miércoles, 30 de enero de 2008

:casting

Sólo se puede escribir sobre televisión desde el sofá. Cualquier dato que me haga incorporarme para verificarlo será descartado, así que cuando mi vecino le ponga clave a su wifi, mi única fuente de información serán tres Teleindiscretas mohosas que tengo a mi lado (en portada, respectivamente, Jeannette Rodríguez y Carlos Mata, Dirk Benedict y Joaquín Prat momificado en su característico latiguillo del Precio Justo... si no tuviesen fecha de portada, podría calcularse su vigencia mediante el carbono-14). Sea como sea, con el Programa de Ana Rosa como fondo de pantalla mental, comienzo a reflexionar sobre el hecho televisivo actual. Cualquiera que vea la tele un par de horas al día se habrá percatado de todo lo que voy a referir a continuación. Esta columna es, por tanto, para el resto de ustedes.

No tengo muy claro si nos encontramos en el atrio de una nueva era televisiva, o si el medio ha acabado por convertirse en una autopista con una serie de áreas de servicio en las que, sistemática e irremisiblemente, nos vemos obligados a detenernos para aliviar nuestras necesidades. Alguien avispado le negará toda novedad al invento; después de todo, el único interés del festival de Eurovisión era, es y seguirá siendo las votaciones. Pero de un tiempo a esta parte es indiscutible que un nuevo formato se está haciendo fuerte en la barricada catódica: el Programa-Casting, con dos mutaciones que estudiamos a continuación:

1. Casting al cuadrado: efectivamente, estos formatos consisten en la teledifusión de castings en los que ciudadanos anónimos luchan por acceder a un programa que es, a su vez, otro largo casting en si mismo. Son los castings de OT, los castings de Factor-X, los castings de Fama, a bailar... Que los castings son necesarios dentro del entramado de la producción es un hecho casi probado. Que sea necesario verlos en prime-time ya es más discutible, y sin embargo se están apoderando de esa franja privilegiada. No olvidemos que suelen coincidir con la hora de la cena, donde nuestra capacidad de atención y asimilación, ya de por sí exigua, se ve todavía más mermada, relegando la televisión a chusco muzak. Pero entre tanto casting y ensayo general, sólo nos están escatimando el que sin duda tiene verdadero interés: el casting de Gran Hermano. Sin excusas seudo-artísticas de por medio, por fuerza tienen que ofrecer un fresco preclaro del zeitgeist televisivo, es decir: la nada más absoluta.

2. El jurado es la estrella: en un ejercicio de metalingüismo y endogamia, en un zapping dentro de un zapping, la televisión se retroalimenta y unos tipos se parapetan frente a un escenario/pantalla, y zappean analógica y literalmente sobre los cuerpos de unos candidatos a figura televisiva. A este tipo pertenecen joyas como el pionero OT (en su versión Tele-5), Factor-X, o los clónicos Tú si que vales y Tienes talento (actualizaciones de El Semáforo, no nos engañemos). En la forma recuerdan poderosamente a los festivales de navidad del colegio, y en el fondo parecen lo que son: un despropósito. En la era del Youtube, donde nuestra capacidad de asimilación narrativa parece haberse reducido a los 20 segundos de un spot, las epopeyas entre bambalinas que aquí nos concentran (avecrem dramático), narran historias de redenciones, caídas en desgracia, egos heridos, superaciones personales, batallas contra las incapacidades naturales... con sus tres actos, sus giros (in)esperados, sus lágrimas, sus risas, sus historias de amor... todo en apenas un par de minutos, y a otra cosa mariposa. Quién necesita tres meses de devaneos, lágrimas e inseguridades si los podemos concentrar en 120 segundos. ¿Quince minutos de fama? Que más quisieran: tal como se cotiza el minuto televisivo, eso sólo está al alcance de titanes y semidioses de la talla de un Paquirrín, una Carla Bruni o del hermano de Marichalar. Todavía hay categorías.

Si por algo se caracterizan estos y aquellos engendros es porque han posibilitado el amanecer de una nueva figura mediática, un nuevo espejo en el que mirarse. Ahora ya no soñamos con emular las andanzas de un McGiver o un Mr. T, sino con soltar insultos de soslayo como Risto Mejide. No es de extrañar: superados los sueños preadolescentes de salvar al mundo, y los adolescentes de salvar al mundo trincándote, de paso, a la chica, ya sólo nos queda el poder real, aunque exiguo, de decidir que ver en la tele mientras cenamos; aunque sólo sea para cagarnos en sus muertos. Lo excitante del asunto parece radicar en el doble caudal que nos permite aliviar el tsunami de opiniones y exabruptos que nos desbordan: podemos juzgar a los artistas y podemos juzgar a los jueces. Como en el fútbol de toda la vida, vaya. Si a semejante feedback le añadimos la posibilidad de interactuar mediante SMS, ya nos encontramos con que estamos viviendo en la televisión del futuro y nosotros sin saberlo. El delirio, oigan.

En estos tiempos de falsa corrección política no es de extrañar que cualquiera que exude un poco de falsa incorrección política se convierta en genio y figura. Pero no engañan a nadie: cuando el pilotito rojo de la cámara se enciende, cualquier atisbo de realidad queda automáticamente barrido del plató. Que gasten el mismo nombre que en el D.N.I. no quiere decir que no sean personajes. Como en cualquier otra sit com, aquí también está el ingenuo de buen corazón, el tonto de buen corazón y el malo de buen corazón. Estos figuras tienen, quizás, su rostro más emblemático (además de en el incorrecto de las gafas ahumadas) en el porcino Miki Puig, que ya tuvo sus quince minutos de vergüenza ajena contoneándose con laxitud, y con pareo, al ritmo de “Bonito es”. Pero hay más, muchos más, de cuyos nombres no me acuerdo pero que reconocería si me los cruzase por la calle (que supongo que es a lo que se reduce ser famoso a día de hoy: ser reconocido, no conocido). Sí, son las nuevas estrellas, quedando los presentadores relegados a ortodoncias intercambiables, y los concursantes a mera excusa para poner el invento en marcha. No se explica de otro modo que bolsillos tan saneados como los de Sardá o David Summers se presten a estas soplapolleces, con lo bien que les va con sus soplapolleces de siempre.