viernes, 13 de marzo de 2009

:los ketchup

A ver: de un cómic sin, a priori, concesiones comerciales evidentes (dibujo frío, trama intelectualizada, personajes de nueva creación), superventas sólo a largo plazo y a pesar de si mismo, se ha construido una película que es puro espectáculo, puro blockbuster. De un cómic experimental se ha hecho un film absolutamente estándar. El valor del cómic estaba en su construcción minuciosa, en sus juegos metalingüísticos, no tanto en la trama, puro McGuffin en la parte inicial, melodrama constructivista el resto. La película sólo puede quedarse en la epidermis, en la representación en carne y hueso (digital) de las estampitas, no pudiendo profundizar hasta el armazón, lo verdaderamente valioso del cómic: el meollo del asunto es una estructura autosustentante, una especie de manual de instrucciones de un manual de instrucciones. La película, decíamos, imposibilitada de raíz para llegar a lo fundamental, se convierte en un espectáculo fetichista, un Dónde está Wally en el que el aficionado se entretiene en buscar los equivalentes fílmicos de sus viñetas favoritas. Pero para los que no conocen el tebeo (la mayoría de los espectadores, para que nos vamos a engañar), ¿qué supone este flin? Pues una peli de superhéroes ligeramente más “profunda” de lo habitual. Por habitual entiéndase: Daredevil, Los 4 Fantásticos, Spidermanes, etc. Y por profunda entiéndase: personajes malencarados que hablan más de lo habitual, y citas cultas (lo que entendieron los que se quedaron con la superficie del cómic, los que lo entendieron mal). Ficción superheroica, en fin, para adolescentes de 17 años en vez de para adolescentes de 13, y es que el fandom estaba comenzando a dejar de reciclarse y a envejecer.
Me alegra sobremanera leer este comentario en la crítica del maestro Jordi Costa (El País, 6 de marzo): “Series con el complejo andamiaje de Perdidos no serían posibles sin la previa existencia de Watchmen”, porque confirma lo que yo venía rumiando desde hace unos años: que Perdidos es la versión audiovisual de Watchmen. Entiéndanme la boutade: Lost es un heredero espiritual, la única traslación posible del original caligráfico y arquitectónico de papel a un medio dinámico, fluido. Traslada coordenadas espaciales a instantes temporales, y sin recurrir a las cansinas cámaras lentas y rampas que nos tenemos que tragar desde Matrix. Qué falta de imaginación, por dios. Y de criterio: el equivalente fílmico a un viñeta no es una imagen detenida (o ralentizada), sino un instante transcendente, un nudo gordiano.
¿Era, pues, necesaria esta adaptación? Si por necesaria queremos decir “tremendamente rentable”, entonces la respuesta es un clamoroso SÍ. Para eso han fabricado esta especie de “John Mclain meets Forrest Gump”, en el que todo huele a rentabilidad asegurada (esa banda sonora cargada de hits… sólo me alegro por Dylan, que va a sacar una buena tajada de la tontería). Yo abogo por dos adaptaciones imposibles:
1. Partiendo de que la grandeza de Watchmen sólo es entendible dentro de la idiosincrasia de la historieta, pasaría de adaptarlo a otro medio (ni película, ni ballet sobre hielo, ni canción pop, ni tercetos encadenados) y lo adaptaría otra vez al cómic. Yo pagaría lo que me pidiesen por un Watchmen de Chris Ware (uno de los herederos de la exhaustiva narrativa y la cristalización temporal sublimadas en Watchmen), por poner un ejemplo.
2. Hablando de mundos distópicos: me encantaría una versión fílmica perpetrada por Roger Corman en los años 90 (ese período de tiempo que, visto con perspectiva, es el epítome de lo kistch hecho década), con un presupuesto de 300 mil dólares y con un final con una sepia y una maqueta de Nueva York. Por lo menos no sería un tostón de tres horas.
[Para un par de críticas como dios manda, pinchen aquí o aquí].