martes, 27 de enero de 2009

:Blitzkrieg Pop

Pocos movimientos culturales del siglo XX han generado tanta bibliografía como el nazismo; tanta, en realidad, que resulta complicado separar el grano de la paja. Una semilla de las buenas nos la hemos encontrado con la edición del catálogo de Blitzkrieg Pop (Ediciones Belladona), originalmente una exposición itinerante comisariada por Bill Bennett, en la que distintas luminarias se dedican a despejar incógnitas de la ecuación nazi, siempre desde una perspectiva poco trillada (inédita en algunos casos), a base de montajes visuales, preclaros a veces, irónicos casi siempre.
El mentado catálogo, además de reproducir lujosamente las fotografías e ilustraciones de la exposición, incluye textos explicativos de los colaboradores. De entre este batiburrillo, de resultado inevitablemente irregular, para un servidor destaca la epopeya (a medio camino entre Freud e Indiana Jones) de Dan Farley, sociólogo, periodista, crítico de arte y, por encima de todo, cachondo mental de aúpa. La historia comienza cuando el bueno de Farley contacta en Marbella con una anciana y amojamada germana (que atiende por las iniciales A.W.), la cual afirma haber sido amante de Hitler en los años previos a la invasión de Polonia. La cosa podría dar para una columna divertida, piensa Farley, hasta que A.W. se lo lleva a su apartamento alcanforado y le muestra unas fotografías de Hitler compartiendo distendidos momentos de relax con una versión joven y terneresca de ella misma. Como sobre política y estrategia militar A.W. se muestra pez, Farley acaba por preguntarle lo que todos, en el fondo, queremos saber: cómo la tenía Hitler. La respuesta, no por esperada resulta menos definitoria: Adolfo tenía un micropene “del tamaño del pulgar de un niño de cuatro años”, lo que, añadido a un estrés incapacitador, daba como resultado que no podía satisfacer en el lecho ni a una coneja estrecha de caderas en celo.
A partir de aquí, la hipótesis de Farley es que todo el tinglado del III Reich se lo montó Hitler para compensar su ridiculez de genitales. Si en la época existiesen los Corvettes rojos descapotables, quizás nos habríamos ahorrado toda la vaina.
Como Farley es, sobre todo, iconólogo, se dedica a analizar elementos visuales del nazismo, tan amigos ellos de la simbología, desde una perspectiva sexual: pasa de puntillas por las evidentes connotaciones sado de los abrigos de cuero de la Gestapo, las botas altas y las fustas, y llega a conclusiones tales como que el saludo nazi no es más que una erección simbólica, las chimeneas de los crematorios potentes eyaculaciones, la esvástica y el logotipo de las SS esquematizaciones de posturas del Kamasutra (el Molinillo Bereber y la Canoa Meciéndose, respectivamente), el casco nazi es un glande, etc, etc. No sé a ustedes, pero a mí me cuadra.

1 comentario:

Borja F. Caamaño dijo...

No sé si cuadra pero, al menos, da en lo que pensar...

... tal vez habría que exterminar a los pobrecitos penepequeños para curar en salud.

Los judíos han empezado con los palestinos por mucho menos que eso.

Saludos.