martes, 18 de marzo de 2008

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [7]


12 de octubre - Hoy no tengo ganas de escribir.

13 de octubre - Veo a Damián sentado en un banco de la Alameda leyendo al sol. Me acerco sigilosamente por su espalda para darle un susto, cuando se tira un sonoro pedo. Me quedo paralizado unos segundos interminables, hasta que decido recular y aproximarme desde un lateral, como si lo acabase de ver y me acercase inocentemente a saludarle. El olor del pedo ya se ha disipado, y con él la poca autoestima que todavía me queda.

14 de octubre - Me gustaría poder desfilar por mi vida usando frases sentenciosas, como si Humphrie Bogart me interpretase. Pero no me imagino a Bogart diciendo: “Ayer me vi tres episodios de Perdidos, cené dos veces y me hice una paja”.

17 de octubre - ¿Por qué tengo que ser tan enamoradizo? Hace un par de días que no puedo dejar de pensar en una chica; es la dependienta de una tienda de frutos secos (por cierto, locales copados exclusivamente por clientela femenina) en la que entré a por unos piñones para hacer una ensalada que vi en un libro de cocina que regalaban con el periódico del domingo (esta es la versión corta). Es morena y, de refilón, guapa. Me da miedo observarla con atención y que se rompa la magia, porque me hace mucha compañía mientras intento dormir.

18 de octubre - He vuelto a la tienda pero no estaba la misma dependienta. Al principio me supuso un gran chasco, pero después comprendí que casi era mejor así: era demasiado buena para mi. La dependienta nueva tiene mechas como de profesora de parvulario y una pequeña verruga al lado de la nariz que la convierte en un ente completamente neutro en lo que respecta a mi como ser sexual; y aun así no puedo evitar un torpe y patético intento de galanteo. Me compré para disimular unos anacardos, que me parecieron unos frutos secos, dentro de lo que cabe, varoniles (más que las avellanas o las nueces de macadamia, en cualquier caso). Justo hoy tuvo que antojárseme comer chorizo asado, y unos continuos rebufos criminales me suben por la laringe cada vez que intento articular una frase de longitud media, con lo que me veo obligado a girar la cara cada tres palabras mientras entablo la conversación de rigor con la dependienta. Se debe de creer que tengo un tic nervioso. Ya no tiene ningún sentido volver.