatuna. Uno de los puntos calientes era nuestra huerta, concretamente el altillo del gallinero, que utilizábamos para guardar la hierba seca, y donde se metía una gata a parir y a criar sus camadas. Con lo pequeña que era, siempre paría en abundancia, la muy hija de puta, amenazando con sobrepoblar el vecindario.
Lo normal era que mi padre esperase a que la gata saliese a dar una vuelta a hacer sus cosas de gato, y aprovechase su ausencia para coger a sus crías y meterlas en una caja.
En cualquier historia esta caja acabaría en un río, pero ninguno de nosotros se atrevía a realizar el infanticidio, y tampoco había ningún río a mano. Así que mi padre se llevaba la caja de paseo y la dejaba abandonada en algún rincón: en una obra, en una casa medio derruída... lugares donde un gato callejero pudiera medrar y llevar una buena vida.
El instinto maternal, sin embargo, todavía tenía algo que decir, e indefectiblemente, en un lapsus de tiempo de entre unas horas y un par de días, la gata volvía a traer a sus crías al altillo: las traía, todavía ciegas, colgando de sus fauces, de una en una. Por mucho que nos tocase la moral, había que admirar su tesón.
En otro despiste, mi padre las volvió a coger, las volvió a meter en una caja y, esta vez, me tocó a mí llevármelas. La consigna de mi madre: esta vez, más lejos. Así que cruce un par de carreteras, atravesé un parque conteniendo el aliento para que la caja no se pusiese a maullar al cruzarme con alguna persona, evité a la gente que paseaba perros... y llegué a un bosquecillo de acacias cerca de unas casas donde abandoné la caja. En un momento de debilidad desaté la cuerda que la cerraba.
Un par de días después, mi madre veía a la gata con algo colgándole de la boca. Rezamos para que fuese un ratón muerto, pero de el altillo salian maullidos de crías. Habían vuelto.
En otro despiste, mi padre las volvió a coger y, esta vez, metió la caja en el coche y salimos de la ciudad. Recorrimos unos buenos quince kilómetros y nos detuvimos en una carretera sin asfaltar, bajo una farola fundida, a una distancia prudencial de las casas habitadas más próximas. Apagamos las luces del coche, sacamos la caja del maletero y la dejamos en la cuneta. Me alegré cuando vi que mi padre rompía la cuerda que la cerraba.
Esta camada no volvió, pero la gata tuvo varias más antes de desaparecer. Y todas acabaron en esa cuneta que tan buen resultado nos había dado.
Menos una de las crías, que se nos coló entre la paja y creció lo suficiente como para abrir los ojos y salir al mundo exterior y se nos metió en casa en busca de comida. Mientras su madre la observaba aterrada desde el patio, ella se metia en la cocina y nos miraba como a curiosidades de la naturaleza absolutamente inofensivas. Y cuando te miran asi, es muy difícil hacer daño.
La adoptamos y le llamamos Carmen, como a la tía Carmen, porque también apareció en casa sin que nadie la hubiese invitado. Era una broma privada que nos dió más de un disgusto; pero esa es otra historia.
Le seguimos llamando Carmen incluso cuando le salieron los testículos, y me alegre cuando en un cómic de Lobezno averigüé que el padre de Gata Sobra (todo tenía relación) se llamaba Carmen. Efectivamente, Carmen en los paises anglosajones podía ser un nombre masculino.
Pero me estoy yendo del tema. [Continuará]

jueves, 17 de diciembre de 2009

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [70]

3 de diciembre - Durante la noche escampa y bla bla bla. Cuando la muerte se inmiscuye en la vida todo se vuelve banal, aunque sea la muerte de alguien que no conoces o de alguien que no te importa. No es el caso, porque todavía no está muerto y sí lo conozco.

Me llama mi madre y después de una retahíla de lugares comunes que hace que parezcamos un anuncio demasiado largo, se calla un segundo, como para coger carrerilla mental, y me dice lo que quería decirme desde el principio: el tío Gabriel vuelve a estar mal, lo que quiere decir que vuelve a tener cáncer, o que recayó o como coño se diga.

La primera vez, debe de hacer unos siete u ocho años, tuvo cáncer de colon, creo. Por alguna alusión, alguna conversación telefónica oída a medias, llegué a la conclusión de que tuvo cáncer de colon y que, aunque al principio pintaba mal (lo suficiente como para que volviera a hablar con mi padre) al final parece que “se lo cogieron a tiempo” y “salió adelante”.

Qué recuerdos tengo de mi tío Gabriel: la mayoría, de una época que vivió con nosotros en casa, no recuerdo por qué ni por cuánto tiempo. En mi memoria aquello pareció durar un año, pero probablemente fueron dos o tres semanas, un mes como mucho. La conclusión a la que llegué fue que tuvo algún problema con su mujer, Matilde, sobre todo porque una noche ella vino a casa y estuvieron todos hablando en el salón y por la mañana el tío Gabriel se fue. Por aquel entonces todo eran problemas de trabajo o problemas de mayores, y aquello tenía pinta de problema de mayores. De hecho, a los pocos años se divorciaron.

Mi tío Gabriel fue la primera persona que conocí que se divorció. Para mí era un pionero, un adelantado a su época, porque trabajó en Alemania y se trajo un video VHS cuando sólo algunos por aquí tenían un Beta, porque en las fotos de la boda de mis padres llevaba un traje de terciopelo, y porque tenía un pendiente.

Cuando vivió con nosotros dormía en mi habitación, en mi cama. Yo dormía en un colchón en el suelo, un colchón de cuna que me dejaba los pies afuera. Antes de dormirnos reinaba un aire de campamento, con pedos y chistes verdes. Todo se acababa cuando apagábamos la luz.

A los pocos minutos, supongo que cuando se creía que yo ya estaba durmiendo, él se ponía a sollozar, a llorar con la cara pegada a la almohada. Así estaba un tiempo que se me hacía interminable, hasta que se quedaba dormido y empezaba a roncar. Creo que de ahí viene mi animadversión hacia los sonidos de origen humano, a esas noches interminables de insomnio en que sólo lograba dormirme al alba, ya por puro agotamiento.

También recuerdo “El misterio del azafrán en el lavabo”, uno de los primeros misterios reales que resolví en mi carrera de detective privado infantil (sin contar la tuerca de pendiente desaparecida, porque simplemente la encontré y eso no supone ningún ejercicio deductivo, sólo recorrerse toda la casa a cuatro patas): tardé como tres días en darme cuenta de que aquellas hebrillas rojas no eran azafrán, sino pelos de me tío. Eso explicaba que apareciesen por la mañana, justo después de que él se afeitara (nunca he dicho que yo fuera un niño inteligente).

Recuerdo que dibujaba muy bien, y mientras lo miraba garabatear él me decía que era descendiente de Van Gogh. Yo no entendía muy bien como él podía ser descendiente de Van Gogh y mi padre y yo no, pero eso explicaba que dibujase bien y fuese pelirrojo, y nosotros no.

Recuerdo estar toda la familia viendo una comedia romántica, una de Rod Hudson o alguien así, y una chica está en la bañera leyendo un libro y mi tío, que está sentado a mi lado, me dice en petit comite, agrio, resentido, que eso es una tontería porque las manos siempre se te humedecen con el vapor y el libro se moja y se arruga y se echa a perder. No se si de ahí me ha quedado cierto escepticismo hacia cualquier tipo ficción, y la costumbre de cuidar en extremo los libros.

Mi madre me dice que mi tío Gabriel está ya internado y que no saben cuanto durará, pero que de ésta parece que no va a salir. Cuantas palabras para hablar de la muerte. Yo hago mi gran viaje mental hasta casa, hasta el funeral, hasta todos los familiares y conocidos y me produce tanto hastío, tanta pereza, que casi desearía morirme yo para ahorrármelo.

Por lo demás, me han dejado publicidad en el buzón: ¿Vacaciones en Rumania? Claro, por qué no.

sábado, 10 de octubre de 2009

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [69]

2 de diciembre - Cuando por fin logro conciliar el sueño, o su equivalente mustio, pálido y desinflado, me despierta un sonido cavernoso y retumbante. En mi cabeza, en mi sueño recién desprecintado, aquello crea imágenes de orquesta sinfónica afinando, pero resulta ser el aire de las tuberías dejando sitio de nuevo al agua.

Decido darme una ducha para celebrarlo. Dejo correr el agua un rato, que pasa de marrón a amarilla y por fin a incolora. Me la meneo un rato pero no logro emocionarme ni siquiera de forma refleja. Mi ducha no me pone.

Salvo el paréntesis Rafaela, mi vida sexual parece la de una vaca lechera. Una vaca que se ordeñase a sí misma, claro.

Encuentro una báscula en el baño, al fondo de una alacena misteriosa. La envuelvo en plástico de envolver para evitar las manchas marronáceas que la cubren y me subo: peso 78 kilos, 8 por encima de mi peso ideal según una revista que ojeé hace mil años mientras le cortaban el pelo a Y. Me quito el pantalón vaquero y bajo a 77 kilos. Respiro aliviado, no sé por qué. Hago cálculos: ¿el peso de las gafas se puede incluir en el peso corporal si sólo te las quitas para dormir y ducharte?

Nunca he hecho propósitos de año nuevo, pero hoy he decidido que el año que viene voy a adelgazar hasta 70 kilos. Me siento un poco convencional por el mero hecho de pensarlo, pero me agrada la idea de que algo en mí sea ideal, aunque sólo sea el peso.

Me queda, pues, un mes para comer lo que quiera. Después, puerros con queso fresco y cosas de esas.

Peso las gafas en la báscula de la cocina. Peso también mi orina en una baso (96 gramos), pero en la báscula del baño sigo pesando lo mismo que antes de mear: es como si mi cuerpo se adaptase, se amoldase y siempre fuese igual, haga lo que le haga: un objeto perfecto.

Como si Damián me estuviese espiando con una cámara oculta, me llama por teléfono en ese momento y, sin mediación, reflexiona en voz alta sobre la orina y sus variantes: la orina de la mañana, la orina de mitad de la noche, la orina de resaca, sus olores, sus matices, sus colores, su densidad.

Después (en el tiempo, lo que quiere decir “antes” en su cabeza), me dice que sus vecinos de arriba están a punto de parir, y que reza todas la noches, antes de dormir, para que el futuro bebé no sea llorón. Damián y yo compartimos una fobia a los ruidos de origen humano, así que entiendo perfectamente la situación de angustia por la que está pasando. Sin embargo me temo que está introduciendo poco a poco un tema: quiere pedirme que le deje mudarse a mi casa. Lleva un tiempo haciendo alusiones veladas: la cosa del trabajo está jodida, cuánto espacio libre tienes, en que buen vecindario has acabado, siempre he soñado con vivir en una casa, etc, etc... pequeñas cuñas casi imperceptibles pero que juntas sólo pueden ser eso: una intención.

Ya compartí piso con Damián (y con Lepo) y sé que somos compatibles, pero me he acostumbrado a vivir solo y estoy demasiado cómodo.

¿Se puede estar demasiado cómodo? Supongo que sólo cuando estás a un paso de estar incómodo.

Vivíamos en un piso que parecía una cueva con paredes empapeladas y muebles viejos, no antiguos; paredes desalineadas en las que no encajaba ninguno de los muebles, repintados tantas veces que parecían acolchados. Además de con una colonia de carcoma y una familia de ratones compartíamos el piso con Lepo (no recuerdo cómo se llamaba de verdad; un nombre compuesto no demasiado común, tipo Carlos Antonio). Tenía labio leporino, de ahí el sobrenombre, y Damián estaba convencido de que era contagioso, por lo que tenía un juego de vajilla para él solo: baso, plato, cuchillo, cuchara y tenedor. Todo lo lavaba y lo guardaba a parte; Lepo creía que simplemente estaba obsesionado con la higiene, lo cual no casaba demasiado con la falta de higiene de Damián en todos los demás campos. Lepo no era especialmente agudo.

Cuando los vecinos de arriba follaban siempre ponían una casette de Juan Pardo a todo volumen. Como perros de Pávlov, Damián se pone cachondo cada vez que oye a Juan Pardo; yo sólo puedo recordar a Lepo haciendo el pino-puente en el sofá en su imitación de actor porno en plena faena, dando cachetes a un culo imaginario y pasándose la lengua por los labios.

Tanto pensar en dietas me ha dado ganas de comer. Salgo a hacer la compra. Empiezo a pillarle el truco a la cerradura: empujar la puerta hasta completar el primer giro de la llave, y después tirar ligeramente, no hasta el límite.

Unas vecinas están hablando sobre la invasión de gatos. Saludo pero no me paro: es un tema en el que prefiero no entrar.

Me equivoco en el pin de mi tarjeta de crédito y no puedo sacar dinero para la compra. Como es por la tarde me quedo sin nada hasta mañana: un flashforward de mi vida, como no encuentre pronto trabajo.

A Damián siempre le queda un comodín: Carpintería de aluminio Cajaraville. A mí me queda pescar monedas en las fuentes.

Empieza a llover; cuento el dinero que me queda en la cartera y entro en una cafetería. Me quedo mirando a una chica preciosa que habla por el móvil. Ella me mira y pone los ojos en blanco y dibuja una espiral en el aire con el dedo índice en un gesto cómico y adorable que hace que me enamore de ella durante un minuto. Después entra un tipo que se sorprende al verla allí y se sienta a su mesa. El tipo lleva una badana en la cabeza, algo sólo aceptable si tienes cáncer.

No deja de llover, así que vuelvo a casa casi corriendo. Al llegar me doy la segunda ducha del día. En el silencio de la noche oigo a mi vecino hablando a voces y a los gatos maullando bajo los aleros de las casas, esperando a que escampe.

jueves, 27 de agosto de 2009

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [68]


Me hago una paja en la ducha de Carlota. Esto tiene visos de convertirse en una costumbre: correrme en las duchas ajenas.
Tras el desahogo, las cuestiones vuelven a agolparse en mi cabeza pero, afortunadamente, acaban respondiéndose solas. Eso sí, otras ocupan su lugar.
Carlota insiste en preparar un par de tazas de café (yo insisto en que prefiero té). Veo el ordenador en pausa sobre la mesa y le pregunto si puedo usarlo y ella me responde desde la cocina que sí. Me conecto al wifi del vecino y consulto mi correo electrónico, el equivalente digital del correo basura que me llega en papel a casa: saldos de ropa, boletines de noticias del club de garage y psicodelia al que estoy subscrito y del que me da pereza darme de baja, últimos movimientos de mi tarjeta, etc. En un rapto de frenesí creo una cuenta, ay, a nombre de “pisamierdas_con_ositos_de_ganchillo”.
Desde la cocina Carlota me pregunta si quiero leche. No. ¿Azúcar? Sí.
Ya con el google encendido aprovecho para mirar lo de Damián. Su enfermedad se llama erotomanía. No está solo.
Sin ser yo de natural curioso decido echar un vistazo a una carpeta que me mira desde el centro de la pantalla del ordenador. Su título: FOTOS (las mayúsculas no son mías). ¿Qué espero encontrar? La prueba fehaciente y palpable de que Damián y Carlota están confabulando a mis espaldas; o al menos de que están liados. Necesito un complot en mi contra.
Sólo tengo tiempo de ver unas pocas fotos. Carlota y una amiga (Tania, Antía, Tatiana... no sé, una chica esquelética que me han presentado un par de veces y que tiene un piercing encima de la boca que de lejos parece una verruga) de viaje por Londres. En la mayoría aparecen fotografiadas en un salón de actos con los participantes de un concurso de dobles de famosos. Una tipa supuestamente parecida a la Reina de Inglaterra le entrega el primer premio al ganador: un tipo mayor con la calvicie engominada hacia atrás y que no deja de sonreír enseñando los dientes y que, imagino, debe de ser un doble de Jack Nicholson aunque sólo se le parece en las Ray-Ban. No puedo preguntarle a Carlota que narices hacía en Londres en un concurso de impersonators porque sabría que le he estado curioseando las fotos; así que, o bien saca el tema ella, o me iré a la tumba con la duda. Buff, qué ansiedad.
Vuelve de la cocina con una taza de café, una de té y un popurrí de pastas, y pone un popurrí de éxitos de los ochenta en el equipo de música a medio volumen. Su forma de conversar me pone de los nervios: nunca te dice directamente lo que quiere, sino que comienza in media res, como si entrases en el cine cuando ya llevan veinte minutos de película, lo que convierte la conversación en una sucesión de flashbacks que van conformando un entramado de apariencia complejísima y que sólo al final puedes observar en toda su estúpida integridad. Pero sólo porque tú, en primera instancia, has preguntado.
Cómo puedo ser amigo de alguien tan retorcido, eso es lo que yo me pregunto.
No puedo dejar de mirarle los dientes mientras habla: los tiene grises y gastados, casi translúcidos. Carlota “coqueteó” (sic) durante un tiempo con la anorexia. Decía que era como comer con condón. Me ofrece pastas: las ha traído de Londres; el té es de Carrefour.
Pasamos así un rato intrascendente. Alabo las pastas, ella me pregunta por mi jersey nuevo.
Saca el tema de Rosendo, pero yo no tengo ánimos para seguirle el juego, así que la conversación entra en vía muerta. Hablando de personas con tonterías encima del labio: cuando conocimos a Rosendo tenía una herida justo debajo de la nariz, una herida que se le complicó y se le infectó y que tenía una costra realmente fea. La cosa es que con eso debajo de la nariz parecía Hitler, y comenzamos a llamarle Adolfo. Por lo demás, tiene aspecto de relaciones públicas de una discoteca, de persona que trabaja de noche y duerme de día, con su barba perfilada, los dos botones superiores de la camisa siempre desabrochados y la mano adaptada al contorno de un vaso de tubo.
Saltamos cuatro años hacia el futuro, a hoy por la tarde. A Rosendo sigue sin salirle pelo donde la herida (con lo que se parece más a Cantinflas que a Hitler), y Carlota me habla de él como si hubiésemos estado hablando de él ayer mismo, cuando en realidad no lo hacemos desde hace, no sé, nunca. Resulta que al final ha conseguido la beca y ha entrado en el grupo de posgrado de psicología donde trabajan con ciegos de nacimiento para tratar de dilucidar qué gestos son aprendidos y cuáles innatos. Yo, de verdad, no tengo nada que decir sobre Rosendo; soy del tipo de persona que se hace una opinión rápida de los demás basada en detalles nimios y superficiales. Sé que es injusto y que probablemente en la mayoría de los casos me equivoque (de hecho, lo sé: todos mis amigos me cayeron mal en un primer momento), pero no puedo evitarlo. De Rosendo sólo podría decir que tiene unos codos feos, huesudos y rojos, como dos rábanos, y que es de los que pone una pelota de tenis en el enganche del remolque, y que por esos dos motivos no lo soporto. La única conversación que mantuvimos sin un tercero mediante fue acodados en la barra del Atasquito, entre dos bailes (él) y dos copas (yo); nunca lo olvidaré: se me acercó y me dijo que se follaría hasta a una bicicleta si tuviesen coño.
Carlota intenta sacar el tema “Rosendo” adelante, bregando, empujando, bombeando, pero yo me muestro tozudo como una montaña. Como corolario de este sinsentido y anticipo de mi marcha, le pregunto si Rosendo sigue con Domenica, y Carlota salta y dice que la idiota esa se ha vuelto a su país y demás cosas que no vienen para nada a cuento, como que tiene las tetas tan caídas que cuando se pone en bikini las dos piezas se tocan y parece que lleve bañador.
Me vuelvo a casa con el coche resollando. Desde que como rico en fibra mi mierda es tan dura, tan compacta, que ni mancha el culo. Cagar vuelve a ser uno de los puntales del día.

sábado, 11 de julio de 2009

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [67]

1 de diciembre - Carlota es pelirroja, y siempre va vestida con combinaciones de verde y/o violeta, como una villana de Marvel. Y algo de genio maligno tiene, una décima de segundo de demora en cada respuesta que da y que le confiere una segunda intención a todo lo que dice; o quizás soy yo, que soy un desconfiado. Pero lo que es indudable es que Carlota es la típica persona que te lía para que le hagas favores al tiempo que te convence de que es ella la que te lo está haciendo, con lo que una relación con ella acaba convirtiéndose en una telaraña confusa de favores que le debes.
Después del asunto del jersey y, sobre todo, del affaire “apuntes para las oposiciones”, le “debía” dos favores recientes, lo sabía, así que cuando hoy me llamó me temí que querría cobrarse uno, sobre todo cuando insistió después de que la primera vez no le contestase. Contesto y es para ofrecerme su ducha. No sé cómo se ha enterado de que la mía no funciona; bueno, sí se cómo: sólo ha podido ser Damián. Lo que no se es por qué.
En los viejos tiempos de solteros formábamos los tres una relación triangular. Un triángulo de camaradería, no sexual; un triángulo rectángulo en que Carlota era la hipotenusa y Damián y yo los catetos, en todas sus acepciones. Si había confabulaciones y confidencias eran entre Damián y yo, nunca con Carlota. O eso creía.
Me pregunta qué tal estoy con un énfasis especial. Le respondo que bien pero no le pregunto cómo está ella: la típica cortesía que no me surge de forma natural porque en realidad no me importa cómo pueda estar ella ni casi nadie.
Quiero ir a su casa tanto como arrancarme una tirita del antebrazo, así que tengo que hacerlo cuanto antes y de un tirón. ¿Una ducha a las cuatro de la tarde? Por qué no. Cuando estoy terminando de acicalarme como un gato, intentando lograr la apariencia de no necesitar una ducha a base de agua mineral y desodorante, suena el timbre, otro restallido eléctrico que rompe mi tibia y plácida existencia. Es una de las vecinas, que me llama don Emilio y me habla como si fuera el médico del pueblo; me dice que va a bajar a la fuente a por unos cubos de agua y que si quiero puede traerme de paso. Que una anciana de setenta años (por lo bajo) me carrete cubos de agua hasta casa me suena demasiado feudal, así que le digo que voy con ella y cojo unas botellas vacías y un cubo.
La fuente está calle abajo, escondida detrás de unos setos que cierran el parking improvisado en que se ha convertido un solar en eterna futura construcción. Atravesamos una zona embarrada por unas piedras estratégicamente colocadas y entramos en un paraje a medio camino entre la Tierra Media y donde se pinchan los yonkies. El manantial surge gélido y sin brío de un canalón oxidado en mitad de un muro de piedra. El único elemento que me recuerda que seguimos en el siglo XXI es el cartel de No potable clavado encima del canalón. La vieja (creo que Engracia) se agacha antes de que pueda ofrecerme a echarle una mano, mostrándome sus medias hasta las rodillas y una porción de pierna desnuda, blanca como el requesón, y unos huecos poplíteos inflados y llenos de venas. Sentí un escalofrío entonces y lo siento ahora al acordarme. Dejo que el agua me corra por las manos hasta que se me quedan insensibles, rojas como las de una pescadera, para limpiarme de todo lo que no puedo limpiarme.
A la vuelta, bamboleándonos con el peso, Engracia me pregunta qué tal está mi vecino. La pregunta me descoloca un poco, pero lejos de querer establecer un diálogo a cámara lenta le digo que bien. La miro de reojo y la veo negar con la cabeza. Hasta mañana. Aquí todo el mundo se despide “hasta mañana”.
Tengo una ocurrencia feliz: intento encender el coche para dejarlo morir en soledad en el parking junto a la fuente pero, milagro, responde con ronco entusiasmo y me atrevo a ir en él hasta casa de Carlota. Ella me recibe ligerita de ropa, con una especie de vestidito verde sin mangas, por la mitad del muslo. Me da un abrazo y dos besos como si me acabase de quedar viudo.
Que me tome una ducha parece de repente una cuestión de vida o muerte, así que me lleva antes de nada hasta el cuarto de baño, que huele intensamente a rosas, no como el mío, que huele intensamente a puerto de mar. Cuando se agacha para coger una toalla de un cajón se le sube el vestido y veo como me mira de reojo para ver si yo le estoy mirando las piernas. Yo, que sí se las estaba mirando, aparto la vista en el último instante y simulo mirar las fotos que tiene colgadas a los lados del espejo. ¿Es una locura pensar que ella pueda estar interesada en mí? Carlota apenas conocía a Z de vista, pertenecían a dos facciones distintas de mi grupo de amistades, así que no creo que en ella haya camaradería post-ruptura. Envalentonado con el reciente éxito con Rafaela pienso que tal vez sí haya cierta tensión sexual en el ambiente. Me miro, me sopeso en el espejo: mi look Bob Dylan de las viejas fotos ha tenido que ir evolucionando por culpa de las gafas de alta graduación, las entradas más que incipientes y la tripa, hacia un look Godard.
¿Es Carlota una chica Godard? ¿A quién puedo preguntarle? A Damián, descartado. Primero: porque las recientemente descubiertas conversaciones entre ellos lo señalan como agente doble. Segundo: cree que todas las mujeres están enamoradas de él. Eso es una enfermedad, estoy seguro. Para Damián, hasta su madre está enamorada de él, y en su mente enferma no sólo no resulta descabellado, sino que hasta tiene cierta lógica: su madre se enamoró del padre de Damián, y él es igual que su padre sólo que joven y con menos nariz.

martes, 23 de junio de 2009

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [66]

30 de noviembre - Damián no me contesta ni en casa ni en el móvil, que primero está apagado o fuera de cobertura y a partir de las siete de la tarde tiene el buzón de voz conectado. Después de la tormenta de ayer, hoy hace calor como de final de verano, con mucha humedad y sonidos selváticos. Los animales todavía no se fían; les llevará un par de días retomar la normalidad. A nosotros nos va a llevar un poco más. Tipos del ayuntamiento están recogiendo los desperfectos, las tejas, cristales, farolas y ramas que salpican la calle; las reparaciones vendrán después. Me cruzo con un par de vecinas al volver de comprar el pan y cotilleamos un poco: nuestro barrio de viviendas unifamiliares de clase media/media-baja no es una prioridad para el ayuntamiento. Los operarios, dicen, sólo se han pasado por aquí a despejar la carretera para que pueda circular el tráfico. Sin embargo, la tubería rota ha dejado a media acera sin agua (unas treinta casa, unas cincuenta personas, lo mismos que viven en un par de edificios del centro), y no han hecho nada al respecto. Eso evidencia sus prioridades. Mis dos vecinas no cuentan con que se presenten los del agua hasta dentro de dos o tres días. No me atrevo a preguntarles como se las van a arreglar sin agua hasta entonces.
Damián sigue sin contestar. Él y yo éramos inseparables de niños, cuando el hecho de vivir en casas contiguas es motivo suficiente para ser los mejores amigos. En la primera adolescencia era imposible vernos por separado; teníamos chistes privados, utilizábamos las mismas muletillas, terminábamos las frases del otro. Comenzamos a interesarnos seriamente por el cine: íbamos a ver dos películas por semana y nos gastábamos el resto de la paga en el videoclub; grabábamos cortos con la videocámara de su padre, y hasta hicimos una revista de cine durante una época, con críticas de las películas que habíamos visto esa semana (como todas se llevaban cinco estrellas, tuvimos que inventarnos una sexta para distinguir las películas que realmente nos habían gustado), fotos que sacábamos de la guía de la tele y la sección de noticias que recortábamos del boletín del videoclub; esto lo fotocopiábamos y se lo vendíamos por diez pesetas a nuestros padres, al abuelo de Damián y a Roge, un compañero de clase con un ligero caso de hidrocefalia.
Recuerdo que hasta le lloré a mi madre un año que nos tocó en clases separadas hasta que fue a hablar con mi tutora. Nunca le pregunté que pasó en esa reunión, pero nos mantuvieron en grupos distintos. Por esa época, los catorce años, nos comenzamos a distanciar, no sólo físicamente: sus padres se divorciaron y Damián se fue a vivir con su madre a un piso al final de la calle, al otro extremo de un abismo de ciento cincuenta metros; al mismo tiempo, empezaron a gustarle seriamente las chicas y les dedicaba todos sus esfuerzos y tiempo. Como a mí todavía no me volvían loco, podía observarlo con cierta objetividad analítica: la adolescencia le sentó mal a Damián, los rasgos le crecieron descoordinadamente y sufrió un grave caso de acné. Con una nariz como un pepino y la cara, literalmente, supurando sangre y pus, lo único que logró con las chicas guapas del instituto fue ser su recadero. Lo más parecido por aquellos tiempos a tener un amigo gay. Comencé a mirarlo con superioridad moral cuando nos saludábamos por los pasillos, yo, que había descubierto los placeres de la nouvelle vague y el ajedrez.
Acaba de llamar a la puerta un tipo del ayuntamiento para hablar conmigo (parece ser que alguien le ha dado mi nombre y me habla como si yo fuese un representante vecinal. Yo le digo que yo no soy en realidad yo, que soy mi compañero Emilio G.R. pero que puede contarme lo que venía a contarme a mi). Es un tipo gordo, afeminado, con un color de piel como de genitales de tanto solarium. Me da una tarjeta, se llama Mónico. Se sincera conmigo a media voz y después de mirar a los lados con suspicacia: el ayuntamiento (ese ente abstracto y corrupto que se ha dedicado los últimos ocho años a construir parkings privados) está sobrepasado y se ha visto obligado a subcontratar las reparaciones de nuestra zona, un barrio construido originariamente por el sindicato de electricistas y que siempre ha mantenido una relación tensa con el poder municipal. Como si me estuviese hablando en chino. Mónico está apretando para que nos cambien la tubería cuanto antes. Me promete que pasado mañana a lo sumo. Le pregunto cómo nos las vamos a arreglar sin agua dos días y, tras un silencio, me dice que verá lo que puede hacer. Le doy mi teléfono y promete llamarme para darme una solución esta misma noche. Emilio, me dice, confíen en mí.
Después del instituto, Damián se fue a estudiar a Madrid a una universidad privada el equivalente en universidad privada de Empresariales, algo así como Dirección y Gestión Empresarial. Tras años sin vernos me lo encuentro en nuestro colegio electoral como interventor de un partido político al que nunca le votaríamos ninguno de los dos. Ambos seguimos empadronados en nuestras casas maternas por motivos fiscales aunque ninguno de los dos vivamos ya allí. Damián se afilió a ese partido (Pelanduscas Portuarias) por motivos pecuniarios. De repente, llegados a cierta edad, todo tiene que ver con el dinero.
Intercambiamos teléfonos como quien se da la mano, pero unas semanas después me llama para ofrecerme un trabajillo de un par de días. Como no tengo nada mejor que hacer, acepto. Quedamos para tomar una cerveza y me lo explica (ya no recuerdo de qué trataba, da igual), y nos ponemos al día en lo que acabará por convertirse en una costumbre: él me cuenta sus correrías sexuales más recientes (que bordean la leyenda), y yo mis paranoias y cuitas de pareja, según esté en ese momento viviendo solo o en pecado.
Por fin me contesta al teléfono. Le digo que si puedo pasarme por su casa para darme una ducha, que estoy sin agua y tengo hasta las sangraduras de los brazos irritadas de tanto sudor. Después de ducharme nos apoltronamos en el sofá, compartimos un canuto y un par de cervezas y Damián me cuenta que anoche acabó enrollándose con una tía (ni Lucía ni ninguna de nuestras compañeras: otra) pero lo que creía que era un condón en el bolsillo acabó siendo una toallita aromática para las manos que cogió en un stand de la feria, con lo que se acabó corriendo en las tetas de la tía y pasándole después la toallita.
Yo no le digo que llevo días sin dormir porque no puedo dejar de pensar en Z. No es que a lo largo del día, sumado el tiempo total, le dedique mucho tiempo tangible a pensar en Z; pero sí se me presenta continuamente, apenas un segundo, una imagen que se repite a intervalos, como si estuviese intentando salir de un laberinto y me diese de bruces con el mismo callejón sin salida una y otra vez.
le digo que ayer follé con Rafaela y que justo le bajó la regla y que su compañera de piso está como un cencerro. No para de reírse mientras va a la cocina y vuelve con dos cervezas más. Me pide que le cuente qué soñé hoy; no sé por qué le tranquiliza tanto oír mis sueños, pero parece un niño escuchando un cuento antes de dormir. Para salir del paso le repito mi sueño recurrente de los interruptores, que tanta gracia le hace: me levanto sigilosamente todas las noches y me como los interruptores de la luz de la casa. Al intentar arrancar el del timbre de la puerta lo hago sonar y despierto a toda mi familia, que descubren así que el causante de las misteriosas desapariciones de interruptores era yo y no un ratón, teoría que manejaban hasta ese momento.
De vuelta en casa escribo esto mientras oigo al vecino hablando solo; y después no sé si se ríe o si está llorando.