:espantajería

jueves 26 de enero de 2012

:D.H. Lawrence parte 4

Henos aquí reunidos, una vez más, para celebrar una vida, una memoria, una aventura sin parangón, la del insigne escritor, intelectual, estudioso y, en definitiva, GRAN hombre que fue, es y será D.H. Lawrence. Como todo lo que diga se quedará corto para loar su magnificencia, y se les hará largo de leer, paso, sin más dilación, a las diapositivas.
Continuando con la tradición, aquí se recopilan otras 25 estampas narrativo/gráficas, las comprendidas entre los números 76 y 100. Para una mejor comprensión, se ha optado por colocarlas en orden numérico, primero la 76, a continuación la 77, y así sucesivamente hasta llegar a la 100.
Al final de la proyección habrá un pequeño debate con ágape y acompañamiento de tonadillas regionales. Que ustedes lo disfruten.

























domingo 22 de enero de 2012

:William Kemmler

Fantástico el último libro de Jean Echenoz publicado por Anagrama en nuestro pais, Relámpagos, una suerte de biografía sui generis de Nikola Tesla, aquí renombrado Gregor. Con su habitual ironía y estilo aparentemente ligero, Echenoz pasa como de puntillas, con socarronería, sobre temas capitales en el paso del siglo XIX al XX.
Por ejemplo, una guerra de patentes entre la corriente contínua y la alterna entre las compañías de Edison (la General Electric) y la de Westinghouse, hace que el ladino Edison, para convencer a la opinión pública del peligro de la corriente alterna de la competencia, achicharre animales en plazas públicas. Pasando de las mascotas y el ganado a los elefantes, a Edison se le ocurre la genial idea de que nada mejor para convencer a las personas del peligro mortal de la electricidad, que matar a una persona. Para ello construye la primera silla eléctrica, y el primer "voluntario" en probarla es el reo condenado a muerte William Kemmler.
Así lo cuenta Echenoz:

"Ingresado en el presidio de Sing Sing, este primer cliente resulta ser un tal William Kemmler, quien acaba de ceder al impulso de degollar a su pareja con un hacha. Tales prácticas no están bien vistas, ya que el influjo del alcohol no es excusa alguna. Así pues, juzgando nada correcto despedazar de ese modo a su concubina, ha sido condenado a muerte, veredicto con el que el propio Kemmler, en buena lógica, se muestra conforme.
Hasta ahora, en tales casos, se ahorca. Pero Edison, valiéndose de sus relaciones, aduciendo que su nuevo sistema es más humano que el brutal patíbulo, más rápido, más higiénico, se las ingenia para hacer instalar un dispositivo idóneo en el penal. Considerando que ser sometido a tal procedimiento requiere un mínimo de confort, se juzga preferible que el reo esté sentado: en vista de ello se ordena talar y trocear un roble que crecía inocentemente en el patio de la cárcel, y con cuya madera los codetenidos de William Kemmler confeccionan un sucinto sillón. A dicho mueble se fijan dos electrodos revestidos de esponjas húmedas, conectadas a una dinamo modelo Westinhouse, obtenida clandestinamente. Y a las seis de una mañana de agosto, en un cuarto paradójicamente iluminado con gas y en presencia de una veintena de testigos, periodistas, sacerdotes y médicos, se acomoda a William Kemmler en el flamante asiento.

El primer intento de ejecución fracasa: tras una descarga de mil voltios, administrada durante diecisiete segundo, Kemmler sigue vivo. Es deseo de todos, por descontado, repetir la operación cuanto antes, pero el generador requiere cierto tiempo para recargarse. Por lo tanto hay que esperar un buen rato, fastidioso intervalo durante el cual se oye gritar y gemir a Kemmler, horriblemente abrasado, lo que produce un excelente ambiente en el local. Una vez recargado el generador, se procede a un segundo intento y ahora, en el minuto largo que dura, se sube la tensión a dos mil voltios: muy rápidamente se propaga un fuerte olor a carne quemada al tiempo que brotan largas chispas de los miembros de Kemmler. Su copioso sudor se transforma progresivamente en sangre, una densa columna de humo comienza a alzarse de su cabeza, y sus ojos intentan con éxito salirse de sus órbitas hasta que su defunción, certificada por un forense, no deja lugar a dudas."
Esto, sin duda, convierte a Kemmler en un pionero, y merecedor de pertenecer a nuestro exclusivo Panteón de Desconocidos Ilustres.

martes 10 de enero de 2012

:fuera de campo

La Navidad es un acuerdo tácito, una mentirijilla que se mantiene en pie mientras nadie abra la boca y se la cuestione. Como también lo es la familia, como también lo es la sociedad de consumo.
Al final de esta extraordinaria película lo comprendemos con claridad meridiana: dejamos la verdad en un fuera de campo, dejamos los conflictos para después de las fiestas. Mientras, simulamos normalidad y nos regocijamos con los regalos debajo del árbol. (Gracias a Intramuros por darme a conocer esta gran película).

sábado 3 de diciembre de 2011

:tres libros

Una entrada relámpago, robando minutos en el trabajo (tranquilos, estos días están siendo muy laxos, casi de tarde de domingo de sofá y película, así que no estoy desatendiendo mis quehaceres). Estoy un poquillo nervioso, o un poco nerviosillo, porque esta tarde tenemos rodaje, así que nada mejor para pasar la mañana que rememorar alguna lectura reciente que me ha dejado buen sabor de boca. No va a haber un trabajo crítico de peso, ni un análisis pormenorizado, simplemente un listado (o casi).

Fargo Rock City, de Chuck Klosterman (Es Pop Ediciones): el señor Klosterman nos cuenta su personal, y divertidísima, epopeya metalera ochentera, su travesía por el desierto de la adolescencia en el medio-oeste norteamericano en un pueblo de 500 habitantes. El glam metal salvó su vida y su cordura (?), y marcó su gusto como crítico musical, bebedor impenitente y sociólogo de salón. Aunque no seas fan de Mötley Crüe ni de Warrant, es un librillo muy disfrutable (aunque seguro que lo es más si te sabes de memoria los videoclips de Poison), porque esto es más una historia de crecimiento personal que de crítica musical, aunque de todo hay. Si estas apreciaciones parecen confusas es porque a) el libro en sí es tirando a tótum revolútum, y b) porque no estoy para mucho análisis (ya lo advertí). Muy recomendable.

(Un adelanto, aquí)

Pagando por ello, de Chester Brown (Ediciones la Cúpula): cada trabajo de Chester Brown es esperado en esta casa como maná caído del cielo. No sólo es uno de los autores de cómic más personal de las últimas décadas, también es uno de los mejores, de los más importantes. Ya sean obras autobiográficas (donde para un servidor es el Puto Amo), como en obras históricas, o bizarradas como su payaso Ed, la sensibilidad del autor está presente en cada trazo; trazo que ha ido perdiendo el temblor flamígero de los primeros tiempos por una mayor concreción, a medida que sus obras se van haciendo más analíticas (casi bordeando la obsesión). En este pequeño (en formato) tomito, Brown nos narra pormenorizadamente (esta es la clave) su trayectoria como cliente de prostitutas, con unos dibujos pequeñitos y sintéticos, como vistos a través de un microscopio. Hay una frialdad y un autoanálisis casi clínico en toda la obra, que parece brotar de la personalidad fría y desapasionada del autor, que se pasea por estas páginas con su rostro impertérrito como una máscara, como si su vida no estuviera, como así lo está, en una encrucijada vital. Lectura apasionante que hace pensar y meditar sobre la cuestión del sexo de pago, que se complementa con unos apéndices donde Brown profundiza más en las raíces históricas y las connotaciones sociológicas de esto del pagar por follar.

Todo esto que digo puede hacer parecer que es un tocho denso e infumable. Densidad hay: no es una cosita ligera para pasar el rato; pero hay humor si uno lo busca, y una postura tan sincera del autor, uno de los más talentosos del mundo, que hace que no sólo sea un cómic muy bueno, sino que es un cómic Grande.

(Una crítica magistral, aquí).

Pero ¿qué coño estás haciendo?, de David Shrigley (Blackie Books): si de libros difíciles de catalogar estamos hablando (que no, pero bueno), éste se lleva la palma. El señor Shrigley es un artista multimedia, fotógrafo, músico, escultor, cineasta… pero donde más fama ha cogido es en el ámbito de la ilustración. Con su estilo feista, expresivo y concreto, Shrigley crea ilustraciones comentadas con un gran valor icónico, con un humor muy muy especial (que algunos llamarán post-humor, y otros no llamarían humor), obras gráficas que parecen a medio camino entre eslóganes para camisetas cool y delirios de una mente ligeramente enferma, una especie de pop en estado de descomposición. La maravillosa edición de Blackie Books incluye cienes y cienes de ilustraciones, fotografías e instalaciones para hacerse una buena idea de por donde tira Shrigley, con el bonito detalle de que los textos están reescritos por el propio autor de su puño y letra, lo cual no es baladí, pues la tipografía es parte fundamental de su estilo. Si todavía tienen dudas para soltar los 30 napos, pueden echarle un vistazo a la página del autor para ver si es de su cuerda, tal que aquí.

Atentamente: T.

martes 15 de noviembre de 2011

:chistes de enanos


Ricky Gervais es un cómico especializado en buscar los límites de lo políticamente correcto (menudo revuelo montó en los Globos de Oro con cuatro chistes) y en retratar la vergüenza ajena hasta sus últimas consecuencias. Normalmente se usa a sí mismo para explorar esta vergüenza ajena, en producciones como The Office o Extras.

Life’s Too Short , el nuevo producto de Gervais y Stephen Merchant, su habitual socio, sin embargo, usa otro cuerpo como campo de experimentación: el del menudo actor Warwick Davis. Parece ser que la idea de la serie, un falso documental sobre la vida de Davis como estrella del showbiz enano, surgió cuando el pequeño actor entró en contacto con Gervais y Merchant en un episodio de Extras. El resto es historia.

Habiendo visto sólo el piloto la cosa pinta bien: lo políticamente correcto se lo pasan por el forro desde el primer minuto; al tener a un actor enano pueden hacer chistes de enanos, según esa lógica hipócrita que dice que sólo los negros pueden hacer chistes de negros, o los judíos sobre el holocausto. Otro experto en dar por culo a lo correcto y lo establecido, Larry David, ya demostró en un episodio de la última temporada de Curb Your Enthusiam que hasta es posible hacer chistes sobre la enfermedad de Parkinson… siempre que tengas a Michael J. Fox como estrella invitada.

Además de chistes de enanos, en el piloto de Life’s Too Short, encontramos gracietas sobre el sida, el cáncer y las estrellas de segunda caídas en el olvido. El tono es inmisericorde con todos los personajes, que aparecen ante las cámaras del falso documental como miserables que se autoengañan y justifican continuamente a sí mismos.

Como cima de la vergüenza ajena destaca la secuencia en la que Liam Neeson se prueba a sí mismo como actor cómico, con unos resultados hilarantes. Estas escenas son clásicas en las producciones Gervais/Merchant: uno está deseando que halla un corte y se pase a la siguiente escena, pero la cámara permanece grabando la miseria de los personajes hasta que casi se hace insoportable. Gervais es el Haneke de la vergüenza ajena.

La serie promete muchos cameos, como en Extras, y muchas más caídas en las simas de la bajeza humana. Y ahí estaremos para echarnos unas risas.

martes 8 de noviembre de 2011

:lo japonés

Tengo un problema con lo japonés. Bueno, no sé si es un problema o todo lo contrario; quizás sea las dos cosas a la vez. Me explico: no entiendo lo japonés (no me refiero al idioma, que tampoco, sino a su cultura, a su idiosincrasia); y como normalmente me siento atraído por lo que no entiendo, el resultado es que me siento atraído por lo japonés, así, en general.

La cultura japonesa es, para mí, como el teatro kabuki, con su estilización, su maquillaje, su hieratismo, su rigidez… me resulta atractivo, pero hermético. Como el cine mudo, parece que me falta algo, una pequeña clave, no ya para entender el artificio, sino simplemente para saber si lo estoy entendiendo o no.

Con un viaje al país del sol naciente (fíjense que forma más elegante e inédita de decir Japón, para no estar repitiendo constantemente Japón) en preparación, me lanzo a todo objeto cultural nipón que se me ponga a tiro. Los manga, los animes y el cine ya los tengo más o menos ubicados, la literatura todavía muy parcialmente. Así que me atreví con La devoción del sospechoso X, de Keigo Higoshino. Está en todos los escaparates y parece una obra de género policíaco; tiene pinta de best seller, y tenía curiosidad por leer un best seller japonés (esto ya no sé si es curiosidad o cierto paternalismo, ustedes juzgarán).

Vamos con la información tipo Wikipedia: el señor Higoshiro es un autor de mucho éxito en su país; además de arrastrar a millones de lectores, al parecer ha ganado los más prestigiosos premios del ramo negro, y algunas de sus novelas han sido adaptadas al cine. Este libro en concreto parece que es su mayor éxito, y con él han decidido comenzar a exportarlo a nuestro país. Vale.

La trama es sencilla y canónica: desde el comienzo sabemos el autor del crimen, luego hay un pequeño salto temporal, y el resto de la novela nos sirve para intentar averiguar lo que se nos ha escamoteado en esa elipsis.

El protagonista es un matemático de mente analítica, y el antagonista (un tal Profesor Galileo, que parece ser es un personaje recurrente en la obra de Higoshino) es un físico que ayuda a la policía en casos difíciles gracias a sus sorprendentes dotes deductivas. Vale: la cosa ya está en marcha y va así: dos mentes privilegiadas frente a frente, un juego de coartadas y de motivaciones, el gato y el ratón. Todo muy desapasionado, muy aséptico. El intríngulis de la trama lo explicita el autor en repetidas ocasiones: las ecuaciones matemáticas P?NP, que consisten en averiguar qué es más sencillo: hallar la respuesta a un problema o comprobar si es cierta la que ha hallado otro. Ésta es la plantilla sobre la que se monta la novela, la hipótesis de trabajo. ¿La solución? Obviamente, para eso se tendrán que leer la novela.

Como en las redacciones del colegio: opinión personal: pues yo pienso de que no está mal; se lee con interés y engancha a poco que uno le ponga ganas. Desconcierta por lo japonés: sigo sin saber si los personajes son hieráticos porque tienen alguna tara afectiva, o es parte de la idiosincrasia nacional. El autor va desenredando la madeja de la trama poco a poco, sin prisa pero sin tiempos muertos ni veleidades estilísticas. Aquí no sobra nada: lo que parecen pasajes de situación, acaban por convertirse en claves del misterio. Apoyándose en las mentes científicas de los antagonistas, la trama se parece más a un rompecabezas que a un noir de sentimientos desatados (aunque también los hay, y son el desencadenante de la acción). Los personajes tienen cierta complejidad (o quizás es que no acabo de entenderlos, perdonen que me ponga pesado), menos el del exmarido, que por motivos evidentes, tiene que resultar repelente desde el primer momento.

Peros: a ver, los tiene, no es una obra maestra. Ya sé que no es culpa del libro, sino de cómo lo publicitan, pero el final no me parece tan sorprendente como lo loan, y no tiene nada que ver (gracias a dios) con Stieg Larson, que me temo que se ha convertido en el estándar con el que medir toda obra de género negro no anglosajona que llegue a nuestras librerías. Peros reales, de la obra: pues me parece un poco inverosímil, un juego de ingenio montado como diversión para el lector, pero sin un anclaje en la realidad.

Recomendable, de todas formas; entretenido. Y ahora perdonen que les deje, pero me voy a leer un libro de Murakami mientras me veo una película del estudio Ghibli y me escucho un disco de Thee Michelle Gun Elephant. Ah, y adelanto con las obras completas de Taniguchi. Me falta tanto para ponerme al día…

Afectuosos saludos: T.

martes 18 de octubre de 2011

:adaptación

A veces me apetece leer algo de Nick Hornby.

Es así, como a veces me apetece comer arroz con leche, o leer una novela del inspector Maigret. Con la obra de Simenon no tengo que racionarlo tanto, porque tiene más libros que años voy a vivir, pero con el señor Hornby, menos prolífico, tengo que buscar el momento. Sus obras son cómodas de leer: sabes más o menos de qué van a tratar, que recursos estilísticos va a poner en juego, qué referencias musicales va a desplegar... Las novelas de Hornby conforman un lugar conocido, familiar; no resulta peligroso entrar en ellas. Unas veces se pone más introspectivo, otras más ligero, pero siempre hay una lucha entre el optimismo y el derrotismo que al final se queda... bueno, un poco en tierra de nadie pero más cerca de la felicidad que de la desdicha. Por eso, y por su estilo chispeante, sus obras son calificadas de comedias.

Me acerqué a su universo indirectamente, supongo que como mucha otra gente, a través de la adaptación de su Alta fidelidad. Después me leí la novela, que me pareció tan maravillosa como la película. Después me leí más novelas suyas... y estaban bien, aunque ya no era lo mismo. Y no era lo mismo porque, paradógicamente, todo era igual, pero sin el universo musical, que era una de las cosas que más me había atraído de Alta fidelidad. La música no debe de interesar al común de los mortales, porque en la adaptación cinematográfica se reduce el nivel de referencias, de diálogos sobre discos y artistas, para centrar la historia más en las relaciones amorosas. Y lo entiendo: no todo el mundo disfrutaría de casi dos horas con unos tipos hablando sobre vinilos de hace varias décadas. Yo sí, huelga decirlo, pero la mayoría de la gente (y el cine de medio presupuesto se hace para “la mayoría de la gente”) no se identifica con unos tipos cuya vida gira en torno a un giradiscos. “La mayoría de la gente” necesita una causa mayor, un sentimiento unificador, uno de esos “temas” universales, que en el caso de Hornby suele ser “la madurez”. Lo puede aliñar con un entorno deportivo o con uno musical, y estructurarlo mediante una trama amorosa, pero básicamente sus historias tratan sobre “la madurez”.

Los libros tienen más espacio, más “tiempo” para detenerse en el aliño, para disimular la trama en medio de una maraña de referencias musicales, chistes para entendidos y diálogos interminables que sólo entenderán en toda su complejidad los fans de Nirvana o de Bob Dylan. Sus novelas son pop: un reflejo de una época concreta, que no serán entendidas por completo dentro de cien años, pero que les servirán dentro de cien años para entendernos.

En mi plan maestro de leer a Hornby con calma, le llegó el turno a About a boy (Un niño grande en su traducción española). Leerlo es como volver a reunirte con la familia: las mismas personas contándote las mismas anécdotas como si fuera la primera vez que te las cuentan. Pero al contrario que en una reunión familiar, esta novela sí es graciosa. No quiero profundizar demasiado en el tema ni spoilear, sólo decir que uno de los protagonistas vuelve a ser un gran melómano. En la adaptación al cine, que me vi inmediatamente después de acabar la novela, esta melomanía se modera: está ahí, de fondo, en las estantería llenas de cd's y lp's del protagonista, y en un par de alusiones. Pero todo está como más desvaído, sin concretar. Le recomiendo a todo el que quiera vivir de escribir, ya sea guiones o narrativa, que haga de vez en cuando este ejercicio: leer un libro y ver su adaptación cinematográfica (no necesariamente en ese orden). Se aprende mucho sobre narración, ya que, al fin y al cabo, estás “leyendo” dos veces la misma historia, pero contada de dos formas diferentes. Es muy interesante ver qué recursos se usan en uno y en otro caso, que decisiones se toman, que partes se resaltan y cuales se obvian, que tramos difieren y cuales son calcados...

En definitiva, uno aprende que narrar es, por encima de todo, tomar decisiones. Por eso es tan complicado: todo el mundo es capaz de inventar una historia; de hecho, todo el mundo estamos inventando una historia continuamente, filtrando la realidad a través de nuestra percepción. Pero entre inventar una historia, entre tener una idea, y plasmarla, construirla, ser capaces de narrarla, hay un gran salto que conlleva más técnica, trabajo y oficio que inspiración y genialidad.

Partimos del hecho de que esta película es una “buena” adaptación. Y con “buena” me refiero a: aplaudida por la propia industria, consensuadamente aceptada por los propios integrantes del gremio cinematográfico, con nominaciones y premios en su haber.

La adaptación, a primera vista, y como ya hemos dicho, deja en segundo término mucho del trasfondo musical. Vale, lo aceptamos como precio que debe de pagarse por la universalización de la historia: hay que quitar paja de en medio, dejar la trama en el hueso: es una trama de madurez, no la historia de un melómano. Con ello se pierde mucha de la gracia, mucho de la especifidad de la historia, mucho de su valor pop. Por ejemplo: la novela está ambientada entre 1993 y 1994, años que marcan el cénit de la fama de Nirvana y Kurt Cobain, y su posterior suicidio. Esto permite crear un correlato con la situación de la madre con tendencias suicidas de Marcus (el chaval coprotagonista), así como ayudarle a crear una amistad con Elie, la adolescente problemática de la que se enamora, gran fan del ídolo grunge. En la película todo esto desaparece, al trasladarse la acción a principios del siglo XXI. El estallido grunge se sustituye aquí por el hip-hop, que sirve simplemente de ejemplificación de la distancia generacional, perdidendo así matices la historia. De hecho, de todas las subtramas de la novela, la que más desaparece en su traslación fílmica es la historia entre Marcus y Elie. Supongo que resulta redundante: ya tenemos a Hugh Grant y su historia de amor, no necesitamos insistir sobre el tema.

Perdemos, decíamos, especifidad. Ganamos, en cambio, concreción narrativa. La trama, al simplificarse, se vuelve más evidente, todo está más a la vista. Los episodios del libro se reorganizan para crear un crescendo climático, para llegar a un final por todo lo alto en el que todo esté en juego. Es aquí donde más distancia encontramos entre libro y película: mientras en el primero cada coprotagonista puede tener su epifanía personal, su punto culminante, en la película todo debe de coincidir en el tiempo y en el espacio para que sea dramáticamente satisfactorio. El resultado es menos convincente, menos verosímil, pero sin duda más emocionalmente poderoso, si uno es de carácter melifluo.

En general, la traslación de la palabra a la imagen y sonido, convierte la historia en una papilla fácil de digerir (y no es que Hornby sea precisamente Thomas Bernhard): la música ayuda a engarzar los episodios y todo adquiere un mismo carácter, una misma altura emocional. Decepciona que hayan tenido que recurrir a la voz en off en primera persona para explicarnos la historia, como si un libro necesitase ilustraciones para poder describir a los personajes. Es un atajo curioso, además, cuando la novela utiliza la tercera persona.

La diferencia básica y primordial entre una película y una novela es que la primera constituye una unidad dramática única: mientras una novela se lee en distintos tiempos con sus pausas entre medias, una película se “lee” del tirón, lo que ayuda a que su estructura refuerce la idea de unidad; la forma y el contenido tienden a simplificarse, a dejar de lado las ramificaciones y las derivas y a centrarse en una única trama principal (las secundarías sólo ayudan a reforzar a la principal), y jugar con una serie de ecos y resonancias, de rimas y repeticiones que acentúen esa unidad.

En su estructura básica, una película se compone de un planteamiento, un desarrollo en el que se exponen una serie de vicisitudes que ponen en entredicho lo expuesto en el planteamiento, y una vuelta a la situación primera, a la que se le han sumado los contratiempos del desarrollo. Es como una canción pop: estrofa, estribillo, variación, estribillo: al tema recurrente se le van sumando instrumentos y coros para añadir dramatismo y énfasis; la última repetición del estribillo ha de constituir un clímax, una intensidad que sólo puede llevarnos al final de la canción, porque no se puede ir más allá.

Una película también es un artefacto pop, una miniatura dramática: en el planteamiento se nos introduce el tema y los personajes; al final del primer acto escuchamos por primera vez el estribillo, al que sigue el segundo acto, variaciones sobre el mismo tema, hasta que llegamos al tercer acto, la vuelta al tema conocido, ese que ya todos en la sala sabemos tararear; pero a lo largo del segundo acto a ese tema se le han ido añadiendo “instrumentos” y “voces”, lo que hace que esta segunda repetición esté más cargada de intensidad.

Se asemeja más a una obra teatral, de la que hereda la división en tres actos, o a un relato breve (como apuntaba Hitchcock a Truffautt), por su unidad dramática, que a una novela, con sus recovecos, sus callejones sin salida y su asimetría.

El primer y el tercer acto son gemelos, siendo el tercero una repetición del primero, pero añadiéndole un ultimátum. Frente a esta simetría especular, las novelas, en contraposición, parecen dirigirse hacia un punto de fuga permanente.

Quizás la única forma honesta de adaptar una novela al cine es la que intentó Charlie Kaufman en Adaptation con la novela El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean: una adaptación, al final, sólo puede ser la historia de un tipo al que le pagan por trasladar una historia de un medio a otro. Si la película es fallida es porque es fiel a los principios del cine comercial: ha de tener un crescendo dramático y un clímax, aunque estos sean forzados e impostados. La película pierde su integridad y su posible valía per se, para convertirse en una tesis de por qué la mayoría de las películas de Hollywood no valen un cuerno. Y como tesis, sin duda, es incuestionable.

Otra cosa que se pierde con About a boy, la película: pasar de un genérico “Will”, un tipo del que sólo sabemos que va vestido y peinado a la moda y que no es un adefesio, a tener que verle el careto a Hugh Grant durante una hora y media.