martes, 25 de septiembre de 2012

:D.H. Lawrence parte 5


Bueno, here we go again.  Tengo la sensación de que las entregas de las desopilantes aventuras del insigne escritor D.H. Lawrence se están espaciando cada vez más, pero no por ello están ganando en profundidad, reflexión ni calidad.  Como un universo en expansión, los fragmentos cada vez están más separados y tibios.  Pero, ah, quizás no nos estemos dirigiendo hacia un inevitable Big Crunch tebeístico, quizá la Teoría de cuerdas también se pueda aplicar a esta modesta serie de viñetas y un universo paralelo vibre en sincronía con este y una miríada de aventuras estén por inundar nuestras retinas y sinapsis neuronales.  No sé, llamadme loco, llamadme ingenuo, llamadme como queráis; pero tengo un sueño, y en ese sueño todos los hombres vivirán en paz y en armonía con sus semejantes, y juntos crearán una nueva era dorada donde reinará la paz, la comprensión y los finlandeses.  Claro que en ese sueño también salía el rubio de los Pecos como diputado de UPyD y hacía ouija en el Congreso y lograba hablar con Eric Roberts, que ni siquiera está muerto, que yo sepa.  Así que no me hagais mucho caso.
En resumen: aquí van 25 chorraditas encapsuladas para vuestro solaz y entretenimiento.  Y como la mayoría de las mejores cosas de la vida, al principio son gratis.  Un saludo desde Providence.

























jueves, 2 de agosto de 2012

:memorias (desordenadas) de un lector de tebeos [3]


Luis era un compañero de trabajo de mi padre, mucho más joven que él, que de vez en cuando se pasaba por nuestra casa para ayudar en alguna chapucilla (cortar leña con su motosierra, sobre todo).  Alguna vez me vio leyendo tebeos, así que me preguntó si le podía dejar alguno.  Como yo ya había tenido una mala experiencia de tebeos-no-devueltos (esa es otra historia) me mostré un poco reticente, pero al final, creo que más bien por no saber como negarme, acepté.  Tengo que decir que siempre me devolvió todo lo que le presté, normalmente con mucha demora, pero en perfecto estado.  Y en una ocasión con un par de regalos: un viejo Jueves que sólo me llamó la atención por la foto de La chica del viernes (estaba yo en la edad de los primeros picores) y un Cimoc.  Este sí que supuso una revelación, un heraldo del cómic “adulto” que llegó a mis manos y no supe cómo entender, pero que dejó poso en mi gusto futuro. 


A mis manos ya habían llegado algunas revistas de cómic; aunque llegué tarde a la era dorada de este formato, al Comix Internacional, 1984 y Cairo, viví con bastante consciencia la “Edad de plata” del invento, y gracias a algún-amigo de algún-amigo pude degustar números del Zona 84.  Aquello parecía en cierto modo una evolución natural del cómic de superhéroes, con esos mundos de ciencia ficción y fantasía, y una vez uno habituaba el paladar a esa nueva estética, era perfectamente disfrutable (si a Den le tapabas la chorra no era muy diferente de Conan o de cualquier superhéroe).  Lo que más costaba era acostumbrarse al blanco y negro y al “feísmo” de las tramas manuales y de la gente con lorzas, nosotros que vivíamos en un universo poblado de cuerpos perfectos en cuatricromía.
Pero el Cimoc era otra cosa: aquí, además de fantasía, había cotidianeidad, género negro, thriller, aventuras, humor…  suponía la entrada a un nuevo universo que se intuía ilimitado (y que en realidad debe de serlo, porque veinte años después todavía no le he encontrado los límites).  Pero como a todo heraldo que trae una noticia del exterior, a aquel Cimoc nº 111 no le hice mucho caso; me quedé con algún detalle, sobre todo en lo referente a la “permisividad” sexual que allí se respiraba, como si aquello fuera un país más liberal al que uno iría gustosamente de vacaciones, pero no en el que vivir.  En retrospectiva, releyendo o leyendo por primera vez algunas historias que de primeras no me habían atraído, fui degustando ese nuevo “estilo” y, de forma natural y paulatina, fui abandonando a mis superhéroes (esa también es otra historia). 
Echando una hojeada a ese nº 111: una portada kitsch de Luis Royo que, a pesar de su gusto por la chicas ligeritas de ropa, nunca me gustó, ni cuando tenía trece años y uno poco más le pide a la vida que dibujos realistas de mujeres semidesnudas.  En el interior, una buena muestra de lo mejor del cómic europeo de aquel entonces.   


Me centraré en las que más me llamaron la atención, porque es un especial de 100 páginas y tampoco quiero eternizar el asunto: Memorias de un 38, de Boucquet-Fromental y Franz se me quedó grabada a fuego, y no por su calidad narrativa (en realidad poco recuerdo de la historia), ni por su espectacularidad gráfica, sino por algo mucho más mundano: desnudos integrales y sexo explícito entre personas poco atractivas.  Sobre todo una maxi-viñeta con posturas sexuales entre un cliente escuchimizado y con gafas y una prostituta negra obesa.  Esto no es, ni mucho menos, underground, pero a excepción del uso recreativo e indiscriminado de sustancias estupefacientes, aquí ya está todo: Crumb después de Crumb, pero antes de Crumb.


Taxi, de Alfonso Font: comienza en este número una nueva aventura, 8 páginas de un álbum de 48; así que a nivel narrativo, de nuevo, podo pude extraer de aquí… pero a nivel gráfico, esto es un filón.  Me enamoré a primera vista del estilo de Font, que para mí fue una entrada por la puerta grande al cómic de aventuras a la europea: el realismo de los entornos, la aplicación directa del color, el trazo vivo, las localizaciones exóticas (y a la vez reconocibles y cercanas –Barcelona en lugar de Nueva York-)… Echo un vistazo a estas viñetas y me retrotraigo a mi Arcadia particular (o al menos a una de ellas).  Desde aquí mi propuesta para que Alfonso Font lleve, de forma oficial, un signo de admiración detrás de su nombre.

La boca de agua, de Boucq: unos tipos con obesidad mórbida comiendo sin parar.  Todo esto, con el estilo tan físico y carnal de Boucq es el equivalente en cómic de cinco páginas a La grande bouffe o a aquel segmento de El sentido de la vida; es decir, un dura prueba para los sentidos.  El feísmo del trazo y ese color casi fauve siguen pareciéndome, aún hoy, como salpicarte ácido de batería en los ojos.  Uno estaba acostumbrado a gordos como la Mole, ese villano de la Patrulla-X, donde la obesidad era un arma más, no un problema cardiovascular inminente como aquí.  Mediante la parábola llegamos al realismo.


La desconocida, de Cabanes: la certidumbre de que un tebeo “realista” era posible: una historia cotidiana, un amor de verano, encuentros fortuitos, el sol a través de las hojas de los árboles, y poco más.  Sobre todo, la sensualidad de las chicas Cabanes; y sobre todo –sobre todo- la textura de la piel, que nunca he podido olvidar.
Había mucho más –Ferry, Beroy, Eisner, Bilal, Bisley, nada más y nada menos…- pero llámame hereje, de primeras no me hicieron mucho tilín, así que le dejo aquí.
[Continuará]

miércoles, 25 de julio de 2012

:cuestiones del seguro.

¿Qué opinión te merece una pequeña fábrica de dulces en Desoto (Georgia), llamada Desoto Nut House, que hace tiempo organizaba visitas guiadas por sus cocinas mientras unas negras rollizas manejaban enormes tabletas de crocante y otras preparaciones en mesas de mármol, todo ello en un ambiente abierto, dulce y cálido en que se mezclaba placer y trabajo, tanto es así que siempre salías de allí con una o dos bolsas de nueces o dulces más por la alegría que allí  se respiraba que por tener debilidad por esos caramelos, no en vano aquella cocina era de lo más agradable, tanto como contemplar a las mujeres mientras removían aquellas masas peligrosas de caramelo candente, y ahora, cuando vas a la Desoto Nut House no te permiten entrar en la cocina porque ya no organizan visitas guiadas por "cuestiones del seguro"? Lo que quiero preguntar es: ¿no crees que el núcleo de todos estos cambios, de que el mundo ya no sea lo que era, radica en que uno ya no puede ver cómo se hacen los dulces "por cuestiones del seguro"? ¿Acaso no tendría que levantarse alguien y decir: "Si por culpa del seguro no puedo mostrarle a la gente cómo preparo mis dulces, como he hecho durante cuarenta años sin el menor accidente, pues no contrataré ningún seguro"?

(Este fragmento pertenece a la pequeña ¿novela? "El sentido interrogativo", de Padgett Powell (Alpha Decay, 2012), y que está formada integramente por frases interrogativas -normalmente no tan largas como las que conforman este fragmento-, y que vale mucho la pena leerse, no sólo por su audacia formal y por ser muy divertido, sino también porque, como no podía ser de otro modo, te obliga a replantearte -y plantearte por primera vez- muchos aspectos sobre tí mismos, lector, auténtico coprotagonista de la obra).

viernes, 20 de julio de 2012

:memorias (desordenadas) de un lector de tebeos [2]


El azar ha hecho que la primera bolsa que llega a mis manos no sea especialmente prometedora, al menos a priori.  Una cuartilla con un listado de los tebeos que hay dentro, una prevención de mi yo del pasado para facilitarme las búsquedas, me recibe antes de abrir la bolsa.  Algunos títulos me traen buenos recuerdos con su sola mención, otros ni recuerdo haberlos leído. 
Abro la cremallera y huelo el interior. 
Nunca he sido demasiado olfativo, a pesar de tener una buena pista de aterrizaje.  Veo a esas personas que abren los comics nuevos y lo primero que hacen es abrirlos, meter las narices dentro y respirar profundamente, y siento envidia, como si me estuviese perdiendo parte del show.  Yo soy eminentemente visual: disfruto del tacto de las páginas, de su textura, del peso del objeto, del sonido de las páginas al pasarlas y toda la pesca… pero lo que me fascina, lo que sigue dándome vueltas años después dentro de la cabeza, son los dibujos, la cuatricromía, las tipografías, los logotipos empresariales, las cabeceras de las secciones de correo, las líneas cinéticas, los contornos de los globos, las onomatopeyas… Por eso, aunque adoro el objeto, creo que no sufriré un trauma cuando los tebeos se conviertan en digitales de aquí a unos años. 
Por el bien del experimento, huelo el interior.  El inconfundible aroma de la tinta de los tebeos está oculto bajo el fuerte olor a papel viejo y húmedo.  Huele a librería de segunda mano, ni más ni menos: un olor acre que se agarra al fondo de las fosas nasales, que me evoca humedad e insectos xilófagos.  No pone en marcha ningún proceso proustiano,  o nada relacionado con lo que hay en el interior de la bolsa.  Así que vamos con el contenido.
Encima de todo, tres tebeos sueltos de “el corredor escarlata”.  
Primero: Flash serie limitada 50 aniversario num. 1.  He de decir, así, ya de buenas a primeras, que siempre he sido más de Marvel que de DC, no creo que por una cuestión de calidad (de hecho, cuando comencé a leer tebeos “en serio” en los 80, DC tenía, sino una calidad media superior, sí unos highlights mucho más evidentes y que han trascendido más), sino de presentación: las ediciones de Zinco me parecían oscuras y pobres en comparación con el cinemascope dolby surround de Fórum, que se me antojaban irresistibles objetos pop (mentira, eso me lo parecen ahora, entones simplemente me resultaban más molones).  En realidad los comics americanos tenían el miniformato de Zinco, mientras que los de Fórum se habían inventado un formato un poco más grande (el célebre, para toda una generación, “formato Forum”), para lo que ampliaban los originales americanos.  La distribución de Zinco también era más caótica, al menos en mi ciudad, así que blanco y en botella: fui un Marvel Zombie, no un DC Addict


Lo de DC lo viví un poco de soslayo, un poco sin entenderlo del todo: los multiversos, la Crisis en Tierras infinitas… lo leí por encima y me pareció indigesto y como si hubiese nacido viejo. 
Y Flash… como concepto me encanta, el traje clásico rojo también me parece muy grande (no así el prehistórico, el de la palangana en la cabeza, que bebe, como mucho del material DC de los treinta y cuarenta, de la mitología clásica), pero nunca he leído demasiado de él.  Cosas sueltas, empezadas in medias res e inconclusas, como destellos.  Así, obviamente, es imposible meterse en una mitología y un corpus con tanto peso como el que me imagino posee Flash después de tantas décadas.  Pero tampoco me estresa: abro un cómic, lo leo, aprovecho lo que puedo, y lo que no lo dejo.  Había TANTO, que no me importaba perderme ALGO.  Eso cambiaría unos años después.
No recuerdo haber comprado este tebeo concreto, pero supongo que caí en la trampa fácil de “el número 1”, y no me atrajo lo suficiente como para continuar comprándola (y con mi presupuesto exiguo de entonces, para “hacer” una colección, tenía que gustarme MUCHO).  Echo un vistazo al interior y tampoco me dice gran cosa: supongo que me lo leí una vez, hace más de veinte años, y no he vuelto a abrirlo desde entonces.  Me llaman la atención un par de cosas que entonces seguro que se me pasaron por alto: una introducción contextual de Mark Waid, uno de esos hombres de empresa siempre tan voluntariosos y cargados de datos que ayudan a ver que todo lo que se hace en el presente es una nueva Edad de Oro (como Raimon Fonseca en España, vaya).  La última página del tebeo reproduce un poema de Kipling, siguiendo esa moda instaurada por Moore en su Watchmen de salpicar los tebeos con citas literarias, como para dar mayor empaque y profundidad (los imitadores, no Moore).  En el listado de novedades del mes (octubre del 90), veo que DC estaba en una época relativamente notable: La Liga de Giffen y DeMatteis, V de Vendetta, Animal Man de Morrison, Hellblazer de Delano, etc.


Seguimos con otro tebeo: El nuevo Flash, especial Legends num.1 (caí otra vez en la trampa).  Esta portada sí la “recuerdo”: Flash corriendo por una pista de aterrizaje a la misma velocidad que unos cazas.  Visto ahora, por encima de la iconicidad de Flash (que sigue funcionando) sólo puedo ver los defectos: demasiado peso de la figura, lejos del dinamismo que debería de tener (y que tenía, por ejemplo, dibujado por Carmine Infantino): parece una estatua más que un corredor real (¿se puede correr con los pies así?).  Los objetos están “mal” dibujados: tienen una fuente real, pero son reduccionistas y torpes.  ¿Tanto cuesta conseguir unas fotos de un F-15 para documentarse?  ¿Los edificios del fondo no parecen un aeropuerto hecho con piezas de Tente?  La cuatricromía con degradados ya anticipa el futuro coloreado informático, pero vista ahora parece más kitsch que no un logro técnico.
En el interior de la portada vemos una primera versión de la portada, con un corredor más coherente (o que al menos no parece estar flotando en el espacio), así como unos edificios más creíbles, y unos F-16 copiados de la realidad, no imaginados por un niño. 


De la historia en sí no recuerdo nada: incluye los dos primeros números de uno de los reinicios de la colección en USA, con guión de Mike Baron (Nexus!) y dibujo de Jackson Guice, un tipo al que no sé muy bien por dónde pillar: parece venir de esa escuela de cuerpos alargados y anatomías definidas de Neil Adams, con gestos graves, como de película sueca.  Pero por otro lado tiene un aire muy hortera, y un acabado anatómico al límite de lo correcto, como si fuera un buen mal dibujante (o un mal buen dibujante).  No debería gustarme, pero me gusta.
Hojeando el tebeo, hay mucha fisicidad, mucho interés en describir a un Flash “real”, que, por ejemplo, debe alimentarse constantemente para contrarrestar el desgaste de sus carreras.  Supongo que otra herencia del mayor “realismo” que venía imponiendo Watchmen (con un guiño en una de las viñetas).  Hay, por encima del argumento, varias imágenes que sí me han quedado grabadas en la memoria, como muestra de que, al menos por entonces, leía los tebeos más icónica que literariamente.  (¿Ha cambiado eso con el tiempo? Espero poder responderme esta pregunta de aquí a unos cuantos posts).
(Continuará).

sábado, 7 de julio de 2012

:memorias (desordenadas) de un lector de tebeos [1]

Antes de nada, quisiera recalcar lo de “desordenadas”.  No tengo la suficiente fuerza de voluntad para organizar cronológica, sistemática o genéricamente todos estos recuerdos.  Así que, antes de comenzar la primera batalla, ya doy por perdida la guerra, lanzándome a escribir sobre la marcha, sin método ni plan; si al final el conjunto adquiere cierta forma comprensible, cierta homogeneidad, deberé de reconocer que ha sido por puro azar.
Sí quisiera, eso sí, empezar por el principio: como muchos otros lectores de tebeos, puntuales o compulsivos, empecé a “leer” mirando los dibujos, inventándome las historias, o suponiéndolas.  No sé si esta es la fase de lector que uno más disfruta, pero sin duda es en la que más implicado está uno con la narración.  Uno, por una mera cuestión de escala, se sumerge, se embebe en las páginas que discurren de izquierda a derecha como un gran fresco imposible de abarcar con la mirada.  Pasar las hojas, entonces, es un acto de fe, un instante de vacilación y de vértigo hasta que posas la mirada en la siguiente viñeta, en la siguiente página, y todo se vuelve a poner en marcha.
Aun después de haber aprendido a leer convencionalmente, seguí recurriendo a mi método comprensivo en numerosas ocasiones, por adaptarse más a mi espíritu dinámico: las palabras, cargadas de sílabas, no hacían más que frenarme en mi ansia de narración, de aventuras, de gags, de batallas… Los dibujos iban a una velocidad, y los bocadillos a otra, y estos últimos tenían las de perder y se convertían en lastre del que había que deshacerse.
En un sentido estricto, pues, creo que fui un lector tardío: hasta los cinco o seis años no comencé a detenerme en las palabras, pero desde entonces pocas veces me he separado de ellas.
A excepción de estas primeras lecturas -y de algunos otros tebeos desaparecidos, prestados, robados o leídos en bibliotecas-, el resto, decía, están bien atesoradas, y por tanto su presencia física es prueba y testimonio de mi tiempo, de mi memoria.  Algunos tebeos no han dejado rastro en mis recuerdos, pero otros evocan una época llena de sonidos, de vivencias, de personas, de ajetreos, de posturas inverosímiles, de meriendas.  Ojeándolos puedo retrotraerme al instante en que los leí por primera vez, como si fueran páginas de mi diario, un diario que nunca llegué a escribir porque supongo que estaba demasiado ocupado leyendo.
Muchos de estos primeros tebeos están guardados bajo mi antigua cama, en mi antiguo dormitorio en la casa de mis padres; también se amontonan en el desván, en estanterías metálicas, en estanterías de madera y dentro de armarios.  Buena parte del piso superior de la casa de mis padres está colonizada por superhéroes.
Un día, no debía de tener yo más de diez o doce años, no sé por qué, nuestra vecina, que trabajaba en una boutique y que, por lo demás, no mostraba demasiado cariño por nosotros, nos dio unas bolsas milagrosas.  Supongo que serían para guardar ropa en los armarios, por su forma plana y por una cremallera de plástico que hacía de cierre hermético; pero a mí me parecieron perfectas para otra cosa: antes de oír hablar de las bolsas para comics ni de las cajas bajas en ácido, yo ya tenía claro que el material del que estaban fabricados mis tebeos era perecedero y, cuantas más trabas pudiera yo poner a su desgaste natural, mejor.  Así que me agencié la mayoría de aquellas bolsas y fui metiendo en ellas mis tebeos, separándolos en pequeños montones siguiendo complicados métodos clasificatorios (entonces sí era un tipo serio).  Todo esto, remetido y amontonado en cajas que iban llegando a mis manos, se fue acumulando bajo mi cama. 
Me producía una gratificante sensación dormir sobre este tesoro, y no sólo por la convicción de que si se rompía una pata de la cama mientras dormía yo ni me enteraría; no, era algo más: la sensación de tener toda esa felicidad encapsulada tan cerca de mí, todas esas horas de diversión cristalizada, enquistada, real, amontonadas debajo de mi colchón.
Y allí siguen.  Así que me he propuesto (vale, algo de método sí hay en mis movimientos) ir hurtando una bolsa de vez en cuando y echarle un vistazo a lo que hay dentro, desprecintarlo y oler el pasado, a ver que recuerdos me evoca.  Ojear esos tebeos, quizás leer alguno.  Escribir lo que pase.
Son éstas unas memorias más sentimentales que analíticas, y por tanto creo que sólo pueden interesar a otros compañeros de armas.
El otro día me traje la primera bolsa de comics a casa y está esperando, sobre la mesa, a que la abra.  Vamos allá.

miércoles, 20 de junio de 2012

:vivo, Martínez.


Ángel, ojos permanentemente legañosos, pequeñas verrugas en la cara que comenzaron como manchas, ascendió en la jerarquía de una empresa donde la fuerza de carácter era un plus, a base de mantener una mirada torva aunque por dentro estaba permanentemente al borde del llanto.  Mediante silencios significativos y rumores iniciados por él, se granjeó un perfil técnico y un pasado como “cooperante”, en abstracto.  Se decía que tenía una exmujer italiana, lo que le confería cierto barniz “exótico” y vivido.  Parecía un veterano de alguna guerra química, con su piel reptiliana, sus escleróticas amarillas, una tos profunda que removía mucosas en su interior como mareas de flema. 
Su exmujer enseñaba las encías al reírse, abusaba del laísmo y leía en voz alta todo lo que le llamaba la atención, algo que Ángel no soportaba. Estaban leyendo sendos libros en el sofá, ella una odisea sangrienta de Pierre-Jean D’Haene, él una de ésas de Asimov en las que los personajes se pasan todo la novela hablando, de dos en dos, en laboratorios y despachos.  Como un coro, los comentarios en voz alta de ella comenzaron a puntuar y fundirse como un eco con lo que Ángel leía, asfaltando una tercera vía, construyendo un mensaje cifrado difícil de ignorar, un código morse que repiqueteaba en su cerebro como una tortura china: un aneurisma sintáctico en que científicos de un futuro próximo (temporalmente más próximo que cuando la novela fue escrita pero, paradójicamente, más lejano en espíritu e intenciones) luchan contra la entropía de un universo paralelo que amenaza con llevarse el suyo por delante con una certera cuchillada en el cuello.  Si no se atrevía con un cuchillo, siempre podía asfixiarla, aunque Cortina Rasgada le había demostrado que no era tan fácil como imaginaba: no era, ni mucho menos, el recurso de los homicidas pusilánimes. 
Mató a su exmujer –en realidad a su mujer- con un cojín que ella misma había cosido.  Aún después de remitir los estertores, Ángel tardó su buena media hora en retirarle el cojín de la cara, primero porque no tenía claro cuánto tiempo tarda una persona en morir asfixiada, segundo porque no estaba seguro de que ella no estuviera fingiendo, y por último, aunque no menos importante, porque no se atrevía a enfrentarse a su mirada, si es que todavía estaba viva.  Observó con detenimiento su pecho, que todavía parecía subir y bajar levemente con la respiración; pero al rato empezó a pensar que el aleteo en las sombras de la blusa podían deberse a un temblor en sus pupilas por el esfuerzo cardiovascular y la tensión.  Sí lo era, y sí estaba muerta. 
De pronto se sintió como un personaje de Dennis Cooper, sólo que más gordo, viejo y heterosexual, un tipo con un pasado turbio, con un asesinato en su cuenta, pero con el que podía vivir, como el que se ha tatuado un pequeño molinillo de viento en el tobillo.
La casa, sin su “exmujer”, era ahora extremadamente silenciosa.  Ángel podía oír el ruido de sus mocos cuando los arrojaba contra la pared, o contra el parquet o contra los muebles.  Hasta podía apreciar los matices de la sonoridad, dependiendo de la sequedad del moco, de la compactación, del ángulo de choque, del objetivo del impacto, etc.  A parte de eso, poco más.     

viernes, 25 de mayo de 2012

:inside men


Con el estilo clásico de la BBC –trama solvente, estilo sobrio, interpretaciones sin estridencias- nos llega esta miniserie de cuatro episodios, cuatro horas que, aún tomándose su tiempo, sin prisas, nos mantiene pegados a la pantalla hasta su desenlace.
Se trata de un policíaco clásico, un noir como de otra época: ahora ya nadie roba dinero de verdad, dicen los personajes; su plan para hacerse con toneladas de dinero en papel parece un acto romántico más que delictivo. 
La trama tiene su epicentro en un almacén de dinero, dinero físico, que en este mundo de transacciones electrónicas se nos antoja como una criatura antediluviana, una enorme ballena varada que resulta imposible de ocultar o de ignorar.  Su presencia lo ocupa todo, obligando a los personajes a gravitar a su alrededor, a vivir su vida en función de esa enorme masa.  Los tres protagonistas representan las tres actitudes que uno puede tener ante varias toneladas de billetes de curso legal; tres actitudes después de decidir robarlos, claro.  Los tres quieren mejorar sus vidas, pero por distintos caminos que parten del robo y concluirán, claro está, en un enfrentamiento.

La historia empieza por el final, y sólo después, en un juego de flashbacks y flashforwards, iremos entendiendo todas las implicaciones y los juegos de poder.  Y alguna sorpresa que los creadores han sabido ocultar para mantener el interés durante los cuatro episodios. 
Jugar con la línea temporal para contarnos un atraco no es algo nuevo; de hecho, es casi un recurso arquetípico.  Recordemos dos ejemplos paradigmáticos: Atraco Perfecto, con sus saltos temporales perfectamente medidos, perfectamente estructurados, hizo que Kubrick comenzara a fraguarse su fama de dirigir cine como un ajedrecista, con una puesta en escena fría, matemática, angulosa; cada acción tiene una consecuencia, cada movimiento engendra más movimientos, y el desenlace es el resultado lógico de un primer impulso.  El punto de vista de Kubrick es inmisericorde, no muestra la menor empatía con sus personajes, que parecen vivir en un plano inferior, un submundo donde les mueven las pasiones, no la razón.  El choque entre los impulsos animales de los personajes, y la retícula matemática en la que los atrapa el director, crea una tensión y una fricción extraordinarias, conformando una obra maestra incontestable del noir.
Tarantino comienza su carrera cinematográfica con Reservoir Dogs, otro atraco imperfecto contado con saltos temporales.  El estilo de Tarantino es opuesto al de Kubrick, fundamentalmente porque en las más de cuatro décadas que separan ambas películas ha pasado mucho cine, por ejemplo la nouvelle vague.  La visión de Tarantino es posmoderna, está más interesado en la lógica interna del relato que en su verosimilitud: no le interesa el cine como metonimia, como espejo y resumen de la realidad; el relato de Tarantino se explica a sí mismo y en sí mismo, y por tanto la estructura  responde a necesidades dramáticas.  Como dijo Godard, uno de los referentes de don Quentin: Toda historia tiene un principio, un desarrollo y un final, pero no necesariamente en ese orden.
El uso que se hace en Inside Men de la alteración temporal  está a medio camino de estas dos propuestas, pero más próximo a Atraco Perfecto en su clasicismo, en su falta de subrayados.  Los saltos temporales vienen aclarados con un cartel que indica el mes en que se desarrolla la secuencia, aunque en realidad no haría falta porque el relato discurre meridianamente claro.  Este pequeño peaje lo debe de pagar por tratarse de televisión, un medio más permeable a la falta de atención del público.  La claridad estructural, sin embargo, debemos entenderla como una virtud.
No es, por supuesto, una ficción de los años 50, sino del 2012, y por lo tanto tiene una pátina de posmodernidad, aun en su clasicismo formal: aquí encontramos al traidor, al jefe, a la mujer fatal, al chapucero… pero ninguno responde estrictamente al estereotipo, todos van un paso más allá.  La ambigüedad moral está perfectamente explicitada en la magnífica interpretación de Steven Mackintosh, personaje principal de la obra, envuelto en una búsqueda de crecimiento personal que vertebrará la trama y nos llevará hasta un final, no sé si sorprendente, pero desde luego sí distinto a dónde creíamos que nos dirigíamos.  Y eso, teniendo en cuenta que la historia comienza por el “final”, tiene mérito.
En resumen: muy recomendable.