viernes, 7 de enero de 2011

:un genio llamado Bernie Krigstein

¿Bernie Krigstein un artista flamenco? Tampoco es eso, pero sin duda utiliza elementos compositivos que pueden retrotraerse a los pintores flamencos clásicos.
Escogemos, casi casi al azar, esta tira de cuatro viñetas que forma parte de una página de tres tiras de Krigstein ; aislamos, pues, el elemento estructural básico horizontal, que a su vez forma parte de un elemento vertical más complejo: la plancha.
Es cierto que un cómic incluye un elemento plástico que no suele aparecer en la pintura: los bocadillos. Esta información verbal aparece aquí en la parte superior, bien aislada, bien diferenciada, sin estorbar a la lectura de la imagen. Uno puede limitarse a leer los textos y sobrevalorar las imágenes inferiores sólo para hacerse una idea espacial, para completar la información. Pero si uno se detiene en las imágenes y las analiza, la riqueza y sabiduría compositiva de Krigstein recompensará con creces el tiempo dedicado.

La composición se estructura mediante líneas diagonales que dirigen nuestra mirada, que la conducen a través de las distintas viñetas y en el paso de una a la siguiente, conformando un todo unitario, una continuidad fluída. Estas líneas maestras (resaltadas en amarillo en la imagen inferior) crean una dinámica interna, hacen que la imagen no sea monótona, estática, aburrida. La composición vibra y fluctúa, y al mismo tiempo se nos aparece clara, sencilla en sus formas.
La lectura de la primera viñeta comienza con el bocadillo, sigue en el rostro compungido del personaje de la izquierda, y la diagonal en la solapa de su compañero nos conduce hasta el personaje de la segunda viñeta. Nuestra mirada asciende para leer lo que éste dice, y después leemos lo que contesta el otro personaje; la diagonal de la cama, de nuevo, nos lleva a descender y pasar a la tercera viñeta: allí nos encontramos con las piernas del mismo personajes, ayudando a formar la imagen que se nos ha escamoteado en el paso entre viñetas: el movimiento de incorporarse. Ascendemos por la diagonal de la manga hasta la cara, dónde vemos como su expresión ha cambiado y ahora hay enfado en su gesto. Pasamos a la siguiente viñeta, dónde este mismo personajes responde a su propia pregunta, y el gesto curvo de su brazo cierra la composición como un paréntesis, la imagen simétrica y complementaria del brazo de la primera viñeta (resaltados con líneas azules en la imagen inferior). Estos paréntesis delimitan la imagen general, sirven de márgenes compositivos, como ocurría en muchas pinturas flamencas, como en el celebérrimo Descendimiento de Van der Weyden (1436). Las similitudes no se quedan ahí, también en la estructuración mediante diagonales reales (pliegues de la ropa, miembros...) e imaginarias (miradas).

La lectura de ambas obras, también es similar: de izquierda a derecha, algo habitual al ser de una cultura occidental, y con dos elementos que puntuan el principio y el final de la lectura: en el cuadro de Van der Weyden las dos mujeres con turbantes blancos; en el caso del cómic, la cabeza con sombrero y la mano que abofetea (remarcados con equis rojas en la imagen inferior). En ambos casos, estos elementos son el principio del primer paréntesis y el final del segundo; son, pues, los elementos que abren y cierran esta unidad narrativa. La expresión de preocupación del personaje con sombrero termina con la bofetada que recibe en la última viñeta. Una unidad significativa comienza y termina.
Fijémonos también en como este personaje, que aparece en inferioridad con respecto al otro, en la composición también se sitúa en una posición inferior, para resaltar el poder que su compañero posee sobre él: su rostro es el único que aparece por debajo de la línea de flotación, por así decirlo: de la línea que comprende a la mayoría de los rostros (resaltado con una línea blanca en la imagen inferior).
Valga todo esto como modesto homenaje a la riqueza del trabajo de un genio como Bernie Krigstein, con una obra breve e inserta en el cómic de género para público juvenil, pero no por ello menos fascinante y llena de sabiduría.

domingo, 19 de diciembre de 2010

:D.H. Lawrence, cap.1

Todavía no tengo claro a dónde me llevará esta serie, ni si tendrá demasiada continuidad... por ahora lo cuelgo aquí y en mi tumblr, a ver dónde encuentra su espacio natural.

jueves, 16 de diciembre de 2010

:vida, obra y muerte de Ricardo Expósito Luarca [1 de 2]

Ricardo Expósito Luarca era el menor de catorce hermanos. Su padre, Ismael Expósito Vidal, invidente de nacimiento, nunca reconoció a ninguno de sus hijos salvo a Olivia, la única chica, y sólo porque tenía la voz más aguda. Así que en su partida de nacimiento Ricardo figura como "Hijo de madre soltera".
Cuando Ricardo cumplió los 9 años, su padre adoptó a los 13 hijos varones, convirtiéndose en padre adoptivo de sus hijos carnales. Lo hizo, principalmente, para cobrar el subsidio por familia numerosa. De hecho, tenía tanta descendencia que a la mitad los adoptó como hijos suyos y de su cuñada: su prole daba para dos familias numerosas y para dos subsidios.
La cuñada les salió rana y se largó de un salto con los ahorros de dos años. Dos años después volvió aparantemente arrepentida y a los pocos días se volvió a largar con los ahorros de esos dos últimos años. Repitió la jugada en seis ocasiones hasta que Ismael se hartó, al mismo tiempo que comprendió que se había casado con la hermana equivocada, o mejor, que se había equivocado de cuñada.
La familia Expósito Luarca era tan humilde que para pasar hambre tenían que trabajar todos los hermanos. Ricardo empezó a trabajar a los once años como aprendiz de una carpintero, un tal Fernando, conocido como "El cojo" a pesar de ser manco, que a la sazón contaba con trece años, sin que ese detalle fuera óbice para que peinase un imponente y poblado mostacho negro como el azabache. Ricardo aprendió su oficio con celeridad, no por nada los niños asimilan los conceptos nuevos con más rapidez que los adultos.
Con doce años recién cumplidos, Ricardo montó su propio taller de carpintería y ebanistería, para el que contrató a un ayudante aprendiz, Carlos, de diez años y diez kilos de peso. En la práctica, se pasaban la mayor parte de la jornada laboral jugando a las canicas en el patio trasero del taller, con lo que el negocio acabó por resentirse y hubo que cerrarlo. Sin embargo, Ricardo y Carlos continuaron jugando a las canicas en el patio hasta que empezó la temporada de trompo.

Ricardo intentó suicidarse dos veces. La primera a los 17 años, tras leer "Vida, obra y muerte de los poetas románticos" de Hipólito Grande de la Hoz: se quiso pegar un tiro frente a un espejo, pero se confundió y le descerrajó el tiro al espejo. Su vida había sido tan miserable hasta ese momento que no notó ningún cambio de suerte en los siguientes siete años. Hay que tener algún golpe de fortuna de vez en cuando para ser supersticioso.
Se dedicó a la delincuencia juvenil hasta que tuvo edad para ponerse pantalones largos y decidió que, ya que pasaba media jornada en los juzgados, podía buscar un trabajo allí a jornada completa y sacar rendimiento a esas cuatro horas. Se dirigió al director de personal, Trajano Figuere Gómez (poeta simbolista en los fines de semana, con una vida azarosa y apasionante. Baste decir que murió a los 106 años, intentando atravesar el Istmo de las Radonas cargando con un bloque de 25 kilos de hielo). Había puestos disponibles, le dijo a Ricardo, pero Trajano, hobre de fuertes convicciones, y propensión a las dolencias renales, aunque no venga mucho a cuento, le dijo que tenía que empezar desde abajo: limpiando suelos. La paga no era gran cosa, así que comenzó a compaginar su carrera de limpiador con la de testigo falso, puesto para el que no le pidieron abales.
Como mientras limpiaba todo el mundo le miraba al mocho, nadie le reconodió en los primeros juicios, en los que tuvo la previsión de dejar el mocho en la puerta. Cuando empezó a resultar sospechosa su ubicuidad en escenas de delitos, por contagio se le trató a él mismo de delincuente, de la misma forma que un fumador pasivo puede desarrollar enfermedades propias de los fumadores activos. La cosa no tendría por que ir a más sino fuera porque Ricardo creyó que la expresión utilizada por el juez "conditio sine qua non" era una forma culta de poner en duda su hombría, y le partió la cara a la susocicha señoría antes de que los alguaciles pudieran detenerlo.
Pasó ocho meses en prisión por agresión, tiempo suficiente para conocer a una troup de ladrones especializados en obras de arte (especializados en robarlas, se entiende). Al salir libre tenía las suficientes recomendaciones como para entrar en una de estas cuadrillas, con la que estuvo planificando durante 10 meses el robo de un Juan Gris, pero no a robarlo, por lo que no se le podría acusar de ladrón de obras de arte.
Un día de lluvia y viento entró en una biblioteca. Había una vacante de buscador de libros descolocados, y aunque Ricardo no tenía nada claro en qué consistía el trabajo, aceptó. El bibliotecario jefe, un tipo con la verdad por delante y un bulto de grasa por detrás, justo sobre el homóplato derecho, siempre decía que, entre setecientos mil volúmenes, un libro fuera de su lugar era un libro perdido; pero la clase de objeto perdido más recóndito de todos: el que nadie sabe que se ha perdido. Tan perdidos que Ricardo ni se molestó en buscarlos.
En los 14 meses que estuvo en nómina de la biblioteca ni siquiera llegó a aprenderse el orden alfabético. De hecho, siempre creyó que la y griega era un tipo de llave inglesa. A pesar de que había ido cuatro años a la escuela, no había aprendido a leer ni a escribir, ni siquiera unas nociones básicas. No escribía, copiaba las letras en su cuaderno como si dibujase caras que veía por la calle, y nadie en su sano juicio se molestaría en memorizar todas las caras que ve, se decía. Ya con siete años, Ricardo tenía las cosas muy claras.

sábado, 11 de diciembre de 2010

:comer en Manhattan

Para comer en Manhattan hay donde elegir hasta aburrirse, dependiendo de la zona por donde te muevas, el dinero que te quieras gastar, el tipo de cocina que te apetezca... Aquí os reseño unos cuantos lugares donde nos paramos a comer, lugares que nos gustaron tanto como para recormendarlos a cualquier amigo. Los precios no son excesivos en ningún caso, oscilando el cubierto entre los 10 y los 20$ (al cambio en euros, son bastante económicos).

MoMA -11 West 53 Street. A parte de museo, por el (enorme e impresionante) edificio tienen repartidas algunas cafeterías y rincones de esparcimiento. Además, al menos, un par de restaurantes, uno con aspecto lujoso, y otro, en el que comimos nosotros, más bohemio.

El local está amueblado con mesas corridas (con perdón de la expresión) en donde te sientas en los huecos que encuentres, codo con codo con los demás comensales. El servicio es rápido y amable (esto último es una constante en New York) y la carta se compone de platos ligeros: ensaladas, tostas, pasta... Comida de autor, pero sin pretensiones y en un entorno inmejorable.

Lombardi's
- 32 Spring Street (Little Italy) Considerada la primera pizzeria de la ciudad. Las pizzas tienen un tamaño considerable (las de la foto son el tamaña "pequeño"), con lo que son ideales para compartir. Productos naturales, masa casera... una pizza muy rica. El ambiente es agradable, y el aspecto se aleja de los acabados de restaurante de cadena, pero tampoco es una tasca familiar.
Ojo con la propina, que en algunos locales no va incluída en la factura (como fue nuestro caso aquí), y según cómo les pilles el día, los camareros pueden ser muy poco comprensivos con según qué despistes.

Friend of a farmer- 77 Irving place. Este sítio es famoso por su brunch (esa comida que los americanos se inventaron entre el desayuno y el almuerzo, pero que no se parece en nada a nuestro vermú y aperitivo de toda la vida), aunque nosotros fuimos a media tarde: con el cambio horario ya no sabíamos si era un almuerzo tardío o una cena temprana; da igual, el local estaba lleno.
El sitio desprende encanto y autenticidad por los cuatro costados, con un comedor en el primer piso con chiminea y cestos de productos agrícolas en cada rincón. La comida, sencilla pero deliciosa, toda cocinada con productos naturales y ecológicos. Yo me pedí un sandwich de pollo con batatas fritas, y os aseguro que fue uno de los bocadillos más deliciosos que comí en mi vida. Y no he comido pocos.

Carnegie Deli
- 854 7th Avenue at 55th Street. Local famoso por su pastrami. Tiene un glamour decadente, como de superviviente de otra era más gloriosa, con las paredes completamente cubiertas de fotos de celebridades que se pasaron por allí a comer (bueno, celebridades que pueden variar desde Christopher Lee hasta el gobernador de Arkansas, que con todos mis respetos, lo conocerán en Arkansas adiós y gracias). Le preguntamos al camarero cuál era la persona más famosa que había comido allí, y el tipo nos debió de entender la más famosa de ese día, y nos dijo que dos horas antes había estado Jack Nicholson.
Los bocadillos de pastrami, como saltar en paracaídas, están bien como experiencia, pero como costumbre me parece un sinsentido. Como ninguna persona en sus cabales se puede terminar uno entero, te cobran tres dólares extra si pides uno para compartir entre dos. A eso se le llama previsión. Lo que te sobre, eso sí, te lo puedes llevar en una bolsita.
El cúlmen, el Everest del sandwich de pastrami es el Woody Allen (ver foto). Sospechamos que no se llama así porque Woody lo coma habitualmente, ni porque lo hiciera mundialmente famoso con su película Broadway Danny Rose. Es porque lleva el equivalente al peso de Woody Allen en pastrami. Sólo dos personas se lo han logrado terminar, según el camarero, y ninguna era Soon-Yi.

Ess-a-Bagel - 831 3rd Avenue /359 1st Avenue. Los bagels han sido una de mis perdiciones en este viaje. Son una especie de rosquillas de pan que te abren por la mitad y te las rellenan con algún producto, normalmente una convinación de untable con ahumado y verdura, como queso philadelphia con salmón y tomate, por ejemplo.

Este local es mítico, y se nota: la cola de gente caracolea a lo largo de todo el establecimiento, una clientela autóctona y veterana y unos dependientes más veteranos y resabiados que convirtieron el hecho de hacer el pedido en toda una experiencia. Entre tantas variedades de panes y rellenos, al final me decanté por lo más básico: pan normal calentado en la plancha, y (una generosa capa de) queso de untar. Eso sí, no tengo ni idea de por qué había pasas en mi pan. Si no quieres que te arrastre la marea humana, vete fuera de las horas punta (nosotros fuimos a la hora del desayuno).

Sylvia's
- 328 Lenox Avenue. Famoso restaurante del Harlem para comer la Soul Food (comida sureña hecha por negros). A la Sylvia debe de irle bien el negocio, porque ya posee tres locales adyacentes, así como sus propios productos en el mercado (sobre todo salsas). La base de la comida es bastante sencilla, buenas piezas de carne, sin más; el secreto está en el condimento, especiado y sabroso. Con cada plato, además, se incluyen dos guarniciones a elegir entre una buena docena.

No puedo decir si sabe a auténtica Soul Food, pero entre la clientela no había turistas (a escepción de nosotros), y sí muchos afroamericanos de la zona y un par de predicadores que parecían habituales, lo que me dio buena espina (sí, se que ya no te puedes fiar de estos indicativos. Antes se decía que donde hubiera camiones aparcados delante, es que se comía bien; pero un experto en el tema me dijo que donde hay camiones aparcados delante, es que hay un parking grande. Sin más).
Y sin más, yo también me despido. Buen provecho.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

:Películas clave del cine de animación, de Jordi Costa [1]

Me lo he pasado como un enano leyéndome "Películas clave del Cine de Animación", de Jordi Costa. Aunque se trata de un libro muy formulario, inscrito en una colección de "Películas clave" de una serie de géneros, el señor Costa pone toda su sabiduría y conocimientos (que son enciclopédicos), además de su capacidad de análisis y su prosa certera y amena, para confeccionar un tomo que contentará a los legos que quieran iniciarse en este fascinante submundo, y a los connoisseurs, que encontrarán aquí mucho grano y poca paja.
El autor traza unas líneas maestras para moverse con cierta soltura por este fascinante y heterogéneo mundo, y la información que aporta sobre cada obra se centra en lo esencial, en lo que la convierte en "clave". Porque esto no es un listado comentado de las mejores películas de animación, ni de las más bonitas ni las que le más gustaron a Jordi Costa; son las películas que han hecho evolucionar el arte de la animación por las vias que lo ha hecho, son las películas encrucijada. Con alguna trampa, eso sí, pero de eso hablaremos más tarde.
El libro se abre con un prólogo, bienintencionado pero vacuo, de Santiago Segura. Después el autor, en una declaración de intenciones, delimita el campo de su estudio: cine de animación narrativo. Esto deja fuera, en primer lugar, a toda la animación televisiva, en la que se están haciendo cosas muy interesantes, casi más que en el cine, en las últimas tres décadas; también deja fuera toda la animación experimental, abstracta o no narrativa, que conformaría un corpus paralelo al analizado por Costa, que daría para otro libro muy interesante. Una de las trampas que decíamos está en incluir largometrajes basados en series televisivas, que parecen más una excusa para hablar de personajes imponderables en esto de los dibujos animados, que no un reconocimiento al valor intrínseco del film. Vaya, que no creo que la película del Oso Yogui o la de los Simpsons sean realmente esenciales en la historia del cine, aunque sí lo sean sus creadores y sus series madre.

El meollo del asunto comienza con un órdago de campeonato: un resumen de la historia del medio en ocho páginas, en las que le da tiempo al señor Costa a moverse por todas las corrientes rectoras y a apuntar las claves principales para entender el grueso de su estudio, que es una concatenación de obras esenciales, glosadas por orden cronológico.
Al principio fue el cortometraje. Después, poco a poco, va ganando terreno el largo, y una figura clave parece infectarlo todo: Walt Disney. Independientemente de si uno comparte o no los ideales éticos y estéticos del estudio Disney, no cabe duda de que su sombra lo cubre todo, de que su influencia, por mímesis o por negación, está presente en buena parte del cine de animación de cualquier época y latitud. No se me ocurre ningún otro arte popular en donde una figura única haya condicionado tanto su desarrollo. Ni Griffith en el cine de carne y hueso, ni los Beatles en la música pop, ni Kirby en el comic-book americano...

Por último, Costa nos regala un breve pero enjundioso dosier con las figuras esenciales de la historia de la animación, donde el autor aprovecha para extenderse sobre estos cineastas y hablarnos de algunas de sus obras que, por falta de espacio, importancia o carisma, no están incluídas en la lista de las "peliculas clave", pero que bien merecen ser tenidas en cuenta.
No sé si ha quedado claro por mis palabras, pero este libro es una gozada. No podía ser menos: cuando en una obra se unen la lucidez con el sentido lúdico, es imposible dejar de disfrutar con su lectura, casi aunque no te interese el tema. Que no es el caso.
Un aliciente extra, en los tiempos que corren, es usar este libro como mapa para moverse por internet. Hace sólo una década, la mayoría de las obras indexadas por el señor Costa sólo podrías disfrutarlas en filmotecas o en casa de algún amigo fanático con una estantería y Visa bien provistas. Hoy, entre descargas y youtubes, puedes acceder a prácticamente todo lo aquí reseñado.
Y como hablar de animación no es ni la mitad de divertido que ver animación, termino este post con un par de enlaces, no sin antes enplazaros para una segunda parte en la que colgaré más cortos siguiendo las sabias indicaciones del maestro Costa. Al que, por supuesto, le dedico este post y el posterior.
Gertie, the Dinosaur (1914). Windsor McCay.



Windsor McCay, además de maestro del cómic, también fue uno de los pioneros del cine de animación. En esta su tercera película crea su obra maestra animada, en una pieza híbrida, con un prólogo de carne y hueso, en donde pone el listón muy alto a los que vendrán después. 100.000 dibujos hechos a mano, en busca de unos movimientos armoniosos y naturalistas. Pura magia, acrecentada por la convinación con las imágenes reales, como si estuviéramos atisbando un universo paralelo. Sin duda, una película "clave".

Steamboat Willie (1928) Ub Iwerks y Walt Disney.



Lo que el Cantor de Jazz supuso para le cine sonoro convencional, este corto lo hizo para el de animación. Aunque no es la primera película sonorasde dibujos, sí es la que mejor supo explotar las posibilidades del nuevo recurso: una maravilla en sincronización de audio e imagen, donde el audio no es un mero adorno, sino una parte fundamental en los gags.

lunes, 15 de noviembre de 2010

:stones in exile

La historia que nos cuenta Stephen Kijak en Stones in Exile ya la conocemos, pero no por ello deja de ser menos apasionante: la azarosas circunstancias que rodearon la grabación del clásico mayor de Mick, Keith y compañía: Exile on Main Street.
Tras el fallecimiento de Brian Jones en 1969 y su sustitución por el virtuoso y menos problemático Mick Taylor, los Stones entran en un período de gracia durante el que fabricarán su período clásico. Alejados del garage blues de sus inicios y tras un breve (y poco convincente) período psicodélico, se lanzan a mezclar todas sus influencias (música americana en todas sus vertientes) y plasmarlas en vinilo alcanzando la cima de la música rock. Discos como Let it Bleed o Sticky Fingers han sido igualados, pero nunca superados por ningún otro artista posterior.

Con las ventas acompañando a la excelencia artística (eran otros tiempos), con la máquina engrasada y bien conjugada, los problemas, por una vez, vienen de fuera: desde 1970 el fisco inglés les tiene echado el ojo y los está sangrando a impuestos, por lo que deciden, siguiendo el consejo del príncipe Rupert Lowenstein, asesor financiero del grupo, exiliarse a Francia. Se reparten por toda la geografía gala y se toman un impás hasta que toca el momento de ponerse manos a la obra y sacar un nuevo disco que les dé de comer. Como no encuentran un estudio de grabación que se adapte a sus exigencias, deciden montar uno en el sótano de la mansión que ha alquilado Keith Richards en la ciudad de Villefranche-sur-Mer, en la costa azul. Por no pasarse todo el día al volante, el resto del grupo acaba por instalarse en la mansión y dedicar el tiempo, entre otras hierbas, a grabar toda la música que les sale de la cabeza.
La casa, no podía ser de otra forma, se convierte en un caos, con el equipo técnico y la familia de todos los Stones pululando por allí, camellos entrando y saliendo, amigos que se pasan a saludar y se quedan unos meses... Keith, a la sazón dueño de la casa, se hace con las manijas de la banda y marca el tempo de grabación, moroso y laxo. Seis meses se tiran entre jam sessions de las que extraen hallazgos en forma de canciones que exploran las raices de sus gustos e influencias: no es casual que, al verse fuera de sus hogares, su música se enraice más que nunca para contrarrestar la morriña. Cuando todo a su alrededor se tambalea y se vuelve extraño, sólo les queda volver a su hogar común: la música. Lo que surge de los amplificadores es, debidamente tamizado y seleccionado, pura magia que suena a logro irrepetible, como las grabaciones sobre la marcha, a pelo, de sus admirados bluesmen.

El proceso, lejos de ser una balsa de aceite de concordia hippie, se ve puntuado por conflictos y problemas continuos que logran acabar con la paciencia del muy relajado Keith Richards. Primero se ve obligado a echar de la casa a su amigo del alma (y horma de su zapato) Gram Parsons, porque está intimando más de la cuenta con su esposa Anita Pallenberg; después un intruso entra en la casa mientras todos están colgados y se lleva ocho guitarras de su colección, y por último un incendio fortuíto atrae a las autoridades a la casa y, por miedo a que el alijo de drogas sobre el que están viviendo les traiga problemas legales, ponen pies en polvorosa y se largan a Los Angeles a terminar la grabación del disco. Allí sí, con un estudio profesional y menos lugar para el esparcimiento (y supongo que achuchados por la compañía para que saquen algo al mercado cuanto antes), pulen el disco y le dan su apariencia final.
El Exile on Main Street sale a la venta como disco doble en mayo de 1972. Pronto se convierte en un éxito de ventas (eran otros tiempos) a pesar de recibir unas críticas más bien tibias. No es hasta un tiempo después que será valorado en su justa medida, como uno de los compendios más inspirados de toda la historia del rock, convirtiéndose, además, en uno de sus paradigmas: un caos ordenado, un tren de mercancías (peligrosas) siempre a punto de descarrilar pero que, milagrosamente, se mantiene sobre las vías sin disminuir nunca la marcha. Muchos han sido los que han intentado recrear su sonido telúrico, sucio, orgánico y primigenio, con resultados a años luz del original porque, además de que el talento no siempre acompaña a las buenas intenciones, el caos siempre ha de ser real, nunca una impostura.

El documental de Stephen Kijak, decíamos, nos narra esta historia ya conocida, sirviéndose, eso sí, de documentos privilegiados: fotografías y grabaciones in situ, mientras todo estaba ocurriendo, complementadas con confesiones y declaraciones de los Stones y demás agentes del caos, recordando con nostalgia y desidia (no son incompatibles) aquellos meses de hace cuarenta años. Los peros son los mismos que los pros: es un producto salido de la factoría Stones, producido por ellos, por lo que sólo camina por los senderos que acrecientan la leyenda. No reniegan de ciertos excesos (sería ridículo, y contraproducente, a estas alturas), pero evita fijarse en los puntos oscuros, infidelidades o aportaciones foráneas al sonido de la banda. Se limita a sobreescribir, con letra hermosa pero muy convencional, sobre un texto que ya habíamos leído incontables veces, sin salirse del renglón en ningún momento. Y esa corrección es la que frena nuestro entusiasmo como espectadores: el peligro no puede escribirse con una caligrafía tan correcta.
Este documental es lo que es: un acompañamiento a la reedición de lujo del Exile on Main Street. Un documento menor sobre una obra mayor.

martes, 2 de noviembre de 2010

:manuscrito hallado en una botella (de licor café) [77]

9 de diciembre - Logro conciliar un poco el sueño por la noche, es un alivio. Son como cuatro horas, todo un logro; cuatro horas que otros considerarían perdidas pero que para mí son las mejor aprovechadas de los últimos meses. Me siento entre estúpido y eufórico, como si me acabase de acordar del truco para dormir. Sueño que hago una tortilla y se me olvida echarle sal.
Me levanto pletórico. Afuera llueve, pero todo parece brillar con una luz ambarina, como si un sol extra brillase en el cielo volviendo locas a las sombras y a los animales. Mientras me ducho, mientras desayuno, mientras veo la tele, me parece vivir en un universo paralelo casi igual al nuestro de siempre, como vivir en una película americana donde comen comida china en cajas de cartón y guardan los medicamentos en botes de plástico, justo al revés que aquí.
Me llama Damián. Necesita un pequeño préstamo. Le digo que cuánto necesita y me cuelga y a los dos minutos está en la puerta. Ciento veinte euros, pero me jura por la memoria de su madre que me los devuelve en cuatro días, cuando le hagan un ingreso pendiente. Yo le digo que su madre no está muerta, pero él me dice que vive en Coruña y se acuerda mucho de ella. Yo le digo que lo de jurar por la memoria de alguien no funciona así, pero sea como sea, le presto los ciento veinte euros y se queda a desayunar.
Me dice que me envidia: aquí instalado, independiente, el dueño de mi negocio y el rey de mi castillo o algo así. Yo le digo que no es para tanto. ¿Qué diferencia hay entre estar solo o estar con, por ejemplo, Z? Puedo escupir en el fregadero, puedo masturbarme cuando y donde quiera, puedo tirarme pedos, puedo estar un par de días extra sin ducharme, puedo ver porno a todas horas... Diferencias de higiene, básicamente, nada que haga temblar los pilares de mi existencia. Ante Damián asiento significativamente y me echo más café.
Cosas que he perdido con ella: utilizarla como excusa. Puedo seguir usándola, pero sólo ante extraños y con un cargo de conciencia que hace que no sea nada disfrutable. Por ejemplo, hoy me dolía un poco el culo y busqué en internet el nombre de alguna crema para aliviar las molestias y los picores anales y cuyo nombre no indicase de forma clara e inequívoca que su finalidad fuese el alivio de las molestias y picores anales, para no dar más información de la estrictamente necesaria a los de la cola de la farmacia; nada derivado del vocablo "hemorroide", principalmente. Encuentro una y voy a la farmacia. En confidencia le digo a la farmaceutica que es para mi chica, que está embarazada y tiene algunos dolores cuando va al baño. Es la forma más caballerosa y elegante que se me ocurre de decirlo, pero es una patraña, y aunque no existe ninguna "mi chica" embarazada, mi conciencia me mortifica como si existiese.
Otra cosa que echo de menos de vivir en compañía: la imprevisibilidad. Uno mismo es tan sumamente predecible que la única sorpresa que me puedo deparar es un pedo sonoro que parecía que iba a ser silencioso. Tampoco es que vivir con Z fuese como una película de Indiana Jones, pero se las ingeniaba para crear pequeños detalles que ayudaban a diferenciar unos días de otros. Me acuerdo de los mensajes en los plátanos, frases que escribía con la uña en la piel de los plátanos y que después se hacían visibles en color marrón, como tinta mágica. Ahora mismo sólo tengo un par de mandarinas mústias y un kiwi arrugado. Ahora mismo no tengo nada.
Todo esto se queda en nada (pero en nada-nada, no en una nada automortificante y autocomplaciente, no: NADA) frente a lo que me pasa hoy por la tarde. Estoy acostado en el sofá viendo la tele cuando me parece ver una sombra de reojo en la ventana del patio. Me incorporo y veo la cola de una gato desaparecer por un lateral, como si la ventana fuera un teatrillo de marionetas. Enmudezco la tele y oigo afuera un sonido quejumbroso con un origen difícil de precisar. ¿Un bebé llorando? ¿Un gato maullando? ¿Alguien afinando una gaita? Me decanto por lo del gato y salgo al patio un poco ilusionado. El sonido se oye a lo lejos, más allá de los setos, y ahora me parece más humano. Salgo a la huerta y subo por el sendero entre los restos de maiz sin segar (o como se diga en terminología agrícola) y las malas hierbas, que están tan crecidas que ya parecen malos árboles. Tomo nota mental de que algunas hierbas parecen de la familia de los opiáceos, una especie de amapolas con gigantismo. El sonido aumenta en intensidad y es inequívocamente humano: una especie de salmodia inarticulada, un lamento que acaba por romperle la voz al que lo emite, que se pone a llorar.
Salgo al camino principal y me encuentro caminando hacia mí con los brazos abiertos a mi vecino. Llora desonsoladamente, con la ropa completamente cubierta de tierra y los pantalones meados de arriba a abajo. [Continuará...]