sábado, 24 de abril de 2010

:superpota


Los 17 empleados de Aluminios Fonollosa S.L. quedan para cenar en el restaurante El Caracol un jueves antes de un puente de fin de semana.

Encargan un menú de grupo consistente en: pulpo a la vinagreta, pimientos del piquillo rellenos de carne, ensalada de espárragos y langostinos, pez espada a la parrilla, escalope de ternera empanado en harina de maiz y postre de la casa (flan con nata). Vino de la casa, agua o refresco y café. Chupitos a parte.

Al salir del restaurante, los 17 compañeros se dirigen a la zona de copas para continuar con la fiesta, cuando a uno de ellos le entran unas nauseas repentinas.

Sin poder contener las arcadas vomita en medio de la calle. Un efecto dominó se propaga entre los demás, que de pronto siente que el estómago se les vuelve del revés. Para no vomitarse unos a otros en los zapatos, forman un círculo en cuyo centro vomitan la cena recién pagada.

Cuando al último de los comensales se le pasan las arcadas, se dirigen de vuelta a El Caracol a presentar una queja por el evidente mal estado de alguno de los ingredientes, dejando abandonada una imponente y homogénea pota de más de doce litros (a ojo).

Los que se la encuentran esa noche (así como el barrendero que la tiene que limpiar a primera noche de la mañana) no dan crédito a lo que ven. Parece como si un elefante o algún otro animal terrestre de gran tamaño hubiese vomitado en el bordillo de la acera.

Algunos conductores aminoran la marcha para intentar comprender qué es eso que ven. Nadie aparca sobre la pota, a pesar de no ser zona amarilla.

Algún transeúnte curioso se detiene a observar con detenimiento los restos mal masticados y apenas digeridos, tratando de dilucidar el menú que tan mal le ha sentado al hipotético paquidermo o mamífero mayor.