sábado, 4 de octubre de 2008

:eructos de coliflor [3]

1. Sueños húmedos: mis adorados Redd Kross, en su monumental disco Third Eye (1990) sacaron en portada a una chica ligerita de ropa que, con los años, acabaría por convertirse en una prestigiosa cineasta y en una de las mujeres más sexis del planeta (esa nariz trompetera, esa mirada vacuna, ese mohín de aburrimiento, buff…). Ya lo han adivinado: Sofía Coppola. Su presencia, que duda cabe, ha aumentade el valor de este disco como objeto de culto, sobre todo en edición vinilo (ejem). ¿Y cómo acabó la hija menor de Francis Ford haciendo el monas en la portada de un disco? Pues parece ser que eran amigos y compañeros de correrías (los hermanos McDonald y los hermanos Coppola, con Roman el hermanísimo) por aquellos años pre-pelotazo grunge. Pero la pregunta es ésta (tomen aire si lo están leyendo en voz alta): ¿si tan amigos eran, por qué Sofía no les incluye una mísera cancioncilla en una de sus multiventas bandas sonoras originales para que así puedan acceder al gran público y vender los millones de discos que se merecen y convertirse en multiplatino y darle una patada a esta industria musical cada vez más aburrida, anodina y sin clase que padecemos desde hace no sé cuanto? Vale, quizás las tonadillas electrizantes, energetizantes y supervitaminadas de los Kruzz Rojaa no sean las más apropiadas para la mórbida languidez de los flins de la italoamericana. Pero por soñar.
2. Al bueno de Scott McCloud lo conocimos por estos lares como autor de la desconcertante y desprejuiciada Zot!, y después como erudito y estudioso del noveno arte en esa maravilla que es Entender el Cómic (Astiberri, y no como lo tradujeron en un primer momento los de Ediciones-B: Cómo se hace un cómic). Menos esencial para un servidor le pareció su continuación, La revolución de los cómics, un tocho quizás demasiado denso, aunque igual de agudo en sus apreciaciones y con un punto polémico que es de agradecer en un medio tan adormilado como el de las viñetas. McCloud cierra esta trilogía, por el momento, con Hacer Comics. Siguiendo su particular estilo metalingüístico, como complemento al quinto capítulo de dicho libro, en el que nos habla de los web comics se marca, como no podía ser de otra forma, un web cómic. El resultado, 16 páginas esclarecedoras y amenas, como es habitual en él, que están a nuestra disposición traducidas en la página web de los buenos de Astiberri. Es decir, aquí: www.astiberri.com/hacercomics/
3. Si fuese un personaje de Curro Jiménez me llamarían afrancesado, pero no puedo evitarlo: el libro de esta semana también es de un autor francés (más o menos: hijo de belga e italiano), Patrick Modiano: En el café de la juventud perdida (de Anagrama, y si no incluyo la portada es para que no parezca que me llevo comisión). Se nos informa en contraportada que es un libro sobre el poder de la memoria y la búsqueda de la identidad, que es como no decir nada porque el 90% de las novelas tratan sobre el poder de la memoria y la búsqueda de la identidad. La cosa es que tiene forma de librillo de misterio, que en cada uno de sus capítulos un narrador distinto nos cuenta una parte de la historia total, que está ambientada en el París de los años 60 de Godard, Debord y compañía, y que se lee con fruición e interés y que a mí me gustó mucho y por eso os lo recomiendo.
4. Todos llevamos un superhéroe dentro, que se nos transparenta cual pentimento a la mínima oportunidad: ayudar a una viejecita a cruzar la calle, indicar la dirección a un turista, ayudar a bajar un cochecito de bebé por unas escaleras, mirar con desaprobación a un ratero que se escapa corriendo calle arriba… Mi último acto heróico: ayudar a una despistadísima señora a encontrar la puerta de la oficina de Winterthur (efectivamente, doblando la esquina). Lo dicho, todos somos superhéroes, aunque no nos dediquen interminables series de comics, ni superproducciones hollywoodienses, ni muñecos articulados, ni los niños se disfracen de nosotros en carnavales. Somos anónimos, como los alcohólicos; no ambicionamos ni la gloria ni el estrellato. Somos actores de reparto en este teatro de polichinelas al que llamamos mundo (ay); pero somos, efectivamente, los que hacemos que todo marche bien, a su hora y más o menos limpio. Si es que somos la hostia.