
sábado, 31 de mayo de 2008
:las cajas

jueves, 29 de mayo de 2008
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [31]

Me ducho para despejarme, pero el agua templada me atonta todavía más. Mientras me preparo el desayuno tengo el presentimiento de que alguien me va a llamar por teléfono. Voy a por el móvil y lo pongo frente a mí, sobre la mesa. No dejo de mirarlo mientras desayuno, pero no llama nadie.
Intento arrancar el coche, pero a la media hora desisto. Hace un ruido ahogado, sordo, como estertores de muerto. Y efectivamente, parece muerto. Llamo a mi hermana para decirle que no podré ir hoy, pero no contesta. Me tiro en el sofá, tratando de decidir el siguiente paso. O bien me quedo en casa y no hago nada el resto del día, o voy hasta la estación y cojo el tren hasta casa de mi hermana. Me atrae sobremanera la primera opción, pero sé que mañana tampoco me apetecerá ir, así que, en un magnánimo gesto de generosidad, decido sacrificarme por mi yo de mañana. Hago un titánico esfuerzo de voluntad para levantarme del sofá, sintiendo sobre mis hombros el peso de mis pensamientos, que como una maldición anticipan todo el camino hasta la estación, todo el viaje en tren, todo el camino desde la estación hasta casa de mi hermana... y otra vez lo mismo de vuelta. De hecho, si la fuerza de voluntad pudiese medirse mediante una escala objetiva, como la magnitud de los terremotos o la presión atmosférica, hoy probablemente he alcanzado un registro superior al que llegó Edmund Hillary para alcanzar la cima del Everest. Y sin embargo, ni mi nombre ni este día pasarán a los anales de la historia. Una pequeña epopeya como tantas otras.
Las calles son cada vez más tristes cuanto más te acercas a la estación de tren. Son más estrechas, más grises, hay más ropa en los tendales. Ya enfilando la estación me sumerjo en el repiqueteo de maletas con ruedas. No entiendo cómo puede haber siempre viajeros. Compro un billete para el primer tren, para el que aún quedan cuarenta minutos. Me siento en un banco y le echo un vistazo a un periódico gratuito que alguien ha dejado. Sin que anuncien el tren por megafonía la gente comienza a amontonarse al borde de la vía. Sin prisas, con un desinterés consciente, me uno a la multitud. Cuando se para el tren nos dividimos en grupos y corremos hasta las puertas. Nos abrimos como el Mar Rojo para dejar salir a los pasajeros, mirando furtivamente a las demás puertas, cotejando las posibilidades, y por fin entramos en tropel. Yo me demoro y acabo sentándome de espaldas a la marcha, que me parece que es lo que todo el mundo estaba intentando evitar, pero que me parece poca cosa en comparación con el ridículo de las carreras. Enfrente está sentado un muchacho que no debe de tener ni 18 años, que se levanta a por unas gominolas a la máquina de chucherías. Tiene las piernas torcidas y atrofiadas, y camina con un bastón ortopédico, balanceándose de un lado a otro. No deja de sonreír en todo el viaje. No puedo evitar sentir compasión por él, aunque sé que es un paternalismo cínico y vacío; soy feo, cegato y enclenque; estoy en el paro, mi novia me ha dejado y me he enganchado a los tranquilizantes. No soy quien para compadecerme de nadie. [Continuará]
miércoles, 28 de mayo de 2008
domingo, 25 de mayo de 2008
:los parásitos [3 de 3]

Al día siguiente intento entrar en su disco duro, pero tiene una clave. Pruebo palabras al azar, fechas que encuentro en sus documentos, títulos de libros que hay en las estanterías, cualquier cosa que se me ocurre, pero no hay manera. La llamo por teléfono y me contesta con desdén. Le comunico como está la situación y que la espero, pero me dice que no sabe cuando podrá venir. Le digo que le dejo una copia de la llave encima del dintel de la puerta. Salgo a hacer una copia de mi llave y la dejo donde prometí. Por la noche, la misma rutina.
Al tercer día intento de nuevo acceder a su ordenador. Creo que todo se explicará cuando lo consiga. Me desespero y me paso horas con la mente en blanco, intentando recibir la clave desde sabe Dios dónde. En la pared, detrás del ordenador, hay un corcho con papeles y fotos clavadas con chinchetas. De pronto tengo una idea, y aunque me parece una locura decido comprobarla antes de descartarla. Busco una cuerda en la cocina y la uso para unir las chinchetas, como un trazo. Poco a poco se va formando una palabra: Julia. Lo introduzco como clave y accedo al disco duro. Sé que hay muchas Julias en el mundo, que no tiene que ser la mía, pero en el disco duro hay carpetas llenas de fotos del tipo mofletudo y Julia, siempre sonrientes, siempre de vacaciones. Encuentro el texto en el que ha estado trabajando: básicamente el plan que he seguido, pero desde su punto de vista. Todo este tiempo he estado siguiendo sus órdenes sin saberlo.
Una tubería se ha roto en el piso de abajo mientras estaba ensimismado leyendo, inundando el parquet y echando a perder todos los zapatos y los sofás y las alfombras. Cierro la llave de paso cuando oigo a alguien abriendo la puerta. Me escondo detrás de un pilar hasta que veo su perfil familiar y salgo. Antes incluso de saludarme me llama imbécil. ¿Qué pensaba hacer si no fuera ella?, me pregunta. Matarte, le respondo.
sábado, 24 de mayo de 2008
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [30]

Me levanté con una comezón en la punta de la polla. Después de la meada matutina me he tirado del prepucio hacia atrás, descubriendo el glande. Me he llevado una desagradable sorpresa: desde la última vez que me lo vi le ha vuelto a salir una capa de una sustancia blanquecina que apesta a marisco podrido. Estoy seguro de que tiene un nombre científico, pero yo le llamo “salmonela de rabo”. Me la he lavado y he visto que tengo toda la base del glande irritada, como en carne viva. Inmerso como estoy en un ciclo de inapetencia sexual, llevo unos días sin cascármela, y por lo tanto sin pensar siquiera en ella; y por lo tanto sin limpiármela. No soy constante ni con mi polla.
Ya puestos decido hacer limpieza en la casa. Paso una aspiradora, cambio las sábanas, pongo dos lavadoras. Me hace sentir adulto y responsable, pero como parte de un simulacro: me imagino a mis antiguas profesoras del colegio asintiendo complacidas cada vez que limpio o hago la cama, de igual manera que pongo cara de inocente cada vez que me cruzo con un coche de policía. Acabo la limpieza empapado en un sudor frío, con un profundo olor químico; debe de ser por las pastillas. Cuando me voy a dar una ducha cambio de idea y pongo el tapón de la bañera. Mientras el chorro raquítico llena la bañera, poco a poco, pienso en la última vez que me di un baño. Debe de hacer un par de años. Quizás con Z, probablemente en un hotel. En casa siempre me hace sentir culpable; me hace recordar cuando era niño y mi hermana y yo compartíamos el mismo agua para ahorrar. Me meto en la bañera, con el agua hirviendo. Pero pronto se va templando, y mi cuerpo se relaja, como si fuese a ponerse a flotar en cualquier momento. Noto todas las oquedades de mi cuerpo: el estómago, el esófago, las muelas picadas, los senos frontales... de pronto me siento como una cáscara vacía. Cierro los ojos y podría estar en cualquier otra parte; en otro momento o en otro lugar, no sé, pero no aquí. Oigo los crujidos de la casa, un repiqueteo y un largo lamento en el piso de arriba, como si hubiese alguien. La ocurrencia me acaba de fastidiar el baño. Me vuelvo a descubrir el glande y dejo que se reblandezca en el agua tibia. Me sigue picando como un demonio.
Frente al espejo, de pronto, noto como si mi cabello hubiese crecido una cuarta desde la última vez que me fijé. Ayer lo tenía corto y hoy, de repente, lo tengo largo. A veces pasan este tipo de cosas.
Sólo me quedan cuatro pastillas, así que decido racionarlas. Sólo me tomaré media.
miércoles, 21 de mayo de 2008
:los parásitos [2 de 3]

lunes, 19 de mayo de 2008
:muto: blu
Impresionante corto. Lo descubrí gracias a Fogonazos (enlace aquí al lado) y me dejó con la boca abierta. Sólo de pensar en el trabajo que le pudo llevar me tiemblan los huevetes. Si teneis 7 minutos libres (que sé que sí, sino no estaríais leyendo esto) no lo dudeis. Simón dice...
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [29]

La mayoría de las veces, sin embargo, me levanto porque me meo. Como hoy. Justo cuando estoy meando suena el timbre de la puerta. Al principio me asusto, porque no recuerdo haber dejado la puerta de la calle abierta. Sin embargo, no hay otra explicación. Saco la cabeza al pasillo, en calzoncillos, y a través del cristal esmerilado veo una silueta oscura, menuda y encorvada que vuelve a tocar el timbre. Juraría que es la señora que me vendió el calendario del Domund. Me quedo paralizado, conteniendo la respiración. No me atrevo ni a apagar la luz del baño por miedo a que perciba un ligero cambio en la luminosidad. Vuelve a tocar el timbre, dos veces seguidas. Son segundos eternos, de una tensión extrema. De pronto la silueta comienza a agacharse, muy despacio, y mete algo por debajo de la puerta. Sea lo que sea llega al interior del pasillo y me hace comprender que nada de esto es un sueño. La vieja se va y tardo un tiempo impreciso (entre uno y cinco minutos) en atreverme a acercarme a la puerta. Recojo el papel del suelo; es un tríptico titulado “Soy amado, luego existo”. No sé en que clase de lista me han incluido, pero empieza a asustarme.
Por la tarde me llama mi hermana por teléfono. ¡Sorpresa! Me hace una consulta técnica: no logra oír nada en el ordenador. Le pregunto si ha subido el volumen del ordenador. Sí. Le pregunto si le ha subido el volumen a lo que está reproduciendo. Sí. Le pregunto si los altavoces están conectados al ordenador. Sí. Le pregunto si los altavoces están encendidos. Sí. Le pregunto si los altavoces tienen el volumen subido. Sí. Le pregunto si lo que está reproduciendo tiene sonido. Sí. Ya no sé que más preguntarle, así que claudico y quedo en ir mañana por la tarde a su casa a ver si logro solucionarlo. Hoy me es imposible, estoy liadísimo. ¡Faltaría más! Me arranco unos pelos de la nariz y no dejo de estornudar. Extraño sistema defensivo.
:los parásitos [1 de 3]

domingo, 18 de mayo de 2008
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [28]

Escribiendo esto para hacer tiempo mientras se disipa la nube, se me ha dado por rememorar tiempos pasados. He encontrado una foto de fotomatón de X, mi primera novia. Estuvimos juntos casi dos años, desde los 16 a los 17. Era guapa, esbelta, un poco loca y extremadamente graciosa, algo de lo que pocas chicas podían presumir (al menos para los estándares de un adolescente macho). Sólo teníamos una cosa en común: nos poníamos colorados en cuanto alguien nombraba en voz alta cualquier tipo de proceso fisiológico. La mención de cualquier glándula nos hacía sonrojarnos con una risa nerviosa. Era adorable. Lo único que le podía reprochar era que yo le gustase, que me quisiese a mi de entre todos los chicos. Yo era vulgar, feo, enclenque, poco inteligente y lento en todos los sentidos. Algo tenía que fallar en su cabeza o en su instinto de conservación para sentir atracción por algo como yo. Nos pasábamos tardes enteras en silencio, con las manos entrecruzadas. Eran silencios cómplices, jocosos, para nada incómodos. La comunicación verbal está sobrevalorada; lo creía entonces y lo sigo creyendo. Los animales, y los seres humanos durante miles de años, se han comunicado con todo tipo de signos, sutiles y complejos, sin necesidad de utilizar palabras, que a fin de cuentas son reduccionistas y traicionan la realidad. Pongo por ejemplo a mis padres, anclados en una era arcaica en armonía con la naturaleza (es decir, con horario de gallina). Si mi padre está enfadado deja de afeitarse. Si mi madre está enfadada se duerme de espaldas a mi padre. Si mi padre tiene hambre, abre un par de veces la alacena del pan. Con eso ya están todas las necesidades básicas cubiertas. Lo demás son variaciones. Y ahí están, treinta y ocho años de convivencia tibia y silenciosa.
Todo se estropea cuando abres la boca.
Y X comenzó a hablar un día, como una presa desbordada. Todo lo que se había callado en dos años parecía ahora agolparse en su boca, empujando por salir en un galimatías de reproches, nimiedades, esperanzas y deseos. Era insoportable. Yo seguí terco en mi silencio, ahora autoimpuesto, rebelde. Le obligué a dejarme, que es el método que he seguido desde entonces en todas mis relaciones, y que hasta ahora me ha ido de perlas si quiero orientar mi carrera al alcoholismo a jornada completa.
Nunca llegamos a follar, pero me hizo muchas pajas y me la chupó un par de veces. Me hago una paja pensando en ella cuando un temor me corta el riego: no sé si esto es pederastia, así que decido dejarlo. El suelo del baño está otra vez lleno de cadáveres.
viernes, 16 de mayo de 2008
:fútbol

No voy a ser tan ingenuo como para descubrirle a estas alturas a nadie los intereses económicos que mueven estas empresas llamadas equipos de fútbol. Tampoco voy a usar este foro (limitado y modesto) para elevar mi protesta a ninguna alta instancia. Cada cual hace lo que quiere o puede con su tiempo libre, y así como a mucha gente (parados y jubilados en su mayoría) les gusta pasar la mañana en los entrenamientos de sus equipos favoritos, a mi me gusta patalear. Es lo que hay.
miércoles, 14 de mayo de 2008
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [27]

lunes, 12 de mayo de 2008
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [26]

A solas no necesito disimular los pedos, y me los tiro con premeditación y alevosía. Es un placer incomparable. No digo que no haya nada mejor en el mundo, sólo que no hay nada igual: la intuición de una bola de gas desplazándose por el intestino grueso, cada vez más veloz, cada vez más cerca de la salida, y dejarlo salir, sin cortapisas morales, tal cual es. Como en un parto, sólo puedes aventurar cómo será el fruto de tus entrañas; pero una vez sale a la luz, adquiere vida propia, con su carácter y su idiosincrasia. Me ha bastado un día y medio en casa de mis padres para recordar mi técnica de pedos silenciosos, tan evolucionada que mi cuerpo parece asimilar los gases para luego exudarlos con el resto del olor corporal. Eso sólo puede conducir al dolor de barriga y a la depresión.
Hoy tiro la segunda bolsa de basura, que apesta a podrido. El contenedor está medio vacío y decido tirar la tercera. Antes de cenar me apetece hacerme un paja. Le echo un vistazo a mi archivo videográfico y elijo conscientemente a una chica lo más distinta posible de Z: morena y de pechos grandes. Pero a mitad de faena Z se inmiscuye en mi cabeza, con sus pechitos diminutos y afilados, y con el vello translúcido de su vientre, y pierdo presión y acabo mecánicamente, con una corrida ramplona e insatisfactoria.
Ceno gambas a la plancha, las favoritas de Z.
Como el cuarto de baño no tiene ventanas deduzco que sólo han podido salir de un cadáver. Echo un vistazo al veneno y compruebo que el montoncito ha desaparecido. Apenas quedan un par de bolitas desperdigadas. Pero no hay ni rastro del cadáver del ratón. Vuelvo a echar un poco de veneno, por si acaso, y salgo a comprar el pan: se me han pasado las ganas de ducharme y de desayunar.
La panadería argentina está cerrada. En la puerta han pegado un cartel en el que se lee “Cerrado por defunción”. Me puedo imaginar el proceso en el que alguien lo escribió en el Word y lo imprimió y lo pegó con celo por la parte de dentro del cristal, y me entran ganas de llorar.
domingo, 11 de mayo de 2008
:decadencia

Nick Drake murió en 1974, con 26 años de edad, en una situación no del todo esclarecida. Todavía se duda si se trató de un suicidio o si se le fue la mano con las pastillas. De lo que nadie duda es de que murió, dejando tres discos impecables y varias cintas de trabajo muy reveladoras. En 26 años no tuvo tiempo de llegar a una decadencia artística, sólo vital. Pero no me cuesta imaginar una vida en la que la madre lo encontrase moribundo y lo llevasen al hospital a tiempo de salvarle. Sería así, aunque podría ser de otras mil formas: tras una larga terapia y un par de discos tristes y cada vez más desnudos de lirismo, ya totalmente limpio, es asimilado por la gran industria. Un par de canciones suyas tienen cierto éxito en voces ajenas, lo que le lleva a replantearse el rumbo de su carrera: ahora o nunca. Rompe contrato con Island y ficha por otra compañía que apuesta por él. Saca un disco producido por alguna luminaria pop que por fin le hace entrar, aunque tímidamente, en las listas. Es un Nick Drake entrado en carnes a causa de los antidepresivos, con principios de alopecia, con coristas sexis y una música sobreproducida y tarareable. Son los ochenta, y se pasa de la heroína, el hachís y los ácidos a la cocaína. Saca discos con portadas coloristas, con preeminencia de sintetizadores y ritmos de batería electrónica. Se mantiene en una digna segunda división comercial, teloneando a Elton John y colaborando con algún arpegio en discos de Phil Collins y Sting. Sale en la tercera fila de la versión inglesa de Live Aids, haciendo coros entre el saxofonista de Spandau Ballet y el negro de Culture Club. No le dedican ni un solo plano. Pasa por una etapa mística en la que no deja de hablar de ovnis y de Jesucristo en las entrevistas. Saca discos temáticos vergonzosos, coqueteando con el AOR y la New Age. A los antiguos fans cada vez les cuesta más seguir reivindicando los viejos LP’s, y los escuchan con auriculares, a solas, mirando atentamente las portadas como quien otea un universo paralelo. Toca fondo a finales de los ochenta. Entra en una clínica de desintoxicación para dejar la cocaína y el alcohol. Logra, más o menos, dejarlos. No así el tabaco: fuma tres cajetillas diarias. Se semirretira a la mansión familiar, donde profundiza en la poesía inglesa medieval y toma los primeros apuntes para una futura autobiografía. Llegan los noventa: Rick Rubin lo convence para que vuelva al estudio tras siete años de ausencia discográfica. Con un par de canciones nuevas y varias versiones bien elegidas sacan un disco decente, desnudo y austero que, sin acercarse a sus obras maestras, vuelve a ser digno. En las revistas especializadas escriben reportajes hablando de los viejos buenos tiempos, e incluso salvan alguna canción de la cosecha ochentera, lastradas sin duda por una producción inadecuada. Las nuevas generaciones descubren sus primeros discos, ahora reeditados en CD: no dan crédito. Se sacan recopilatorios, canciones inéditas, versiones alternativas. Graba un Umplugge para la MTV, que pasa sin pena ni gloria. Un par de discos más, siguiendo la estela del anterior, ya sin sorpresas. Entra en los circuitos de festivales de jazz de salón, como Van Morrison. Conciertos predecibles, inofensivos, amables, para cuarentones progres. Graba discos de duetos que se venden relativamente bien en las campañas navideñas. Finalmente, muere de cáncer en el 2007, a los 59 años. En El País, Diego Manrique le escribe una necrológica, y le dedican un par de segundos en los telediarios de Tele 5 y Cuatro. Ya ves tú.
sábado, 10 de mayo de 2008
:un sueño

Pero, como este blog es mío, aquí les cuento mi último sueño. Si algún freudiano le encuentra el menor sentido, agradeceré cualquier pista. Sin más, allá voy:
Estoy de viaje en coche con alguien indefinido, pero de confianza. Alguna mezcla de amigo presente y pasado. Nos detenemos en un pequeño pueblo a mirar el mapa, pues tenemos dudas con respecto a la ruta a seguir. Mientras mi compañero echa un vistazo al mapa yo veo desde la ventanilla como a nuestro lado pasa otro coche. Pero no un coche normal, como podrán imaginar: es un coche absurdamente largo y sin carrocería, con toda la maquinaria al aire. En la primera fila de asientos, un hombre y una mujer; en la última, unos metros más atrás, un niño de dos años fumándose un cigarrillo con gran estilo. Alarmado y escandalizado salgo del coche gritando. La pareja detiene su extraño artefacto y me contestan con improperios. Por allí al lado pasan un par de agentes del orden, que intervienen cuando les señalo la inconcebible situación. En cuestión de un segundo todo el pueblo se ha reunido alrededor nuestra a ver que sucede. Nadie parece considerar extraño que un niño de dos años fume, ni siquiera la policía, y comienzan a increparme y a formar un corro amenazador en torno a mi. Como en un acto reflejo cojo una pequeña rama del suelo y les apunto con ella, tratando de convencerles de que es una varita mágica. Sus rostros cambian de expresión, recelosos pero con cierto temor, sopesando la verosimilitud de mi afirmación. Apunto con la varita a un energúmeno al azar y grito “Turrón”, e inmediatamente se queda hierático, congelado en una posición como si en vez de carne y hueso estuviese hecho del mencionado dulce navideño. Viendo el éxito de mi estrategia, comienzo a disparar ráfagas a discreción con mi varita: “Turrón turrón turrón turrón turrón turrón turrón...”, hasta que todo el pueblo parece un museo de cera. Reculo con cuidado hasta el coche, y conducimos despacio entre la turba congelada, intentando no atropellar a nadie. Al pasar al lado de un individuo, su máscara de hieratismo se rompe casi imperceptiblemente y comprendo que está aguantando la risa. Todo ha sido un juego.
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [25]

Releo mi fabulación sobre la ruptura; una simplificación para hacerlo más asumible. Pero no sé que pasó realmente. Sólo sé que un día estábamos juntos y yo sólo quería estar solo, y al día siguiente estaba solo y sólo quería estar con ella. ¿Tiene algún sentido?
He ido rebajando las horas que me pasaba pensando en ella, día a día, con un esfuerzo que me dejaba sin fuerzas por la noche, tan exhausto que ya no podía ni dormir. Y cuando dormía, la mitad de las veces soñaba con ella, con momentos felices que nunca vivimos y que me dejaban destrozado al despertar; o con el instante en que la vi salir por la puerta, alargado hasta ocupar semanas de mi vida.
Y ahora este mensaje. Llevo tres días dándole vueltas, analizándolo desde todos los ángulos. Lo he leído cientos de veces, como cerciorándome de que es real. Y hasta donde una información digital codificada pueda serlo, lo es. He pasado por todas las fases que se puedan pasar en setenta y dos horas en relación a esas dichosas tres palabras, para acabar agarrándome a una pequeñísima ilusión: ahora la ventaja la tengo yo. Y la seguiré teniendo mientras no conteste al mensaje. No sé si estoy haciendo lo correcto, probablemente no, pero es la única opción que siento que equilibra lo que me pasa por dentro con lo que parece pasar afuera.
¿Qué más? Pues metí todos los trastos en el maletero; mi madre me dio la fiambrera llena de restos de la carne del sábado y una bolsa de patatas de la aldea y nos despedimos. Mi padre estaba en la sala viendo la tele y me soltó desganadamente que tuviese cuidado con el coche. En un despiste cojo la caja de Trankimazin de la cocina. No me supone una gran carga de conciencia: estaba bastante abajo en el cajón, con lo que supongo que no lo usan habitualmente; y además están jubilados y les regalan los medicamentos.
El coche tardó diez minutos en arrancar y, más o menos, así fue el fin de semana.
miércoles, 7 de mayo de 2008
:tragaperras

Haciendo el camino inverso a la comitiva funeraria, cuanto más nos alejábamos del cementerio, cuando más disperso era el tráfico, más irreales resultaban la cuatro horas anteriores, como una ficción inconsistente y falta de sentido y de ritmo. Sólo podía pensar en quitarme el traje y en que mi tío Fernando no se había puesto el cinturón de seguridad, cuando de pronto me dio un codazo y me señaló un hueco entre dos coches para aparcar y me dijo que me parase allí. Me costó un par de maniobras de más aparcar, y mi tío Fernando me dijo que me invitaba a tomar una copa. Había una taberna allí mismo, pero yo le dije que tenía prisa. Él me dijo que sólo sería un momento y no supe que contestar. Entramos en el local, oscuro y ahumado. Vacío. Una señora en bata miraba la tele sentada en una banqueta desde detrás del mostrador. Nos miró en silencio hasta que mi tío Fernando pidió dos vinos. Yo protesté pero ni mi tío Fernando ni la señora parecieron oírme. Él se bebió su vino de un trago y pidió otro. La señora le sirvió el segundo y se demoró con la jarra, esperando a ver que pasaba. Como no pasaba nada, se sentó y siguió viendo la tele. Mi tío Fernando se sonó los mocos con un pañuelo y rebuscó en el otro bolsillo. Se sacó un poco de calderilla y se acercó a la máquina tragaperras. Yo me quedé unos momentos en tierra de nadie, flotando junto a la barra, viendo como iba metiendo una moneda tras otra en la tragaperras. Mi tío Fernando metió la última moneda y accionó los botones sin ningún resultado. No mienten, me dijo, no la llaman sueltaperras. Se tomó el segundo vino de otro trago y pidió que le cobraran. Pagó con un billete que rebuscó en el bolsillo y después nos fuimos. Yo no probé mi vino, pero ni mi tío Fernando ni la señora dijeron nada.
Dejé a mi tío Fernando delante de su casa. Esa fue la última vez que lo vi. El suyo fue otro funeral de compromiso, en la misma capilla y en el mismo cementerio. Parecía una repetición del anterior; las mismas caras, las mismas conversaciones, la misma ropa. En cuanto pude me escabullí y me metí en mi coche y arranqué sin mirar atrás. Al pasar delante de la taberna no vi ningún hueco para aparcar, y eso me resultó más triste y conmovedor que la muerte de mi tío Fernando.
domingo, 4 de mayo de 2008
:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [24]

Tengo que usar el desodorante de mi padre, que pica en los sobacos y huele a cincuentón, y me pongo la muda que he traído. Noto el cerebro agradablemente embotado, medio amnésico, como si sólo hubiese olvidado todo lo malo. Al entrar en la cocina me siento un poco avergonzado por haberme levantado tan tarde, así que entro sin pensármelo mucho. Hace tanto calor que se me empañan las gafas. Han hecho cocido. Mi padre, como es habitual, habla conmigo a través de mi madre, como si yo no estuviese presente. Le pregunta si quiero costilla o sólo jamón, y yo le digo a mi madre que sólo costilla. Me pregunto si existirá un vocablo que designe con precisión esta acción. Si no, debería haberlo. Después de todo, existe la palabra alunizar, que nombra algo que sólo se ha hecho una docena de veces en toda la historia de la humanidad.
Comemos básicamente como animales amaestrados, en silencio, levantando de vez en cuando la cabeza hacia el televisor. Tras el plato fuerte, también en silencio y sin solución de continuidad, mi padre y mi madre desplegan sobre la mesa, como en un complejo ritual, los postres: fruta, membrillo y queso. Me como la pera más pequeña del frutero. Mi madre me pregunta si hace mucho que no hablo con mi hermana. Como puede contrastar la información, decido decirle la verdad, pero lo más imprecisamente que puedo. Le digo que no recuerdo, que hará como un mes o dos. Me dice que la hicieron fija en la empresa, y se supone que debo alegrarme, así que supongo que me alegro.
La sobremesa termina sin estridencias. En el dormitorio hago una criba de todo lo que me voy a llevar. La mayor duda me la plantean las mancuernas. Al final decido llevármelas. Debo ponerme minimamente en forma, ya que estoy de nuevo en el mercado. Sólo cuando ya voy a irme veo que tengo un mensaje en el móvil. Probablemente fue el tintineo que oí por la mañana. El mensaje es de Z, la primera noticia que tengo de ella desde que hemos roto. Sólo son tres palabras y un signo de interrogación: que tal stas? [Continuará]
jueves, 1 de mayo de 2008
:Thomas Midgley Jr.

Aparte de la gasolina con plomo, el bueno de Midgley tuvo una segunda oportunidad para causar él solito el Apocalipsis a nivel planetario, pues también tiene el dudoso honor de haber inventado los clorofluorocarbonos (CFC), mientras trataba de encontrar un gas no tóxico, estable, no inflamable ni corrosivo. El polivalente invento se comenzó a fabricar en grandes cantidades a principios de la década de los treinta, aplicándose a multitud de útiles (aires acondicionados, pulverizadores...). No fue hasta cinco décadas después que se descubrió el poder destructor de los clorofluorocarbonos sobre la capa de ozono (un kilo de CFC aniquila unos 70.000 kilos de ozono, a parte de que una sola molécula de CFC es unas diez mil veces más eficaz intensificando el efecto invernadero que una de dióxido de carbono. Vamos, una joyita).
Esta historia, por lo menos, tiene un final feliz: el bueno de Thomas no llegó a enterarse del poder destructivo de su segundo invento, pues murió mucho antes. Tras quedarse paralítico por la polio, inventó un artilugio a base de poleas motorizadas para levantarse y girarse en la cama sin ayuda de nadie. En 1944 se quedó enredado en los cordones de la máquina y murió estrangulado. Eso se llama justicia poética.