sábado, 7 de julio de 2012

:memorias (desordenadas) de un lector de tebeos [1]

Antes de nada, quisiera recalcar lo de “desordenadas”.  No tengo la suficiente fuerza de voluntad para organizar cronológica, sistemática o genéricamente todos estos recuerdos.  Así que, antes de comenzar la primera batalla, ya doy por perdida la guerra, lanzándome a escribir sobre la marcha, sin método ni plan; si al final el conjunto adquiere cierta forma comprensible, cierta homogeneidad, deberé de reconocer que ha sido por puro azar.
Sí quisiera, eso sí, empezar por el principio: como muchos otros lectores de tebeos, puntuales o compulsivos, empecé a “leer” mirando los dibujos, inventándome las historias, o suponiéndolas.  No sé si esta es la fase de lector que uno más disfruta, pero sin duda es en la que más implicado está uno con la narración.  Uno, por una mera cuestión de escala, se sumerge, se embebe en las páginas que discurren de izquierda a derecha como un gran fresco imposible de abarcar con la mirada.  Pasar las hojas, entonces, es un acto de fe, un instante de vacilación y de vértigo hasta que posas la mirada en la siguiente viñeta, en la siguiente página, y todo se vuelve a poner en marcha.
Aun después de haber aprendido a leer convencionalmente, seguí recurriendo a mi método comprensivo en numerosas ocasiones, por adaptarse más a mi espíritu dinámico: las palabras, cargadas de sílabas, no hacían más que frenarme en mi ansia de narración, de aventuras, de gags, de batallas… Los dibujos iban a una velocidad, y los bocadillos a otra, y estos últimos tenían las de perder y se convertían en lastre del que había que deshacerse.
En un sentido estricto, pues, creo que fui un lector tardío: hasta los cinco o seis años no comencé a detenerme en las palabras, pero desde entonces pocas veces me he separado de ellas.
A excepción de estas primeras lecturas -y de algunos otros tebeos desaparecidos, prestados, robados o leídos en bibliotecas-, el resto, decía, están bien atesoradas, y por tanto su presencia física es prueba y testimonio de mi tiempo, de mi memoria.  Algunos tebeos no han dejado rastro en mis recuerdos, pero otros evocan una época llena de sonidos, de vivencias, de personas, de ajetreos, de posturas inverosímiles, de meriendas.  Ojeándolos puedo retrotraerme al instante en que los leí por primera vez, como si fueran páginas de mi diario, un diario que nunca llegué a escribir porque supongo que estaba demasiado ocupado leyendo.
Muchos de estos primeros tebeos están guardados bajo mi antigua cama, en mi antiguo dormitorio en la casa de mis padres; también se amontonan en el desván, en estanterías metálicas, en estanterías de madera y dentro de armarios.  Buena parte del piso superior de la casa de mis padres está colonizada por superhéroes.
Un día, no debía de tener yo más de diez o doce años, no sé por qué, nuestra vecina, que trabajaba en una boutique y que, por lo demás, no mostraba demasiado cariño por nosotros, nos dio unas bolsas milagrosas.  Supongo que serían para guardar ropa en los armarios, por su forma plana y por una cremallera de plástico que hacía de cierre hermético; pero a mí me parecieron perfectas para otra cosa: antes de oír hablar de las bolsas para comics ni de las cajas bajas en ácido, yo ya tenía claro que el material del que estaban fabricados mis tebeos era perecedero y, cuantas más trabas pudiera yo poner a su desgaste natural, mejor.  Así que me agencié la mayoría de aquellas bolsas y fui metiendo en ellas mis tebeos, separándolos en pequeños montones siguiendo complicados métodos clasificatorios (entonces sí era un tipo serio).  Todo esto, remetido y amontonado en cajas que iban llegando a mis manos, se fue acumulando bajo mi cama. 
Me producía una gratificante sensación dormir sobre este tesoro, y no sólo por la convicción de que si se rompía una pata de la cama mientras dormía yo ni me enteraría; no, era algo más: la sensación de tener toda esa felicidad encapsulada tan cerca de mí, todas esas horas de diversión cristalizada, enquistada, real, amontonadas debajo de mi colchón.
Y allí siguen.  Así que me he propuesto (vale, algo de método sí hay en mis movimientos) ir hurtando una bolsa de vez en cuando y echarle un vistazo a lo que hay dentro, desprecintarlo y oler el pasado, a ver que recuerdos me evoca.  Ojear esos tebeos, quizás leer alguno.  Escribir lo que pase.
Son éstas unas memorias más sentimentales que analíticas, y por tanto creo que sólo pueden interesar a otros compañeros de armas.
El otro día me traje la primera bolsa de comics a casa y está esperando, sobre la mesa, a que la abra.  Vamos allá.

4 comentarios:

David dijo...

A la espectativa! (y demandando material fotográfico)

Últimamente yo también tuve que hacer limpieza y encontré material que creía perdido para siempre. Casi todo ya sin las portadas y con las grapas oxidadas.

Parece mentira lo bien que recoradaba las viñetas. Hasta los errores de coloreado y las manchas de merienda. Auténticas magadalenas de Proust!

Mgn dijo...

yo tuve la brillante idea de meter todo en bolsas y a su vez en cajas cuando me mudé, hubo que sudar cada peseta que valían aquellos comics...

La Modosita dijo...

Ay, ay... ¡Quién tiene un libro tiene un tesoro!... Yo me acabo de mudar y, al margen de haber maldecido el momento en que me enseñaron a leer y a empaquetar libros en cajas, está guay, por fin, ver todos los libros juntos en un mismo espacio. Es como ver el rompecabezas que es tu cabeza completo...

La Modosita dijo...
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