
Ella tiene un rostro sin edad, o a pesar de la edad; sus ojos, amarilleados por el tiempo, parecen funcionar en sincronía con el parpadeo del neón. Despacha los asuntos del trabajo con displicencia, concentrada y ahorrativa en tiempo y esfuerzo: su vida es demasiado valiosa para desgastarla con nimiedades, y serpentea como una gota de mercurio, siempre a ras del suelo, siempre cuesta abajo. Más mineral que animal, se diría que sus órganos vitales se han tomado un descanso y permanecen pausados, a la espera de que alguien los vuelva a conectar sólo en caso de que sea estrictamente necesario. Habla lo justo y evita las conversaciones que se limitan a afianzar el gregarismo, como si el oxígeno oxidase su lengua y pudiese extenderse, como un tumor, al resto de su cuerpo. Da la impresión de que vivirá eternamente, o de que su cadáver, en cualquier caso, tendrá el mismo aspecto que el de su cuerpo en vida. Sorda del oído derecho desde los tres años, ofrece siempre ese perfil al interlocutor. Melómana obligada a vivir en un universo monofónico, desprecia todo arabesco, todo despliegue de medios innecesario. Ambiciona un mundo plano como el reflejo de un espejo, un trampantojo, un esquema. Considera que con la mitad de los órganos sensibles se alcanzaría un estado de ahorro que redundaría en una mayor felicidad.
Su armazón sólo presenta un resquicio, una debilidad: el tamborileo inconsciente de sus dedos sobre la mesa con el que acompaña el café del mediodía. Sus dedos siguen el ritmo de los jingles televisivos; ritmo que se extiende a la cucharilla posada sobre el plato, que crea un tintineo armónico in crescendo al que se le suma el traqueteo de la taza sobre el plato, el del plato sobre la mesa, el del palillero sobre el servilletero, y el del servilletero sobre la mesa.
Él se sienta en la mesa de al lado, bajo el televisor, cada mañana desde que se prejubiló hace seis años. Era portero en un edificio de la administración provincial y se pasaba la mañana, de ocho a tres, leyendo el periódico a conciencia, escudriñándolo, desgastándolo, estableciendo relaciones entre elementos aparentemente dispares hasta otear un sentido. Ese era su trabajo y todos los sabían: cuando alguien tenía alguna duda sobre el funcionamiento invisible del mundo, sabían que podían acudir a él. Lo mismo hace ahora: a pesar de que ya nadie le pregunta nada, se compra el periódico, a pesar de que hay un ejemplar sobre la barra de la cafetería, y se sienta en su rincón desde las ocho hasta las tres. Pero desde hace unas semanas su concentración se rompe al mediodía, cuando llega ella con su fanfarria, a la que es sorda pero que a él le destroza la mañana, dividiéndola en dos y rompiendo el simulacro de jornada laboral. Éste, creyendo que con el paso de los días se volvería indiferente a esta distracción, como con los años se ha vuelto sordo al murmullo de la televisión o al de los clientes en la barra, ha ido dejando pasar el tiempo; pero lejos de ir empequeñeciéndose el malestar, por el contrario, ha ido ganando en importancia, en volumen y en peso, hasta convertirse en uno de sus puntales diarios: espera la interrupción del café como espera que el sol salga por el este cada mañana. Aguarda exánime la llegada de ella, disperso, nervioso, sudoroso; y después de que ella se haya ido, se lamenta con el regusto acre y la mirada opaca del vencido. Lejos de resignarse, lucha denodadamente por ignorar ese ruido; pero nada hay más difícil de impostar que la indiferencia.
Fantasea todo el día, incluso mientras lee el periódico, con amputarle la mano a la extraña. No es una amputación salvaje, sino quirúrgica, meditada, casi diría que consentida. Tanto fantasea con la operación que termina por soñar con ella: en una habitación que no reconoce, con las paredes recubiertas de plásticos translúcidos, ella descasa sobre una camilla. Tras inyectarle anestesia local y realizarle un torniquete, le amputa el miembro: primero desgaja la carne con un bisturí, después corta el hueso con una pequeña sierra eléctrica; por último cauteriza la herida. Ella, consciente, no se queja en ningún momento. Observa todo el proceso con un distanciamiento embobado que él achaca al efecto de la anestesia. Cuando termina, ella lo mira con gravedad y le pide, con una voz que él nunca ha oído, que por favor, por favor, ahora le vacíe un ojo. Él se despierta aterrado, con el corazón palpitándole en la garganta y, por primera vez tras seis años, decide cambiar de cafetería.
2 comentarios:
Es el primero que leo y me ha gustado... prometo seguir el blog... como dices tú: "para estar IN"... Que la fuerza te acompañe...
Hola Dadid!
Gracias por pasarte por aquí y por el comentario. Ambos sois bienvenidos cuando querais. Un saludo!
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