domingo, 6 de abril de 2008

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [13]

1 de noviembre - El veneno para los ratones está intacto. Escucho atentamente en las paredes buscando chillidos o carreras de ratón, cuando me doy cuenta de que los coches hacen un ruido al pasar delante de mi casa, donde hay una tapa de alcantarilla medio floja. No sé si la tapa se ha ido aflojando poco a poco o si nunca me había fijado en el ruido, pero ahora me cuesta abstraerme de él. Es como un latido de corazón, pon-pon, al pasar primero una rueda de delante y después una de atrás. Hay coches que no pasan por encima y se alejan con un ronroneo sordo; pero si uno pasa por encima, de pronto todos los demás, como vagones de tren, parecen seguirlo.
Por la noche me pongo los tapones de los oídos que me he comprado por los gatos, pero estoy desvelado y me levanto a ver la tele. Me engancho a una película erótica que veo con el volumen bajado, triste, muy triste, con un argumento de idas y venidas y polvos mal simulados que no logran provocarme ni una semierección.

2 de noviembre - Me he pasado todo el día en casa, analizando el ruido de los coches, que salvo ejemplares aislados se concentran entre las 8:00 y las 9:30 de la mañana, las 13:30 y las 15:00 del mediodía y entre las 20:00 y las 21:30 de la noche. He hecho un gráfico.
Hoy ha sido un día perdido; hasta el pan era de ayer.

3 de noviembre - Sin saber muy bien por qué, voy al centro comercial, algo que odio, y en autobús, algo que casi odio más, como si tuviese que purgar algún pecado reciente. Sin saber tampoco por qué, me detengo en la zona de jardinería, donde veo un kit de jardinería tremendamente rebajado (lo sé porque hay un cartel alusivo). Después de darle muchas vueltas me lo acabo comprando.
De camino a casa me peso en una farmacia: he cogido cuatro kilos desde la última vez. Me acuesto con hambre y me desvelo y me levanto a escribir esto. Me pongo a pensar en tiempos mejores, cuando conocí a X, mi primera novia. Recuerdo que una amiga suya nos dejaba una habitación de su piso para poder follar y pasábamos toda la noche y la mitad del día en cama, acariciándonos y hablando y durmiendo a ratos. Nos levantábamos ya de noche para comer algo de la nevera y si nos cruzábamos con alguien nos miraba con un sonrisa cómplice y cualquier cosa que dijera parecía cubierta por un velo de cordialidad y alegría. Ya no me acuerdo como terminó aquella relación, como el que se olvida del final de un libro.


5 comentarios:

Cachi dijo...

Creo que me estoy enganchando a esto, ya tocamos a un viento por cabeza...

toni bascoy dijo...

Juntos conquistaremos el mundo... jajajaja (risa maquiavélica)... o por lo menos desde el Castiñeiriño hasta el Milladoiro, que ya es un pellizco.

pi dijo...

levantarse, acostarse, levantarse, acostarse y volverse a levantar... al final todo se repite y todo es diferente...
ojalá ese recuerdo tan lindo dure siempre...

toni bascoy dijo...

Hay cosas que no se olvidan, lo sabes muy bien, que parecen continuar todavía ahora como si no dejasen de ocurrir nunca, ni por un instante, y no puedes recordar el final porque todavía no ha ocurrido. Nunca ocurrirá.

maria broz dijo...

pues sí que estoy yo enganchada a este sujeto...
sigue escribiendo sobre él, es cojonudo y patético. Fascinante.